Cada ticket cuesta cerca de 1500 dólares en la reventa; 40.000 argentinos llegarán a esta ciudad para ver el partido por TV
Los hermanos Aguirre hicieron cinco escalas, entre avión y ómnibus, para llegar desde Jujuy hasta esta inmensa ciudad. Sin demasiado dinero en los bolsillos, pretenden comprar una entrada en la reventa y que el azar decida quién de ellos tres ingresaría al Itaquerao: César, Mario o Claudio. Mientras tanto, sin el añorado ticket, se resignan a ver el partido por televisión, al igual que otros miles de argentinos que desembarcaron aquí con las manos vacías.
Por los alrededores del estadio se percibía ayer la desesperación de los argentinos por una entrada. Mandaban las leyes del mercado: a mayor demanda, más cara la oferta. Se pagó ayer una entrada hasta 1500 dólares, aunque hubo gente que se las llevó por mucho menos. Pero el pago siempre debía ser en dólares, en billetes verdes y a pagarse al momento. No se aceptó el equivalente en reales y mucho menos en pesos, sea a cotización blue u oficial. Con el lucrativo mercado negro de la reventa tan instaurado, los revendedores hasta se creen en condiciones de establecer reglas. Determinan el monto, la forma de pago y hasta el lugar de entrega del ticket. Están organizados, a pesar de los rigurosos controles de la policía brasileña y de los inspectores de la FIFA.
El comercio ilegal de entradas se desarrollaba ayer con el Itaquerao como mudo testigo. Justo allí, frente a ese gigante de cemento que costó unos 500 millones de dólares. Una imagen que tal vez sirve de metáfora para escenificar al fútbol como una gran industria.
Oficialmente, apenas 7500 argentinos compraron entradas por los circuitos oficiales, pero es un hecho dentro del estadio habrá más, sobre todo, al ritmo que crecía ayer la reventa. Según el consulado argentino en esta ciudad, podría haber hoy 60.000 argentinos, entre los que irán a la cancha y los que se quedarán afuera. Pero para el equipo de la Policía Federal Argentina que vino hasta aquí la cifra es "algo exagerada". La policía estima que no superarán los 40.000.
Un grupo de amigos mendocinos que acampaba ayer en las cercanías al estadio ya se había dado por vencido con la reventa. Lo verán por televisión, aunque aún no habían decidido en qué lugar: el Fan Fest o el Sambódromo, donde la alcaldía paulista dispuso ubicar pantallas gigantes y permitir el estacionamiento de autos y casas rodantes que provengan de la Argentina. El objetivo de la policía es tener a los hinchas sin entradas ubicados en un mismo sitio. Los que no asistan hoy al estadio, irán al Fan Fest, al Sambódromo o los barrios de Villa Madalena o Ibiraquera, donde se percibe a la mayoría de los turistas.
"Y sí, no nos queda otra que verlo por televisión. No tenemos guita para vivir, imaginate si podríamos pagar fortunas en una reventa. Lo importante es venir y estar en la fiesta", dijo Agustín, un mendocino de 32 años. Estaban junto a él los hermanos Aguirre, de Jujuy. Ellos irán donde los argentinos sean mayoría. En Río de Janeiro, contaron, la pasaron mal "por el hostigamiento" de los brasileños. "Verlo en el Fan Fest no es un problema. Lo disfrutamos igual, por suerte nos pudimos venir unos días", dijo Mario, quien detalló el periplo que hicieron para llegar hasta aquí: "Hicimos Jujuy-Córdoba en ómnibus, y después de ahí en avión hasta Río de Janeiro con tres escalas. De Río a acá, en ómnibus. Y nos volvemos por tierra desde Foz de Iguazú". Todo ese trajín para verlo por televisión. Increíble.
En el Sambódromo hay capacidad para 400 vehículos y otros 150 entran en el Autódromo de Interlagos. Los lugares fueron asignados por orden de llegada, según explicó Oswaldo Napoleao, jefe de Gabinete de la Prefectura de San Pablo.
Tanto el Sambódromo como el autódromo están ubicados a menos de dos kilómetros de la red de subterráneos y trenes, y las autoridades aconsejaron a los visitantes que se manejen por la red de transporte público porque es la forma más fácil para moverse por la ciudad y para llegar al estadio.
A diferencia de las otras sedes que visitó el público argentino, San Pablo es una gran garganta urbana que parece devorárselo todo. Incluso, la ciudad es tan inmensa que puede minimizar la invasión de una multitud. Pero al argentino nada de eso le importa: sigue las huellas del seleccionado como una hinchada cautiva.
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