Rodríguez, transplantado de riñón en el 2004Todo se inició por algunos malestares sorpresivos – Primero comenzó a hincharse, aunque luego sufrió calambres insoportables que le terminaron indicando que debía ir al médico
Todo se inició a causa de los malestares que sufría. Empezó a hincharse, de a poco, y estuvo así más o menos dos o tres meses. Pensó que iba engordando como engorda una persona que se alimenta más de la cuenta, quizás. Pero resultó que luego se le fueron hinchando excesivamente los párpados y las manos, a cuales ya no pudo cerrar más, más los pies y las piernas, de una manera extrema.
Es la historia de Roberto Santos Rodríguez. Un rojense que en el año 2004 recibió exitosamente un transplante de riñón. Con ese riñón convivió todos estos años. Justamente, un órgano que le salvó la vida a él, pero que le llegó porque en Río Negro, una familia de un joven que fallecía como consecuencia de un accidente de tránsito, decidía donar todos los órganos de su desafortunado hijo.
Lo llamativo es que a Santos, días antes de comenzar a hincharse, no se le presentó dolor alguno. Y se levantaba a la mañana, trabajaba durante 10 o 12 horas, y no sentía más que esa hinchazón leve que finalmente se fue haciendo cada vez más importante y detonó en el transplante, varios meses después.
Dos o tres meses después, justamente, de que comenzó a sentir la hinchazón, comenzó precisamente con los síntomas más raros y que le llevaron a acudir al médico. Comenzó a sentir muchos calambres. Durante la noche, a las dos o tres horas de estar acostado, debía levantarse porque no soportaba el dolor que le provocaban.
Santos recuerda que era levantarse, y quedarse levantado un rato largo; o correr, andar y hacer cualquier cosa con tal que se le pasasen esos dolores.
“Parecía que se me calmaban. Pero de pronto continuaban y se me pasaban de una pierna a la otra, dándome una sensación muy extraña. A todo esto me acompañaba mucha sed. Me tomaba las gaseosas de 2 litros como agua, en un ratito. Y no se calmaba nunca es sed, y encima me se seguía hinchando”, señala.
EL ARRIBO AL MÉDICO
Así fue como a raíz de esos calambres terminó llegando a tiempo al médico. El doctor Miguel Navarro fue el primero que lo vio. El fue quien le hizo hacer los análisis enseguida y, tras el diagnóstico y los resultados pertinentes, fue también quien le aconsejó a que se internase de urgencia porque el tema era serio.
Al otro día, justamente, Santos llegó al hospital. Enseguida lo vio un médico de Pergamino. Un especialista en riñón que le dijo que le tenían que hacer algunos estudios complejos.
Para todo esto, a Santo le parecía imposible porque nunca había tenido nada, y nunca había sentido algún síntoma o problema de salud, antes de la hinchazón, la sed y los calambres.
Pero la realidad es que hay muchas enfermedades que a veces son silenciosas, y dan aviso cuando realmente el tiempo apremia.
“Me llevaron un lunes a Pergamino y me dijeron que al otro día me volvía. Pero no fue así. Me tuvieron dieciocho días en la Clínica Pergamino, donde un equipo de nefrología me atendió de la mejor manera. Me metieron en diálisis porque hasta el corazón estaba cubierto de líquido. Y me entregué tranquilo, porque me dijeron que no era una cosa terminal y que lo iba a llevar bien hasta tanto apareciera un donante”, recuerda el rojense, en diálogo con este diario.
LA ESPERA DEL DONANTE
Mientras esperaba un donante foráneo, ya que no quiso nunca poner en riesgo a nadie de su familia por el transplante, y descartando lo que los médicos le dijeron que podía ser la posibilidad más concreta para alcanzar realizar la operación, Roberto Santos Rodríguez permaneció catorce meses haciendo diálisis.
Las primeras, que duraron aproximadamente un mes, se las hizo en Pergamino; aunque después, para su mejor comodidad, las pudo continuar en nuestra ciudad.
Santos destaca precisamente que en todo ese tiempo le dijeron que “en cualquier momento podía llegar el donante”. Pero que también le explicaban que “estaba anotado en lista de espera como al número 30 mil”, aproximadamente, con lo cual pensó ciertamente que nunca iba a llegar ese día.
“Y sentía a toda la otra gente que dializaba conmigo, y que me decían que hacía cuatro años que estaban; el otro dos; y el otro tanto; y hasta algún otro que acusaba más de ocho años de esperaba. Realmente eso fue lo que me hizo preocupar un poco, pero la seguí peleando”, confiesa.
Por fortuna para él, los médicos encargados de su tratamiento le dijeron que se iban a encargar personalmente de que pudiera darse la donación, lo antes posible. Básicamente se dio así porque la edad se Santos apremiaba más que algunos otros casos que se presentaban en el país, por entonces.
LOS DíAS DECISIVOS,
Y LA OPERACIÓN
Y sucedió al fin para Santos, después de catorce meses, un 8 de junio del 2004, que lo llamaron por teléfono y le avisaron que surgía un operativo, y que se tenía que presentar cuanto antes en Buenos Aires, ya que estaba el donante.
“Ese día, como a las 4.30 horas, me tuve que presentar, primero en el Instituto Favaloro, donde me hicieron un primer estudio, y luego en Instituto de Nefrología de Palermo, en calle Cabello, adonde me trasladaron para la operación final”, describe.
“Ahí me hablaron los médicos, que me estaban esperando, y me explican un montón de cosas; entre ellas algunas cuestiones relacionadas con que tenía que ser conciente ya que el paso que iba a dar no era que me transplantaban y al mes me largaban, pudiendo ya comer y tomar cualquier cosa”, detalla.
Y continuó: “Y me dicen que iba a poder hacer vida normal, poder trabajar y todo, pero que iba a tener que hacer una dieta, cuidarme del frío, y en época de verano cuidarme del sol. Además de todo eso, iba a tener que tomar una medicación durante todo el resto de mis días”, sintetiza.
Finalmente, se realizó la operación que duró unas dos horas y media, aproximadamente. Dicha intervención quirúrgica se hizo el día 10 de junio por la noche, ya que sucedió entonces que se atrasó la llegada de ese órgano porque estaba nevando en Río Negro y no pudo salir el avión.
“Fue algo impresionante. Los médicos me trataron como padres. Me sacaron los dos riñones, ya que uno no funcionaba nada y el otro sólo un poco, y me colocaron uno que funcionaba perfecto y que lo sigue haciendo”, manifiesta este rojense.
EN QUÉ CAMBIÓ SU VIDA
Desde ya que el hecho de publicar esta nota no se basa precisamente en que se trate de alguien que ha sólo recibido el órgano y ha vuelto a vivir normalmente. En verdad, por su personalidad, la vida de Santos cambió por completo tras el transplante.
En primer término cambió su trabajo, que había sido todo de fuerza, con manipulación de agroquímicos, que le complicaron la garganta. Pero por suerte la misma empresa en la que trabajó siempre le ofreció otro tipo de tarea no tan exigente, para que de algún modo pudiera seguir ganándose el dinero.
Pero en lo que cambió principalmente su vida fue en tanto a las cosas que hoy se le pasan por la cabeza cuando piensa en que alguien tuvo que morir para que él pudiera seguir viviendo. Pero son esas cosas las que prefiere no contar. No es simple vivir sabiendo que el riñón que lleva hoy en su vientre es de una persona muy joven, de precisamente 33 años, que falleció en la provincia de Río Negro tras un accidente de tránsito.
Lamentablemente, Santos no pudo conocer a la familia del donante porque la misma familia decidió entonces no saber a quién finalmente irían dichos órganos. Pero es la historia de este rojense transplantado, que no tiene vergüenza de contarlo, y que merecía ser contada.
Y es la historia de este rojense que deja un mensaje a todas aquellas personas que puedan estar esperando hoy un órgano: “Que rueguen y que piensen, cada día que se levantan, que este será el día, porque la única manera de mantenernos vivos es cuando realmente tenemos la esperanza de que lo vamos a lograr, cueste lo que cueste”. (lm)
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