El 2 de abril del 2013 partió la historia de la ciudad de La Plata en dos. La angustia de la sobrevivencia, la pérdida de los seres queridos, el quebranto de nuestros hogares y la destrucción de los objetos simbólicos que configuraban nuestra cotidianidad originaron, con posterioridad, un dolor inmenso e insondable que no se ha atenuado en este tiempo transcurrido.
Lamentablemente la fecha señalada no sólo rememora la inundación y sus consecuencias sino también la mentira, la falsedad y la ausencia de todos los niveles del estado para enfrentar codo a codo una emergencia climática de altísima magnitud.
No sabemos al día de hoy la cantidad exacta de víctimas. Ni siquiera sabemos el grado de responsabilidad que le compete a cada sector. Nadie responde por tanto dolor. Solo advertimos maniobras de distracción para que todos nosotros dejemos de preguntar una y otra vez, y para que el olvido lo cubra todo.
Necesitamos verdad y memoria más que nunca para que el dolor se convierta en acción. Acción que nos permita aprender a ser cada día ciudadanos más exigentes y más atentos. A exigir las obras necesarias para prevenir males reiterados.
El cambio que se gesta en la Argentina, por suerte, no se impulsa desde las dirigencias políticas sino desde una sociedad horrorizada que decide evaluar en forma adulta a quienes deben procurar el bienestar general. Esa, es la única luz de esperanza ante tanto dolor.
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