Lo sufren peor quienes trabajan con alimentos frescos, al romperse la cadena de frío. Además, hubo menos ventas y muchos negocios cerrados, hartos de estar sin luz. Las pymes quieren previsibilidad
Laura Castro, dueña de un maxikiosco en el centro, soportó cinco horas seguidas de corte. Laura se vio forzada a una logística especial para no perder toda la mercadería perecedera: llevar los lácteos a la casa de una vecina que tiene luz y le presta la heladera. Cuando vuelve la energía a su negocio, ella regresa al local con todos los productos frescos. Así salva mercadería por $1.500.
Pero no puede hacer lo mismo con toda la mercadería. Los helados, por ejemplo, se derritieron en el freezer después de cinco horas sin frío. Sólo con ese lote, había perdido más de $500.
Como presidente de la Asociación de Almaceneros, Marcos Yedro manifestó que el sector comprende la necesidad de los cortes de energía, pero pidió "que se respeten los cronogramas y la duración de dos horas por corte". "Si se respetan los horarios y la duración de dos horas por corte, no se rompe la cadena de frío. El problema es si se pasa de ese tiempo; ahí ya se complica", precisó el dirigente.
En Río Cuarto, el problema es grave: hubo cortes de hasta siete horas, y con ello gran cantidad de alimentos se escharon a perder. Los lácteos, por ejemplo, no pueden estar más de tres horas sin frío. Yedro explicó que "sabiendo cómo es la situación, el almacenero no llena con mercaderías el negocio, sino que lo deja en la distribuidora". Pero los cortes fueron sin aviso concreto y mucho más largos de lo previsto.
Juan Giacobone, de la Cámara de Industriales Metalúrgicos negó que los empresarios del sector hayan recibido una solicitud formal de reducción del consumo de energía e indicó que sufren los cortes al igual que los domicilios.
"Los cortes no son programados y no permiten ordenar la producción. Las industrias pierden tiempo con estas medidas", indicó el dirigente. Y añadió: "Si se programa, se puede ordenar la producción, pero no nos notificaron del corte". Giacobone, empresario metalúrgico, confió que su fábrica sufrió cortes durante la mañana y hasta entrada la tarde. "Perdimos toda la jornada de trabajo", dijo en este sentido.
El empresario estimó que en la jornada de ayer perdió entre $2.500 y $3.000. El monto corresponde a una pyme con 20 empleados, como varias otras de las que hay en la ciudad. Pero la principal preocupación es por el dinero que se puede perder si la situación se prolonga por varios días más. "Si esto e repite, va a ser muy grave el daño que van a sufrir las industrias, porque esto no permite producir de manera organizada. Hay proceso de producción que no se pueden cortar, porque se pierde materia prima", señaló Juan Giacobone.
Un día de calor y furia
El malhumor fue el estado de ánimo que predominó durante toda la jornada de ayer en la ciudad: comerciantes que no pudieron vender o echaron a perder su mercadería, gente que sufrió un calor insoportable en su casa y sin luz. Otros ni siquiera tenían agua.
Otra vez, el pulso de la ciudad siguió los caprichos de la energía. Ayer, el apagón comenzó antes de lo previsto, alrededor de las 11, a raíz de que el cronograma de cortes planificado por Epec resultó insuficiente. En casi todo el centro, hasta la zona de la vieja terminal -e incluso más allá- había un paisaje alterado, con muchos comercios que a esa hora ya habían cerrado las puertas.
Los cortes de luz fueron, sin duda, el comentario del día en toda la ciudad. En la calle, era el tema de conversación más frecuente; pocos afortunados estuvieron a salvo de los apagones que hubo a lo largo de toda la jornada de ayer.
Todo el comercio padeció la falta de energía y alteró su rutina de trabajo. Casi la mitad de los negocios estaba con las persianas bajas. De los que seguían abiertos, sólo una minoría tenía gente.
Por caso, desde el corte de luz de las 11 de ayer, el supermercado Top de Belgrano y General Paz restringía la entrada de los clientes. Antes, había cerrado por algunos minutos, según explicaron desde el mismo súper, para poner en marcha el equipo electrógeno. Luego hacían ingresar a las personas en grupos de diez. Temían que la gente aprovechara la falta de luz para robar.
En una relojería familiar de la calle General Paz, en vez de cerrar, los dueños hacían guardia. No podían trabajar en el taller, pero tampoco atender al público, por la oscuridad que había en el local. La interrupción de la energía los tomó por sorpresa y, como las persianas funcionan con un mecanismo eléctrico, ni siquiera pudieron bajarlas para cerrar e irse.
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