Unos 200 millones de chinos viajarán esta semana desde las ciudades hasta sus aldeas natales.
El movimiento estos días es unidireccional: de las grandes ciudades de la costa este hacia el vasto interior del país. De la China de las oportunidades a la China sin esperanza. El gigante asiático lleva tiempo con la etiqueta de "superpotencia del siglo XXI" colgando de la solapa, pero la realidad es mucho más compleja que eso. Si bien los grandes conglomerados de propiedad estatal (la denominada China Inc. o China S.A.) se sitúan ya en la cima mundial, la mayoría de los 1.300 millones de chinos apenas se contenta con llenar su estómago tres veces al día y ahorrar un puñado de yuanes a fin de mes por si el viento se les gira en contra.
El desequilibrio económico entre la China rural y la urbana es cada vez mayor, y el mejor ejemplo de ello son los 210 millones de inmigrantes que, según las estadísticas, tiene el país. La fuerza laboral que desde la base empuja a China hacia la cúspide abarrota hoy las estaciones de tren y micros de Beijing, Shanghai o Cantón para disfrutar en su pueblo natal de las únicas dos semanas consecutivas de vacaciones que tienen al año.
Zheng Peng está feliz porque tras 10 horas sentado en una butaca de madera llegará a su amada Henan. Hace un año que no ve a su familia. "Llevo muchos regalos a mis padres, les van a encantar", sonríe ilusionado. Llegó a Beijing cuatro años atrás por el mismo motivo que la mayoría. "Nací en una aldea de campesinos, allí no hay futuro y yo sueño con algo mejor que trabajar la tierra". Hoy es técnico en una empresa informática y le da para llegar a fin de mes, que no es poco. "Beijing es una ciudad muy dura para los inmigrantes. La vivienda es lo peor, es carísima, y el tráfico y tanta gente abruman a uno. Pero aún así merece más la pena que quedarse en la aldea".
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