El encargado de la iglesia de la misión wichi La Esperanza, Mario Molina, convocó a varios integrantes de la comunidad para hablar con El Tribuno. “Hago los cultos, pero no soy pastor”, explicó. “El colectivo no frena para llevar a nuestros hijos a la escuela porque somos indígenas”, denunció Molina.
La comunidad queda a tres kilómetros de Padre Lozano, sobre la ruta 53, en Embarcación. Hasta ahí van todos los días los chicos de La Esperanza, que estudian en la primaria. Molina contó que en el monte “hay muy pocos animales porque es mucho el desmonte y el bicho busca el monte grande, pero aquí son cortinas de monte nomás”. Lo que más preocupa al religioso es la calidad de la miel.
“Hay poco árbol con flores y la flor del poroto lleva mucho químico. El avión fumiga muy cerca de las cortinas de árboles y la miel ya no es pura”, denunció.
Héctor Orellano lleva los papeles de la comunidad: títulos, denuncias, fotocopias. “Tenemos muchos problemas para cobrar la asignación universal. Por un lado, el médico no nos firma las libretas. Está en Padre Lozano siempre apurado y atiende solo de 8 a 12. En la escuela no quieren firmar tampoco, porque dicen que nuestros hijos tienen muchas faltas. Pero es porque el colectivo no frena y entonces los chicos llegan tarde porque se van caminando; encima que no le justifican la falta, los maestros los retan”, contó.
El colectivo sale desde Embarcación hasta Misión Chaqueña, siempre por la 53. En la última parada retoma el camino recorrido y pasa por la puerta de La Esperanza. Pero los días de cobro, de jubilaciones y asignaciones, el colectivo se llena de madres y abuelos y llega colmado a la misión.
“Para nosotros es muy importante la asignación. Nos sirve para comprar ropa en épocas de frío”, agregó Orellano.
“Es una preocupación muy grande porque pasa fuerte y los chicos se acercan pensando que frena, pero sigue de largo rapidísimo, levantando tierra. Es peligroso; hay chicos que van al jardín. No frena ni para decir que está lleno. Nos asusta que los chicos caminen por la ruta. El año pasado un niño de Salim 2 salió para la escuela y apareció muerto en la ruta 34”, relató Orellano, mientras las mujeres asentían en silencio con la cabeza.
“Uno tiene que creer que el maltrato de los choferes es porque somos indígenas”, resumió.
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