Por Ricardo RoaImaginemos por un momento que los militantes echados por la Bonaerense de la Legislatura eran radicales o del PRO , ¿hubieran reclamado rápidamente desde la Presidencia a la Gobernación? El vice Mariotto, ¿hubiese cargado como un rayo contra la Policía y Scioli, sobreactuado y sancionado a los efectivos involucrados? Hay un detalle que explica todo este operativo: los militantes pertenecían a La Cámpora .
En el recinto también estaban nada menos que el ministro de Seguridad, Casal, y el flamante jefe de Policía, Matzkin. Por eso, la orden de que no podía pasar nadie y la agresividad de los activistas K son los argumentos que usan los policías para sentirse castigados injustamente y decidir algo tan grave como autoacuartelarse (Ver: Scioli negoció y logró una tregua con la Bonaerense).
Así como la Bonaerense quedó presa de una pelea política, Scioli terminó cocinándose en su propia salsa: había ordenado bloquear las puertas y castigó a la Policía por haberlo hecho . “A la militancia hay que respetarla”, dijo. No hay doble discurso que aguante en este caso, aunque venga de un verdadero especialista .
Menos de dos semanas atrás había echado al jefe de Policía y puesto a dos civiles para controlar la fuerza. Creyó que bastaría para salvar a Casal y frenar la embestida del kirchnerismo contra su política de seguridad. Error: apenas días después, la ministra Garré dijo que esa política fomentaba “focos de prostitución y corrupción” .
Scioli queda peor que antes. El nuevo jefe de Policía fue silbado por sus subordinados. Estaba herido Casal y ahora también Matzkin . Y recién empieza el nuevo mandato.
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