Clásicos y tradicionales comercios de la ciudad atendidos por sus propios dueños

Clásicos y tradicionales comercios de la ciudad atendidos por sus propios dueños

Pasión, perseverancia, vocación y estar del otro lado del mostrador todos los días son algunas de las características esbozadas por los comerciantes que, desde hace varias décadas, se mantienen vigentes sin perder "la marca de origen".

Pasan los años, los gobiernos, los modelos económicos y hasta el marketing, pero algunos comercios de la ciudad siguen vigentes manteniendo el espíritu con el que fueron fundados.

Locales de distintos rubros, ubicados en diferentes barrios, muchos de ellos atendidos por sus propios dueños, continúan abiertos sin perder "ese no se qué" que los diferencia de la uniformidad y permite que sean elegidos una y otra vez.

El olor de los pomelos se mezcla con las hierbas aromáticas extraídas de la propia huerta, ubicada frente al negocio, que desde hace casi 75 años comercializa frutas y verduras en Playa Grande.

"El espíritu es el mismo, el que nos inculcó mi abuelo José y mi papá Jorge, ofreciendo siempre los mejores productos", cuenta Mariano, tercera generación de comerciantes, que promete no tocar una sola piedra de la fachada del negocio que lleva su apellido.

Si bien el "aggiornamiento" hizo que a las hortalizas y verduras se le sumaran las aromáticas y algunos productos "gourmet", con el fin de "ofrecer siempre algo más al cliente", Mariano confiesa que el secreto es "la exigencia, tanto con los proveedores como con nosotros, siempre hay que ofrecer lo mejor".

Y en eso están, delantal mediante, junto a su padre, como cuando su abuelo "sembraba los terrenos de la zona, porque había pocas casas y ningún edificio, y después cuando los dueños venían en verano se lo canjeaba por mercadería". En aquel entonces, el negocio sólo abría "en verano, de diciembre a marzo" pero hoy funciona todo el año.

Aunque los tiempos cambian, los Tegli se siguen guiando por el espíritu del abuelo de "trabajar, estar y dar lo mejor de nosotros. Mi papá dice: 'El que tiene tienda que la atienda, y sino que la venda'. Y acá estamos", sostiene entre risas.

Algo similar les inculcó Abel Viva a sus hijos, cuando hace más de cuarenta años se puso al frente de la fábrica de pastas "Don Francisco" que hoy cuenta con dos sucursales -además de la casa matriz-, a cargo de sus hijos.

"Es perseverancia y que el relato se sostenga con los hechos. Es importante poder transmitirle eso a los hijos", sostiene el hombre, con algo de harina en su cara, después de amasar la primera tanda de fideos de la mañana.

Si bien el contexto "a veces es complicado", define su mujer Martha, ellos se las ingeniaron y enfrentaron desde la hiperinflación hasta situaciones recesivas sin bajar los brazos.

"La idea, lo ideal -sostiene la mujer- es poder sostener a la familia y traspasarle estos principios a los nietos, porque por suerte los hijos lo entendieron y hacen lo que les gusta".

 

Innovación

"Yo quería estudiar Derecho, pero después me volqué a la farmacia y acá estoy. Y no me arrepiento", cuenta Manuel Severino en el laboratorio de la farmacia "San Martín", que funciona en la peatonal desde que por San Martín circulaban vehículos, en octubre del '46.

La fachada, a pesar de ciertos arreglos de mantenimiento, continúa siendo la original y perteneció a su madre hasta que él la adquirió. A pesar de sus planes iniciales, Severino se vio signado por la historia familiar ya que tanto "mi madre, mi padre y mi padrastro eran farmacéuticos" y entonces emprendió viaje a La Plata, donde se recibió "de farmacéutico y de óptico".

Con casi 80 años, el hombre amante de los caballos describió el desarrollo y crecimiento del negocio, considerando que el mayor aporte y crecimiento lo logró "con el laboratorio de preparaciones magistrales. Se revitalizó el negocio y hasta el día de hoy seguimos dando con éxito soluciones a los problemas de cada paciente".

Si bien dice que no hay secreto, reconoce que aunque al final de la tarde podría estar tranquilo en su casa él está "al pie del cañón, soy un enamorado. Hay que dedicarse y la farmacia funciona en base al profesionalismo".

"El mejor café de Mar del Plata", reza el slogan de Doria, la tradicional cafetería del Puerto que abrió en 1958 y desde 1976 es comandada por Jorge Gómez y su hermano Julio.

Así como el entorno geográfico cambió -"antes no existía el centro comercial y el puerto era pujante", describe Jorge, la realidad comercial también sufrió modificaciones.

"Cambió todo el panorama -cuenta-, ya que antes trabajábamos de 7 de la mañana a 4 de la madrugada. Había otro movimiento. Calcula que llegamos a vender en un día promedio mil cafés, que equivalen a 10 kilos de café. Eso se consume hoy en una semana".

Si bien, como dice el slogan, la especialidad es el café, también ofrecen desayunos, bebidas alcohólicas y hasta quedan resabios de chocolates importados. "Antes era una especie de free shop, había de todo", recuerda Jorge y sostiene que muchos de sus clientes se transformaron en amigos y hasta los artistas pasaban por la barra. "Venían hasta famosos -dice- aunque a muchos no les gusta pagar y acá se les cobra a todos".

Reconversión

Mario Ceschín vende pescado desde el '69, cuando abrió su primer local en Alvarado y Corrientes, después se mudó a Gascón y La Rioja y desde hace 20 años se instaló en Castelli y La Rioja.

"Pescado fresco, de primera calidad", define a la mercadería en exposición, a la que desde hace unos años se sumaron productos elaborados con especialidad en paella. "Ahora la gente no cocina -dice el dueño de Pingüino II- y además no quiere llenar los departamentos de olor, entonces nosotros le damos la solución" y señala las bandejas con empanadas de atún, porciones de cazuela, milanesas de merluza y la estrella del menú: paella.

Su secreto, dice, es "trabajar, estar y dar siempre lo mejor" y cómo cada día, desde hace más de cuatro décadas, se calza el delantal y atiende a cada uno de sus clientes.

Los ojos del gruyere invitan a entrar al comercio donde Fabián Caruso atiende entre salamines y jamones, como lo hacía su padre Marcos cuando inauguró en 1971, en pleno centro, al lado de la antigua tienda Los Gallegos. El incendio de la misma los obligó a mudarse a la calle Alberti, local que hoy está a cargo de sus primos, para regresar al lugar de origen a fines de los '80.

Además de la "atención personalizada", Fabián asegura que los clientes de la quesería los siguen eligiendo a través de los años "por los precios y la calidad que ofrecemos. Todo de primera". El negocio, atestado de gente, parece darle la razón y para no perder la estirpe él le enseña los secretos a su hijo Tati.

Perseverancia, dedicación y atención personalizada, parecen ser algunos de los secretos comerciales para perdurar en el tiempo.

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