Después de una decena de libros publicados, incursionó en las redes sociales, lo que le permitió seguir escribiendo sin la presión económica que le significaba la edición en papel. En diálogo con DEMOCRACIA, este poeta juninense repasa su trayectoria.
“En mi casa no había libros porque, básicamente, no había plata”, sentencia.
Su padre era un ferroviario que quedó fuera del Ferrocarril luego de la famosa huelga del año 1961. “Después -cuenta- compró un camión junto a su hermano, aunque la sociedad duró poco, y más tarde, ‘fue saltando’ en diferentes trabajos”. En tanto, durante varios años, su madre tuvo un kiosco.
Hizo la primaria en la Escuela N° 1 en donde fue un estudiante excelente. Allí tuvo su primera decepción: “Fui el mejor alumno durante todos los años y en séptimo, cuando llegó el momento de nombrar los abanderados, se hizo una elección en la que saqué más votos que nadie y se eligieron los primeros seis. Cuando la Dirección da los lugares a mí me nombran escolta suplente segundo, es decir, sexto. En ese momento fue un dolor grande porque yo tuve una infancia difícil y para mí y mi madre eso era un orgullo, pero parece que la bandera le correspondía a quienes ponían para la cooperadora, las medallas y demás”.
Según dice, ese trago amargo lo marcó y fue por eso que en la secundaria, en el Comercial, fue “bastante especulador” dado que, si bien nunca se llevó ninguna materia, hacía lo mínimo indispensable para alcanzar el seis.
A trabajar
Gracias a la colaboración de su padrino, pudo ir a estudiar Derecho en la Universidad del Litoral, en Santa Fe, pero en menos de un año estaba de vuelta: “Me había ido en el 75, una época complicada del país, y no estábamos nunca en clase porque cuando no las levantaban los militantes, lo hacía la policía, así que fue una experiencia un poco traumática”.
A su regreso hizo el Profesorado de Letras. “Tengo un buen recuerdo del Instituto -dice- porque estaba en un muy lindo grupo, y tuve algunos profesores que me dieron algunas pistas, como Daniel Drughieri, Ruossi y Pedro Menga. Pero más allá de eso, no encontré lo que buscaba”.
Cuando se recibió, ya estaba trabajando en Vinos Rossi, donde ganaba muy bien, por lo que la docencia pasó a ser un hobby. Cuando cerró Rossi pasó a Falasco, una empresa del mismo rubro de Chacabuco, con la que le fue mejor aún.
Pero en el año 89 también cayó Falasco y, a partir de entonces, pasó a representar algunas bodegas chicas, algo que le fue imposible sostenerlo en el tiempo. Fue entonces cuando recurrió a la docencia. “Los avatares del país me llevaron a ejercerla más de lleno”, explica.
Ya había tenido algunas horas en colegios como el Padre Respuela, el Marianista, el San Ignacio, el Nacional, el Santa Unión, el Instituto del Profesorado, pero siempre como un complemento.
Se consolidó en la Escuela Salesiana de Ferré, donde permaneció unos 20 años, y también estuvo en Arribeños y en el anexo del Instituto 20 que se abrió en Vedia. En Junín se quedó como docente de la Tecnicatura de Comunicación Social del Instituto.
Escuela de periodismo
Portiglia fue el promotor de la llegada a Junín de la escuela de periodismo TEA (Taller Escuela Agencia).
Cuando supo de esta institución y se enteró cómo funcionaba, pensó que eso era lo que él quería hacer acá. Mandó una carta de intención para abrir una subsede, le contestaron que les podía interesar y lo citaron. En Buenos Aires se entrevistó con los directores, Carlos Ulanovsky, Carlos Ares, Carlos Ferreyra y Juan José Panno, y cuando terminó la reunión quedaron en contestarle: “Yo pensé que ya no me iban a llamar. A los pocos días viajé a Santiago del Estero y me hicieron una entrevista en El Liberal, donde me pusieron en la tapa del suplemento cultural. Panno y Ulanovsky habían ido a presentar la subsede de Salta y a la vuelta pararon a tomar un café en Santiago y me vieron en la tapa del diario: a la semana me llamaron y me dieron la concesión. Fue algo absolutamente azaroso”.
La repercusión de esta iniciativa en nuestra ciudad fue muy buena, pero tenía una dificultad: la provincia de Buenos Aires no homologaba el programa de estudio. Luego de varios meses de no encontrar una solución al tema, Portiglia se fue a La Plata y presentó el plan con la fundamentación, en la que cuestionaba que la provincia tuviera una Tecnicatura en Comunicación Social con un plan de 1936.
Al tiempo, lo citaron con otra gente que había tenido inquietudes similares de Mar del Plata, Bahía Blanca, Azul y San Isidro, se reunieron y redactaron los nuevos programas de las carreras de periodismo y periodismo deportivo.
“Cuando empecé con TEA -relata-, en el Instituto ya no me dejaron seguir como docente porque era competencia de ellos, entonces me quedé con mi proyecto. Cuando la provincia cambió el programa, que había redactado yo, el Instituto lo adoptó y yo ya no les pude competir, entonces no pude seguir. Por eso tuve sólo dos promociones”.
Con todo, Portiglia destaca que se dio “el gusto de idear y llevar a cabo una escuela y sacar un periódico, que salía todos los viernes y se llamaba ‘Junín es Plural’, que marcó un momento en el periodismo local”.
Según dice, él es “un periodista vocacional” y esa afición lo llevó a fundar junto a Rubén Liggera la revista “Horizonte de Cultura” que -asegura- “marcó toda una época cultural en el país, que permaneció seis años y figura en la historia de las revistas literarias argentinas, de ahí salieron premiados escritores que hoy son muy reconocidos, y llegó a escribir gente como Ernesto Sábato, Abelardo Castillo, Mempo Giardinelli o María Rosa Lojo”.
Poeta
Portiglia cuenta que, de chico, cuando le preguntaban qué quería hacer cuando fuera grande, siempre decía “escribir”.
La suya no era una casa con libros, pero sus padrinos solían regalarle algunos. Así leyó clásicos como Peter Pan, Tom Sawyer, Pinocho; más tarde consumió policiales de la colección Séptimo Círculo, y muchos ensayos. “Leía lo que caía en mis manos, cualquier cosa, era voraz”, grafica.
Siendo muy joven empezó a escribir: “La necesidad de escribir es inexplicable, la tenés o no, es un impulso”. Con sólo 22 años editó su primer libro, “del cual podría hasta avergonzarme”, dice, y aclara: “Ahí me reconozco en lo esencial, en lo que soy yo, pero es muy cursi, rimbombante, muy afectado por el Instituto del Profesorado, por poesías que ya habían pasado de moda y demás”.
Con el paso del tiempo, su estilo fue variando. Publicó ocho libros de poesía y dos ensayos.
“Yo hice un cambio radical -explica-, a tal punto en el que hoy yo me he convertido casi en un coloquialista porque la poesía que yo hago actualmente suena como una charla. Esto lo aprendí de Víctor Gombrowicz, un escritor polaco que vivió en Argentina y se esforzó para escribir en castellano porque decía que si un escritor pudiera escribir en una lengua que no fuera la propia, ahí quedaría la esencia, que es lo único que vale”
Según dice, no hace novelas porque no tiene “nada que contar”, en cambio, “en la poesía no se cuenta, se sugiere”.
Y a partir de ello, da su definición de la poesía: “Hoy nadie ‘se banca’ un poema, pero los poetas no desaparecemos porque la poesía es indispensable, no solo para el goce, sino para la ciencia. Juan Martín Maldacena, que es uno de los mayores científicos de nuestro tiempo, genera la Teoría de las Cuerdas a partir de la poesía de Borges. Porque la poesía es numen de la ciencia. El poeta hoy tiene que aprender a manejar estímulos, a partir de unas pocas palabras debe generar un agujerito por el que alguien pueda observar una realidad desconocida”.
Actualidad y balance
Hoy por hoy, Portiglia está escribiendo “muchísimo”, aunque no edite por los canales tradicionales: “Para mí fue un descubrimiento muy grande las redes sociales. La publicación se hace cada vez más difícil, a los que escribimos poesía que no es de consumo masivo no nos edita nadie, lo tenemos que costear nosotros, entonces no me puedo dar el lujo de publicar en papel. Y creo que tampoco tiene mucho sentido. En las redes sociales hay un callejón, un filón en donde uno se puede expresar, te leen mucho más que en los libros de papel y te respetan mucho más. Yo conseguí muchos más lectores desde que estoy en Facebook y me publican en revistas virtuales, que cuando editaba en papel. En los últimos años hice una explosión bastante grande a nivel nacional e internacional, mucha gente me lee, me sigue y me pide, desde muchos lugares”.
Y aunque no venda libros, sigue viviendo de la poesía, como lo hizo siempre: “La poesía siempre me dio de comer, parece difícil explicarlo pero para mí, que lo siento, es fácil entenderlo. Yo vendí muchos vinos y gané mucha plata por la poesía, fui docente y tuve tantísimas horas por la poesía, conseguí tantos trabajos por la poesía, y tengo tanta gente que me sigue por la poesía. No es algo que llega de manera directa, sino que lo hace por vías indirectas, porque la poesía se percibe”.
De acuerdo a su mirada, un poeta es, sobre todo, “un provocador de estímulos”.
Y por eso, a la hora del balance, cuando observa el camino recorrido ve un gran aprendizaje: “Una sumatoria de elementos que, seguramente, no volvería a hacer en un 80 por ciento de los casos, pero no reniego de ellos, porque todo lo que hice me significó un cúmulo de material que me permitió edificar este tipo que soy, de 56 años, expresándose libremente y sintiéndose insertado en el mundo de la poesía argentina y latinoamericana”.
Comentá la nota