“Mi seño le dio clases a papá y al abuelo”

Educaron a tres generaciones de un mismo grupo familiar

Son ‘maestras de familia’. Una figura que no existe oficialmente, pero que dos docentes platenses crearon a fuerza de una vocación inquebrantable por su trabajo, de haber pasado décadas al frente del aula y de hacerlo en la misma escuela. Catalina Ventura (73) se paró por primera vez ante un grado del Colegio San José cuando era una adolescente de 17, y hoy sigue dando clases en esa institución. Graciela Caldino (70) cumplió las bodas de oro como maestra del Colegio Santa Lucía el año pasado, y continúa enseñando a niños de primaria a leer y escribir. Recorrieron un largo camino. Tan largo y fructífero que actualmente tienen el orgullo de haber educado a tres generaciones de las mismas familias. Niños y niñas que cada día las saludan antes de sentarse en el pupitre, saben que ante sí tienen a quien fue la ‘señorita’ de su padre y de su abuelo. Son situaciones muy particulares, que, al mismo tiempo, a los papás y a los abuelos les garantiza que los chicos “están cuidados como lo estuvimos nosotros, porque cambiaron muchas cosas, pero ellas, no”, enfatizan.

FELICIDAD A FLOR DE PIEL

¿Qué significa para una maestra haber educado a tres generaciones de una misma familia? Desde el hermoso edificio del Colegio San José, que mira a la fachada posterior del Palacio Municipal, Catalina Ventura, tras 56 años levantándose cada mañana para ir a dar clases, subraya que lo que siente es “una gran felicidad; para mi no hay otra palabra para definirlo”.

Aldo Colombo (64), quien la tuvo como docente en 1958, en 3° grado; su hijo Sebastián (35), alumno de Pocha -como todos la llaman en la escuela- de 7° grado en 1989, y su nieta Abril (11), actual discípula de la maestra, la miran casi con admiración. Al igual que Eduardo Amatriaín (67), que la tuvo en 6° en 1957; su hijo Agustín, compañero de grado de Sebastián Colombo, y su nieto Santiago, ahora en la secundaria y ex alumno de Catalina en el 2003. Mirar a los siete es como observar una ‘foto en vivo’ de un hecho curioso, de esos que no se encuentran a diario ni mucho menos. Una foto que la pequeña Abril, con total espontaneidad, resume en pocas palabras: “A mi me gusta decirle a mis compañeros que ella fue la maestra de mi papá y de mi abuelo”, dice sonriendo. Está a la vista que aquel sentimiento de orgullo se mantiene inalterable luego de más de cinco décadas. Nace en Pocha, recorre a sus ex alumnos y llega hasta la niña.

“Es hermoso ver que los chicos que una tuvo traen a sus hijos o nietos, porque eso quiere decir que una dejó un buen recuerdo”, apunta Graciela Caldino en el Colegio Santa Lucía de Tolosa. “Ella nos ha marcado a fuego, y su nombre es sinónimo de la institución”, afirma Carlos Laporta, alumno de Graciela en 1974 (3° grado) y en 1976 (5°), y padre de Tomás, hoy ‘en las manos’ de la admirada maestra. Cerca de él están sentadas Liliana Julien, quien la tuvo en el ‘70 y en el ‘71, y su nieta Priscila -ahora en secundaria-, educada por la señorita de su abuela durante 2011 y 2012, y Mirta González, aprendiz de ‘Gra’ en el ‘64, al igual que sus nietos Amparo y Valentín en la actualidad.

Distintas épocas, distintas formas de enseñar y de aprender y distintas formas de relacionarse entre las familias, la escuela y la docente, en el San José y en el Santa Lucía han encontrado ejes vertebradores, que los ex alumnos definen lisa y llanamente como “íconos”: Catalina y Graciela.

“ESTO NO ES CASUALIDAD”

Ahora bien, invirtiendo la pregunta, ¿qué significa para las familias haberse educado con la misma maestra? ¿Fue cuestión de suerte? “En absoluto”, enfatiza Eduardo Amatriaín, quien guarda el orgullo añadido de haber sido uno de los primeros alumnos de Catalina Ventura en el Colegio San José, cuando dio sus primeros pasos en la profesión con apenas 17 años. “Pocha nos marcó, pero no como fruto de una casualidad, sino de trabajo, disciplina, orden y respeto”. “La familia se va sucediendo, y si quiere que sus descendientes vayan al mismo colegio, eso habla bien de la institución”, acota Aldo Colombo, el otro abuelo, que tuvo a Pocha como maestra un año después, cuando la docente cumplió 18.

En una sociedad donde la relación entre los chicos y sus padres con las docentes es cada vez más compleja, la ‘maestra familiar’ facilita mucho el trabajo, reconocen Catalina y Graciela. Y Sebastián Colombo, que afirma que “te relacionás desde otro lugar, con respeto y confianza a la vez; eso ayuda muchísimo”.

Graciela Caldino casi exclama: “Ayuda mucho, porque una no tiene que disfrazar ninguna situación. Les habla llanamente a los padres o abuelos del chico, que fueron alumnos de una. Les dice cómo está, ‘hay que ajustar esto o aquello’, y lo entienden sin más”, afirma.

Todos reconocen, asimismo, que la maestra de familia profundiza el sentimiento de pertenencia con la escuela. Los papás y las abuelas del Santa Lucía añoran los tiempos de las salidas por el barrio, que incluían visitas a comercios, a casas de alumnos y hasta tardes en la de Graciela “cocinando y haciendo deberes”. “Ahora eso cambió, pero uno ve en los niños la prolongación de su propia experiencia escolar; es como continuar en el colegio”, dice Carlos Laporta.

PURA VOCACION

De la caligrafía a internet. De los frascos de tinta en el pupitre a las biromes. Del ‘usted’ para dirigirse a la maestra al tuteo ‘respetuoso’. ¿Cómo se adaptaron las docentes a tantos cambios? Catalina dice que “aggiornarse es fundamental, aunque siempre digo que lo que cambia son las formas y no el fondo”. En tanto, Agustín Amatriaín, el representante de la generación intermedia de su familia en el San José, asevera que “nosotros hemos tenido muchas diferencias con nuestros padres, pero respecto de Pocha hay que resaltar que con el tiempo demostró que esto no es un trabajo, sino una vocación, y que una persona se puede adaptar perfectamente a los cambios institucionales y sociales. Tiene una vitalidad que da envidia. Está cero kilómetro”, dice, y todos echan a reír. Se percibe el ambiente familiar.

En ese clima, Aldo, el abuelo de los Colombo, cuenta una anécdota que da cuenta de cómo Pocha los marcó. “De chico iba mucho a la plaza del barrio, donde había un gran árbol que me gustaba mucho, y lo bauticé Catalina Inés”, relata. Su nieta Abril vuelve a sonreír.

En el Santa Lucía, Graciela Caldino reconoce que “siempre fui severa. Ahora estoy mucho más permisiva que antes. Acepto el tuteo, que me llamen Grachu, Gra... Eso sí, cuando le anteponen el ‘ché’, les llamo la atención. El ‘ché’ no. Y lo entienden. Los chicos son respetuosos si se los respeta”.

A las dos las definen como íconos de su colegio. Han transitado un largo camino, que aún no tiene final a la vista. Las familias, agradecidas.

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