Siempre se dice que nuestro comportamiento en la vida social es un reflejo de lo que aprendemos en el hogar y pone en evidencia de qué manera hemos sido criados.
Incluso, a veces sabemos que nuestras actitudes no son las correctas, pero persistimos en el error o la desaprensión, falta de cortesía o, simplemente, el mirar para otro lado sin que nos importen los demás.
En una ciudad donde hay que hacer largas colas para todo, desde pagar en el supermercado, los servicios públicos, en el banco, la obra social y hasta conseguir un número para que nos atiendan otro día en el Centro de Documentación Rápida, existe un sector social que no es tomado en cuenta, como son las personas con “movilidad reducida”.
Mujeres embarazadas o con bebés en brazos, personas de edad avanzada y/o discapacitados, no tienen prioridad para acceder a los servicios y deben soportar intensas esperas, además de la indiferencia de sus circunstanciales compañeros de fila.
Aunque ello esté reglamentado, no se observa que los lugares de acceso público se preocupen por hacer cumplir algo que debería ser una sana costumbre y suceder en forma natural.
Salvo alguna honrosa excepción, pues los usuarios cuentan que en las oficinas de una tarjeta de crédito destinan una empleada para organizar las filas y observar que se cumpla la prioridad, en ningún otro lado uno puede ver que se tomen en cuenta a las personas más vulnerables.
Indiferencia
En algunos supermercados se disponen cajas en las que tienen preferencia las “personas con movilidad reducida”, pero no suele ser una práctica común ver que el resto de los clientes le ceda sus lugares en las filas. A pesar de que existen carteles indicadores, son muy pocas las personas atentas y educadas.
Y si ello sucede en un lugar que está señalizado, imagínense lo que ocurre donde nada se dice al respecto, como los cajeros automáticos en los días de pago a la administración pública, por dar un ejemplo, o en la Obra Social de los Empleados Públicos (OSEP), donde diariamente se congregan cientos de afiliados por sus trámites.
La imagen que grafica esta nota fue captada en los cajeros del Banco Nación de calle San Martín al 600. Una mujer con una criatura en brazos debe esperar mientras el resto parece, o no quiere advertirlo.
Lo curioso del caso es que un efectivo policial que custodiaba la zona observó al reportero gráfico captando la imagen y comenzó a increparlo por una supuesta razón de seguridad, cuando hubiera sido más eficiente si pusiera orden en la fila y le evitaba la espera a la señora con su hija a cuestas.
La actitud de ceder el lugar en la fila a quien más lo necesita no debería ser impuesta por una ley u ordenanza, sino que por el contrario, sería más sano que se convierta en una costumbre.
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