Está en pleno “centro viejo” de la ciudad y fue abierta en 1964. Contuvo al “espectáculo más grande del siglo”.
Antes de que aparecieran en la enorme pantalla, los helicópteros se sintieron llegar como si hubieran entrado por las puertas del cine. El aire de la sala estaba estremecido de sensaciones de guerra: Apocalypsis Now había venido a traernos una dura versión del infierno Vietnam, y en Cinerama, una película parecía estar viva.
Eran los últimos días de los años ’70, mientras Estados Unidos revisaba a través del cine la infamia de aquella guerra perdida en la selva asiática, aquí la dictadura cubría de plomo el ánimo de la historia. Acaso uno ya no recuerda si efectivamente fue en esa sala que vio la película de Francis Ford Coppola, o si fue un amigo el que nos contó cómo se vivían las cosas en el cine-maravilla. Lo único seguro de la imprecisa evocación es eso: Cinerama era algo así como una mito urbano de asombros nuevos, pero que efectivamente existía: estaba allí, en la avenida Colón al 300, en el mismísimo corazón ciudadano de entonces, en medio de la galería que se llamaba y se llama igual.
Pero, ¿se llamaba igual? Sí, pero la coincidencia era otra. “El cine se llamaba originalmente Centro República, que era el nombre de la galería. Pasa que había un gran cartel que decía Cinerama, que era en realidad el sistema con el que se proyectaban las películas. La pantalla tenía 24 metros de ancho y se dividía en tres partes. Había tres proyectores sincronizados por los que pasaban cintas de 70 milímetros, el doble del tamaño de las convencionales, de esas que aún están en uso, aunque ya casi todas las máquinas son digitales. Tenía, además, lo que se llamaba sonido envolvente”.
El que habla es Juan Molina, nieto de Juan Molina, el emprendedor que hizo que en Córdoba su apellido fuera sinónimo de cine, y el que le transmitió a sus descendientes una pasión que se ha sostenido a pesar de las tormentas que sobrevinieron antes de que concluyera el siglo 20.
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