El cierre de Trote amarga a Adrogué

El cierre de Trote amarga a Adrogué

Tal vez por lo austero el mensaje acentuó la sorpresa de quienes lo fueron viendo desde la tarde del viernes 18 de julio, cuando después de 44 años de animar la vida gastronómica y social en el mismo corazón urbano de Adrogué, cerró sus puertas de modo definitivo el café y restaurante “Trote.”

Casi un emblema de una estirpe de locales tradicionales que venían resistiendo el paso del tiempo y las transformaciones comerciales de esta ciudad, donde en torno a la calle Cordero viene consolidándose el polo más importante dedicado a esa actividad, la noticia vino a confirmar los trascendidos que circularon hace un par de meses y que se encargaron de desmentir quienes hicieron de concurrir a sus mesas un hábito infaltable.

 Muchos de ellos se agruparon para detenerse en las siete letras del cartel fijado en la puerta de acceso a la cafetería “Cerrado” es lo único que podía leerse con un fondo de mesas y sillas vacías pero como los televisores, vasos, copas y botellas de licor en el lugar de siempre, lo mismo que las tortas de la heladera mostrador ubicada contra la vidriera, las mesas con sombrillas de la pequeña terraza dispuesta sobre el deck de madera y las de plástico debajo de la glicina y la galería.

 Que todo permaneciese como en un día cualquiera transmitía la idea de lo imprevisto que pudo haber sido todo, aunque no lo sería tanto como en esa apariencia. La sociedad que venía explotando el emprendimiento presentó un concurso de acreedores ante la supuesta imposibilidad de hacer frente a lo que parecería un quebranto incomprensible para el caudal de público que solía colmarlo toda la semana.

 Entre quienes observaban la opacidad en contraste con la luz resplandeciente de la galería comercial que albergaba a “Trote” se comentó que otra firma podría hacerse cargo de devolverle la vida apagada, entonces, en modo transitorio. Alguno, según pareció más al tanto de la situación, llegó a insinuar que algunos de los aspirantes a hacerlo habrían estado reunidos en el café observando el movimiento de consumidores. Pero de momento, son solo especulaciones.

 Lo cierto es que un centro tradicional de reunión y un ícono urbanístico de la “Belle époque” del microcentro de la ciudad acaba de extinguirse. Apenas dos sobreviven como representantes de la estirpe del buen comer y beber desde antes que esa costumbre se agrupase bajo la tan de moda designación de “Gourmet.” Atentidos todavía por sus antiguos dueños resisten “Casa Pratto” y “Bonafide.”

 Con “Trote” termina algo más que el ciclo de una iniciativa comercial: a menos que alguien las recopile, se perderán anécdotas e historias de decisiones resueltas en un espacio que supo ser también el ámbito de negociaciones discretas o de celebración contenida de acuerdos políticos e institucionales de una región que, como todas, se define por los intereses en pugna sobre una contradicción principal. Acaso su cierre sea la mayor de todas.

 

“No será indiferente”

 Mientras sobrevuelan los rumores como que se instalará en ese espacio una cadena de venta de material discográfico, el secretario de Cultura y Educación browniano, Jorge Herrero Pons, utilizó sus redes sociales para anunciar que “el municipio no será indiferente”. El dirigente aclaró que “ante la posibilidad de que se demuela el lugar y se realice un proyecto inmobiliario, como una torre, (se aclara que) eso no sucederá y sólo se podrá habilitar un comercio de similares características”.

 Nota Opinión  Por Daniel Bilotta

  Todo concluye

  Lo primero que pensé es en no aceptarlo por cierto a menos de verlo primero con mis propios ojos. Y así fue. Me sumé a un modesto lote de incrédulos que buscó entre las sombras del local a oscuras una mejor respuesta que la restrictiva ofrecida por un letrero improvisado pero prolijo.

 Quise por un momento que de la nada la oración se concretase con sujeto tácito: “por duelo.” No tuve malos deseos con nadie del lugar. Al revés, la esperanza de que después de ese lapso, rostros anónimos pero amistosos sin necesidad de nombre y apellido, estado civil o profesión volviesen a cruzarse conmigo.

 En la adolescencia “Trote” era un templo de pudientes. Con mis compañeros del ahora envejecido y abandonado Colegio Nacional parábamos en “Riviera”, más económico para nuestros bolsillos de lunes a viernes. “Trote” era un lujo para el fin de semana. Terminaba en un paredón que años después se derribó para prolongar la galería comercial y darle el atractivo de nexo con aire libre entre las calles Esteban Adrogué y Bartolomé Mitre.

 Paseo obligado, clásico, del sábado al mediodía para familias enteras que ocuparon hasta hace unos días sus mesas exteriores para compartir un tradicional aperitivo, el almuerzo o apenas un simple café.

 Cuando el diálogo cara a cara muere en la telaraña de las redes tecnológicas, fue una despedida que rompe con el mito de que ningún secreto puede ser guardado fuera de ellas. Los semblantes de ningún mozo o personal detrás de la barra permitió atisbar semejante decisión.

 Mientras escribo pienso en ellos. ¿Volverán a sus puestos con eventuales nuevos dueños a lucir el moño en la camisa o a vestirse íntegramente de negro y con delantal?

 Como sea, ya nada será igual pues está escrito un antes y un después. Salvo excepciones, que sirven para confirmar ciertas reglas, se sabe que segundas partes no suelen ser muy buenas.

 Recuerdo la estrofa de una canción de “Vox Dei” entonada alguna tardecita ahí, mientras nos despedíamos de la secundaria: Todo concluye al fin/ nada puede escapar./ Todo tiene un final./ Todo termina.

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