Mientras Horacio Tavares, del Centro de Salud Mental Vínculos, alerta sobre la sobreoferta que producen las 300 bocas de expendio de sustancias, desde el Centro de Día La Casa apuntan a proteger a la infancia y dar sentido a la vida.
Para Marcela Lapenna, del Centro de Día de la Asociación Chicos, la situación relatada más arriba "es una escena que está naturalizada". Y aclaró que no está solo en los barrios. En ese sentido, planteó que "consumir no es una travesura de chicos; es devastador para ellos. Algo debiera motivar a la acción sobre esas escenas". E instó a trabajar en la prevención: "Hace falta contrarrestar los efectos de que nada importa, con un trabajo muy cercano a las familias. Hay que apuntar a lo que da sentido a la existencia de alguien, y sobre esto no hay mucho trabajo. Hay muchas acciones espasmódicas a las que se sale a responder más por reclamos vinculados a la inseguridad, que por políticas de prevención al derecho a la salud y a la atención integral de estos niños", dijo.
Al mismo tiempo, lamentó que "llega un punto de convencimiento en el que se dice 'no hay más nada que hacer' y contra esto hay que luchar, porque hay mucho por hacer. Si nos ponemos a trabajar hay efecto en los chicos, pero hace falta una llegada cercana y que se sientan convocados". Y fue más allá: "Fallamos con que no haya un modo claro para que quienes quieran colaborar sepan dónde o con quién comunicarse. Cuando uno ve una escena necesita saber a quién acudir. La gente desiste de hacer algo. Hay que saber que siempre es posible acercarse a un niño. Pero desde el estado hay que ser lo más amigable y claro posible".
Frente al flagelo, Lapenna aseguró: "Los chicos que podemos ver aspirando poxi o consumiendo alguna otra sustancia, no son chicos que no conozcan las instituciones. Pero en ningún lugar pudieron enlazarlos lo suficiente. El estado tiene que disponer todos los fondos necesarios. No podemos decir que un chico de siete u ocho años tiene derecho a elegir eso que hace".
Por su parte, Danielli, quien recordó que los casos graves de consumo de niños y adolescente se trabajan desde el Ministerio de Desarrollo Social de la provincia; aseguró que el municipio trabaja en diferentes estrategias, siempre "con singularidad" y sobre variables. "Cuando es necesario introducimos la figura de un acompañante terapéutico. Son cuestiones que llevan mucho tiempo. Son raras las situaciones en las que el problema es solo el consumo y en los que uno tiene que lograr que el chico pare de consumir; se trabajan un montón de otras cuestiones y buscamos acompañarlos, según cómo cada chico es. Requiere un engranaje de muchísimos recursos", advirtió.
Ignacio Gómez, en tanto, señaló que "a los centros de salud llegan adolecentes, y chicos en edades más tempranas, con problemas de adicciones. Hace unos cinco o seis años había más situaciones con pegamento, pero hoy está más generalizado el uso y abuso de psicofármacos". Y aclaró que frente al aumento de casos, "desde los ochenta centros de salud en Rosario se fue acompañando la cuestión para ir a la par de la realidad. Tenemos equipos de psicólogos y psiquiatras que trabajan sobre los casos".
Danielli coincide con que "hay mucha variedad en las sustancias de consumo. Hubo una época en la que el poxi era lo que más aparecía, después predominaron las pastillas mezcladas con alcohol, pero en este momento no hay exclusividad. Nos impacta (no porque haya más, sino porque es nueva) la variedad `alita de mosca' de la cocaína, que tiene efectos diferentes, con alucinaciones y delirio, sin llegar a la psicosis. Con esto, aparecen síntomas nuevos. Si bien se vendía como una droga de mejor calidad que la cocaína, no es así. Lo chicos piden ayuda antes porque los asusta y les genera algo que no es puro placer. Arrancó como algo difícil de acceder y pasó a ser sumamente accesible", dijo.
Al mismo tiempo, la funcionaria de Salud Mental aclaró que "el consumo atraviesa a todas las clases sociales y a todas las edades. Nadie está exento de este atravesamiento cultural". Y aseguró que los tratamientos son "difíciles de llevar adelante. Hay una cultura en la que parece que todas las personas que consumen fueran adictas y la mejor respuesta es encerarlos o internarlos; pero hay que sacudir ese imaginario. Hay dos leyes --la de Derecho del Paciente y la de Salud Mental-- que apuntan a que no se puede obligar a nadie a hacer un tratamiento, salvo que esté en riesgo su vida. Por eso buscamos mejorar la calidad de vida. El problema no se resuelve en el encierro; porque el único problema del que consume no es el consumo".
Desde este año, la Municipalidad busca nuevas estrategias para atraer a jóvenes en los barrios, a partir de los centros de convivencia barrial donde se ofrezcan capacitaciones y actividades. La idea es trabajar en conjunto con los centros de salud.
Para Tavares, en tanto, una de las causas de que no haya crecido el consumo de pegamento puede deberse a que "hay cerca de 300 bocas de expendio de diferentes sustancias. A mayor sobreoferta más consumidores", evaluó.
Y aseguró: "En este momento, la cultura narco viene de avance. Se expresa en lugares educativos, los docentes dicen que hay un aumento constante no sólo del consumo. Como estrategia de supervivencia, muchas familias empiezan a legalizar que un hijo tenga determinado trabajo. Siempre los consumos masivos han favorecido los intereses más oscuros".
Para el psicólogo, "la sociedad es responsable. Cayó la función paterna. Necesidades básicas elementales de los chicos no son cubiertas, y no hablo de elementos materiales: hay pibes que se crían en familias con recursos, pero sin afecto. Hay indigencia simbólica y desamparo afectivo", lamentó.
Comentá la nota