El cerrajero Javier Dziubonovski: “Hoy, el que no trabaja es porque no quiere trabajar”

El cerrajero Javier Dziubonovski: “Hoy, el que no trabaja es porque no quiere trabajar”
El cerrajero Javier Dziubonovski siguió los pasos de su padre y encontró la clave para vivir y disfrutar. A los 35 años, recordó la situación económica y social de 2001 y las posibilidades que se presentan hoy en un oficio que siempre genera nuevos clientes.

“Mi viejo me enseñó que es preferible hacer tres trabajos de 100 pesos a querer hacer uno de 300 pesos, porque me llamás una vez y después no me llamás más”, la definición es del cerrajero Javier Miguel Dziubonovski que tiene su local en calle Concordia, a metros de Perú, en un barrio céntrico de la capital provincial.

Uno de los motivos que lo llevó a elegir a Paraná para vivir fue porque “la gente todavía puede sentarse a tomar mate en la vereda”; el otro, quizás el fundamental, es porque siempre, desde chico disfrutó del río Paraná. Tanto que de grande decidió radicarse cerca del gigante marrón y ganarse la vida con el oficio que heredó de su papá.

La historia es así: a los 18 años comenzó a trabajar como cerrajero acompañando a su papá, que había aprendido el oficio apenas llegó de Ucrania. Después Miguel se casó con Blanca y vivieron en el sur del Gran Buenos Aires. Como Blanca era de Paraná por 2003 se vinieron para la capital provincial.

Javier se quedó trabajando entre Quilmes y Berazategui hasta que hace casi tres años siguió los pasos de sus padres.

“Tenía lo que quería, allá ganaba tres veces más de lo que gano acá pero ¿de qué te sirve la plata si te falta la familia?”, explicó mientras reconoció que los del interior se van a Buenos Aires a buscar trabajo y él estaba haciendo el camino inverso. “Ustedes están locos, cómo se van ir para allá. Acá hay otros ritmos”, le respondía a los que siempre idealizan la realidad de Buenos Aires.

Además en Paraná encontró la posibilidad de ganar un sueldo básico y siendo su propio patrón. Le da mucha importancia a poder trabajar con sus propios horarios y evitar estar encerrado en una fábrica.

Desde que está en la ciudad puede acceder a una lancha para andar en el río y un coche para la ciudad. “Algunos me preguntan cómo hago. Es fácil, ando con alpargatas de 50 mangos. Yo veo que la gente se compra zapatillas de 800 mangos o unos jeans de 500 pesos. A ellos les pregunto cómo hacen”, describió sobre su manera de ver la vida.

En cierta forma da la sensación de que todo lo que hace es para estar cerca del río: “Es como la música, me cambia el estado de ánimo, si estás bajoneado te vas al río y si bien no se te van a ir los problemas podés verlos desde otro lado”.

Claro que el camino fue arduo, como al igual que el de muchos argentinos de su generación. Después del estallido económico y social de 2001 reconoció que durante un par de semana la única comida fue una polenta condimentada con nada.

“Con vergüenza tuve que ir a pedir una taza de azúcar a un amigo para un mate cocido”, recordó, pero sale rápido de la mala aclarando que la situación es bien diferente: “Hoy por hoy el que no trabaja es porque que no quiere”. Y advirtió que todo se basa en el esfuerzo y en la responsabilidad de estar disponible para cuando se presente el trabajo.

Los precios tienen bastante que ver con la ubicación

“Laburo las 24 horas y te aseguro que no te voy a matar. Estoy cobrando un 20% menos porque laburo solo. Estoy cobrando por una llave 17 pesos, las aperturas de puertas trabadas la cobro 80 pesos. La apertura de una puerta sin llave la cobro 140 pesos”, explicó Javier sobre los precios que tiene en un mercado desregulado en donde la ubicación del local tiene mucho que ver.

La ecuación es fácil: cerca del centro más caro, en los barrios más barato.

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