Está imputado en el crimen de un Champú. Su esposa se separó de él y también dejó el barrio.
El final parecía anunciado: el ferretero dejó Cuenca XV. Los tiros en las paredes y ventanas son testigos del calvario. La resistencia duró seis meses. Lejos de su casa, de su hija y separado, Damián Piñel reflexionó con una mezcla de dolor, bronca y resignación: “Uno trabaja y trabaja para tener sus cosas y al final tienen más derechos los delincuentes que uno”. El comerciante está acusado del homicidio de un adolescente de 16 años y de lesiones graves a otro de 21, ambos integrantes de la banda de los Champú con los que se tiroteó.
Piñel contó a LU5 que fue uno de los primeros en llegar al barrio. En una de las esquinas, la que da al zanjón, tenía 87 cajones con abejas, hasta que una epidemia lo dejó sin nada. Con un plan trabajar de 600 pesos y 200 más prestados arrancó con algunos clavos y un par de chapas. El esfuerzo diario de más de 12 horas de trabajo dio sus frutos.
Las cosas se complicaron durante una madrugada de octubre. Después de un tiroteo, los Champú pretendían que auxilie a un pibe herido. Decir no le cambió la vida. Cansado de las amenazas constantes y los disparos diarios, en la tarde del 25 de diciembre, con una 9 milímetros respondió a uno de los ataques con el resultado conocido: un adolescente de 16 años muerto y otro de 21 herido.
En el exilio, Piñel contó que vive “en el patio de una casa en una carpa”. Además, cuestionó: “Por decisión del juez no me puedo acercar a 400 metros”, al tiempo que se lamentó porque hace más de un mes que no ve a su hija.
Esta situación de estrés permanente también generó que su pareja lo dejara.
Mientras espera un comprador para su casa -todos los interesados le dicen “después te llamo”-, hoy sólo queda su hermano para resguardar la propiedad. La mercadería la sacaron el viernes, fecha que había fijado la Justicia para que termine la custodia policial del domicilio.
Carolina, la ex del ferretero
”No se puede vivir más así”
Un disparo que entró por la ventana fue motivo suficiente para pedir custodia permanente. Pero la Justicia la ordenó sólo por un mes. Entonces el final estaba cerca: la esposa del ferretero, Carolina, decidió cerrar el negocio e irse. También dejar atrás el padecimiento, agravados desde aquella tarde de la pasada Navidad.
“No se puede vivir más así. Tenía que dormir rodeada de matafuegos, por las amenazas de incendios. El tiro que entró por la ventana me pasó muy cerca. No quiero que me maten cuando salgo de mi casa para dejar la nena”, contó la mujer a LM Neuquén.
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