Tras los penales, la alegría en el monumento.
Bastó con que Maxi Rodríguez convirtiera el último penal para que el centro quedara teñido de celeste y blanco. Una vez más: como con Diego en el ‘86, como antes de la final del ‘90, el corazón de la ciudad estuvo desbordado por familias que cumplieron con el rito, de a ratos desmesurado, ensordecedor, pero siempre feliz, de arroparse con la bandera y cantar codo a codo. Fue en un Día de la Independencia que también fue el día de Chiquito Romero.
Las estimaciones dicen que hubo unas 10.000 personas junto al Monumento a San Martín, el epicentro de los abrazos, las sonrisas, las fotos y filmaciones con celulares. Todos quisieron inmortalizar en imágenes el pospartido de ayer.
Andar en auto cerca de este punto de la ciudad fue casi imposible. Cerca de las 20.30, filas interminables de vehículos se movían a paso de hombre, incluso a cinco cuadras del municipio. No importó demasiado, porque lo importante era festejar, y los conductores (y los tripulantes) improvisaron pequeñas celebraciones en cada esquina, en cada cuadra.
En el centro, un operativo cerrojo de la Policía, que incluyó a 300 hombres, hizo lo suyo. Por momentos los efectivos revisaron a los “sospechosos” de portar alguna bebida. Una gran bandera argentina que copaba la fachada frontal de la comuna fue una postal de fondo para los hinchas que, una vez más, se acordaron del archirrival, el anfitrión de este mundial: “Brasil, decime qué se siente...”, agregando “Vamos, vamos, Argentina”, “Vení, vení, cantá conmigo”. La andanada de “hits” sonó con el trasfondo de bombos, cornetas y gritos, con algunos buenos muchachos colgados de los árboles, o de la plataforma del mástil de la plazoleta Cibeles, cuyos rezos imploraban para que la noche no terminara, degustando una y otra vez la ronda de penales.
Fue un festejo como hacía tiempo no se veía en el centro. Un chico (con gorro de arlequín celeste y blanco, remera ídem, sonrisa en toda la cara) reflexionó sobre la tanta alegría alrededor suyo. “Y si ganamos el domingo, ¿entonces qué?”, se preguntó. La noche ya era todos los abrazos que cabían en ella.
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