El 4 de noviembre todo era resignación. Ni espacio para el desborde había. Una aceptación cruda de la realidad de entonces parecía augurar que nuevamente Rosario Central había...
El 4 de diciembre, en cambio, todo se tiñó de color esperanza. Un mes después, justo, ni un día más ni un día menos, los rostros cambiaron. Los rictus desaparecieron. La ilusión volvió a encenderse como no pasaba desde las últimas fechas del campeonato pasado. En una reacción de Ripley, que demandó 5 partidos, Central pasó al 3º lugar de la tabla de posiciones y tiene la posibilidad del ascenso al alcance de la mano. El equipo parece otro. En realidad, es otro. Dio un salto cualitativo y Miguel Angel Russo al fin parece haberle encontrado la vuelta. Precisamente, en la decisión, en la hasta tozudez del técnico que nunca dejó de creer, hay que encontrar la razón principal de esta levantada.
Y no es exagerado decirlo. Ningún otro técnico que no se llame Russo podría haber soportado semejante ecuación adversa en el primer tercio del campeonato, que colocó a Central en el peor escalón futbolístico de su historia. Ninguno hubiera resistido el 1-3 ante Douglas Haig en el Gigante. Tampoco ese 1-1 mencionado con Ferro en Arroyito. Las espaldas de uno de los entrenadores más queridos de todos los tiempos hizo posible capear el temporal y tener una nueva oportunidad. Que fue en Florencio Varela, donde comenzó esta magnífica seguidilla de victorias que hicieron posible semejante salto.
Pero no sólo fueron las espaldas de Russo las que mantuvieron a flote este barco. El técnico buscó y buscó, no le tembló el pulso para excluir ni para reposicionar jugadores. Y fue acertando con los momentos de cada uno, donde los puestos se los fueron ganando los jugadores de la casa y mucho menos los que llegaron como refuerzos.
Hay tres claros ejemplos de ello. Uno, Fernando Coniglio, al que Omar Palma hizo emerger y Juan Pizzi desterrar. Aunque el 9 precisa apuntalarse, ya mostró más que Héctor Bracamonte y que Javier Toledo como para merecer la continuidad. El otro es Rafael Delgado. Un jugador de indiscutibles cualidades técnicas, pero al que sin embargo siempre le costó usar la cabeza para jugar más en función de equipo. Tanto, que Russo le dio la titularidad en el primer partido ante Sarmiento y luego de su grosero error en el gol de la derrota, lo excluyó hasta que volvió a aparecer ante Ferro luego del affaire con Javier Yacuzzi. Y parece que todo ese tiempo afuera le hizo entender algunas cosas. Se lo ve un jugador mucho más profesional y por ese camino el lateral izquierdo será suyo.
Y finalmente, el último ejemplo es el de Federico Carrizo, otro jugador espejo a Delgado. Nunca pareció entender eso de poner sus muchas cualidades al servicio del conjunto y Russo lo puso en la senda. Claro que, inteligentemente, es Diego Lagos (hoy, junto a Caranta, los mejores refuerzos que llegaron) el que empieza el partido y hace el desgaste, y luego el técnico le cambia el chip al ataque auriazul con un jugador menos previsible en eso de usar la banda izquierda y que desarticula a la defensa rival con la diagonal.
Se podría incluir a Hernán Encina entre los que dieron el salto, apropiándose de la banda derecha que Pablo Becker no pudo conservar por lesión y Gagliardi por defecto propio. Nery Domínguez no cuadra en ese momento del click, porque ya desde el vamos desplazó al uruguayo Freitas del puesto de 5. Y también es válido apuntar que al final Valentini siempre gana la pulseada en la zaga, en este caso sobre otro que llegó: Casteglione.
Este enorme salto de calidad que Central dio en apenas un mes tiene sin dudas el sello de su técnico. Que supo tener la paciencia que ya no tenían los hinchas pero que tampoco se quedó por quedar. Siempre expresó su confianza en este plantel, siempre creyó que en algún momento iba a explotar y lo hizo. Falta mucho por recorrer pero, sin dudas, el mérito mayor de este antes y después que cambió en 30 días, es de Russo.

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