Demasiados contratiempos en un solo partido. Un arranque nublado, dos goles en contra, las lesiones de Caranta y Toledo, la quinta amarilla de Valentini y un arbitraje desastrozo de Delfino.
La igualdad fue premio y castigo para un equipo que mostró mucho coraje en el segundo tiempo para tratar de torcerle el brazo a la mala suerte. Pero que careció de razones futbolísticas suficientes para aspirar a algo más. Central fue pura voluntad para seguir escribiendo su increíble historia de recomposición, pero sus pecados, y una primera etapa muy liviana, lo condenaron a una parda que cortó sus rachas y frenó su envión.
En el inicio del partido Central recibió un duro golpe que dejó efectos traumáticos inmediatos. Un grosero error en la zaga canalla tras un lanzamiento lejano y frontal dejó a Bou solo en el área, que anticipó a Caranta, dio en el palo y el rebote pegó en Valentini y se metió adentro. Fue un shock tempranero y perturbador que dejó secuelas palpables.
El local quedó aturdido en la cancha y se llenó de imprecisiones. Así estuvo confundido, no conseguía hilvanar acciones interesantes de juego y desnudaba algunas vacilaciones desconocidas.
Atrás no había garantías, Peppino sólo transmitía más nervios y hasta Domínguez estuvo errático y desconectado. Evidentemente, el gol bahiense provocó una conmoción que se expresó en desprolijidades en el campo de juego.
Del otro lado, Olimpo aprovechaba la ventaja inicial, se apoyaba en una receta ordenada y práctica para llenar de ansiedad a su rival y trataba de contestar rápido cuando recuperaba la pelota a través de Bou y Sánchez Sotelo. Así se verificó un trámite deslucido, pero emocionante, sobre todo en el último cuarto.
En el complemento, apareció la garra auriazul para plantarse con autoridad, mostrar los dientes y buscar otro partido, al menos desde lo actitudinal. A los 50’ Valentini se sacó la espina e igualó de cabeza tras un tiro libre desde la izquierda. Fue un tremendo grito de desahogo que parecía augurar un cambio de rumbo. A partir de ahí, Central creció con los aportes de Méndez y Encina, y las corridas eléctricas de Medina.
Desde ese espíritu de búsqueda inclaudicable, llegó el desborde de Delgado y el cabezazo de Toledo que se transformó en el segundo tanto del local y en una montaña arriba del nueve auriazul. Fue un festejo con ingredientes mezclados en el corazón del área aurinegra.
Y cuando parecía que una nueva fiesta se instalaba en el Gigante, llegó el tiro libre desde la mitad de la cancha y el desgraciado cabezazo atrás de Delgado que estableció la chapa de un empate agitado para un partido con mucha adrenalina y demasiados infortunios.
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