“Nada más desconcertante que conquistar lo que se desea”, solía repetir un famoso filósofo europeo. Pues bien, ya alcanzada, la igualdad supone una enseñanza fundamental que a muchos les cuesta metabolizar: “Nadie es mejor que otro”.
Estemos de acuerdo o no con la causa que enarbolan, aquellas personas que son discriminadas por la comunidad en la que viven tienen que ser doblemente escuchadas.
Se trata de un compromiso moral que nos hace crecer como seres humanos. Desde mi óptica personal, su voz pesa más que la de cualquier otro que no atraviesa esa situación de injusticia, y está por encima de nuestras creencias o posiciones individuales.
Asumir nuestras
responsabilidades
Ahora bien, cuando desaparece el problema de base (en este caso la imposibilidad de contraer matrimonio), todos debemos sentirnos obligados a asumir nuestras responsabilidades sin escudarnos en diferencias que ya no existen, ni seguir repitiendo argumentos que eran válidos para la situación previa a la aprobación de la ley de matrimonio igualitario y que ahora, en el nuevo orden de cosas, sólo pueden ser ventiladas si hay mala intención o necesidad de respaldar un comportamiento ético cuestionable que se busca enmascarar (coartar la libertad de expresión, por ejemplo); igualdad en el más amplio de los sentidos, ese es el planteo legal y no otro. Porque la ley dice que somos iguales, no mejores que los demás ni más interesantes ni superiores en ningún sentido.
Todos tienen derecho;
la prensa libre también
Cualquier pareja que se casa tiene derecho a vender una entrevista o cerrar un acuerdo con un medio determinado a cambio de un beneficio económico o un canje en particular. Uno puede discutir si está bien o no dejarse pagar una fiesta de bodas (o pagarla; algo que ningún medio periodístico serio, a menos que sea de espectáculos, haría), lo que no puede hacer es entorpecer el trabajo de la prensa libre, ya que en ese caso estaría violando otras leyes cruciales desde el punto de vista social: el derecho a informarse de los ciudadanos con los que se convive, y la posibilidad de sacar fotos en lugares públicos a personas que sean mayores de edad; libertad sin la cual el periodismo se reduce a una compra - venta de noticias que traigan lectores o suban el rating: show, que le dicen.
Publicitar un acto
privado a cambio
se vituallas
Yo no vendería mi casamiento (calculo que tampoco hubiese encontrado interesados en comprarlo), prefiero compartir un vino de mesa con la familia a publicitar un acto privado a cambio de vituallas; de todas formas, entiendo que haya gente que necesite hacerlo y los respeto.
De igual manera soy comprensivo ante los medios que hacen cualquier acuerdo o transacción con tal de intentar vender una tapa más, o subir unos cuantos pocos puntos de rating. La calle está dura. Eso sí, reclamo mi derecho a recordarles que hay que estar a la altura de las circunstancias y evitar escudarse en discriminaciones que ya no existen, o sacar chapa de víctimas para distraer la atención. Hay que hacerlo por uno mismo, pero particularmente por toda la gente que dio su vida para alcanzar ese objetivo que hoy parecería venderse livianamente a precio de fiesta; gente que no tuvo la oportunidad ni el deseo de lucrar con una lucha que, repito, se adapte o no a nuestras creencias o formas de ver el mundo, hoy tiene categoría de ley.
Fue muy difícil el viernes cubrir el matrimonio igualitario que se celebró en Junín. Los propios involucrados permitieron que así fuera al negarse a ser entrevistados y algunos allegados suyos impidieron el trabajo de parte de la prensa local, aunque hoy traten de cambiar el orden de las cosas que ellos mismos impusieron con afirmaciones, de mínima, llamativas.
LA VERDAD, abierta
a todas las voces
¿Por qué negarse a hablar con el diario más leído de la región entonces? Tampoco fuimos nosotros quienes hablamos de ventas o exclusividades con otros medios, sino el propio entorno de la pareja que intentó sacarnos del lugar utilizando esos argumentos y tratando de impedir que tomáramos fotos.
Cueste lo que cueste, al menos mientras quien escribe sea director, LA VERDAD está y estará abierta a todas las voces, sin ningún tipo de distinción de raza, credo, color, creencia u orientación.
Claro que el concepto “costar” no incluye una sidra y cuatro sándwiches, sino la intención sana de personas que están dispuestas a escucharse dejando de lado las trampas y mezquindades. De lo contrario estaríamos haciendo comercio, no periodismo.
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