Fue fiscal, juez y ahora, en el rol de abogado, goza de un prestigio que muchos envidian y otros cuestionan. Dice que el hombre es muy diferente al profesional que la mayoría conoce en los juicios orales.
- ¿Cómo decidió ser abogado?
- Provengo de una familia humilde, de padres muy laburadores en 9 de Julio. Son autóctonos de allí. Tengo un hermano en esa ciudad que es médico cirujano. Mis padres se casaron jóvenes, 23 y 24 años, y se fueron a Berisso. Mi padre fue un muy buen jugador de pelota a paleta; eso quiere decir que le gustaba la noche (sonríe). Nosotros crecimos en un barrio hermoso: El Mondongo, a dos cuadras de la cancha del “Lobo”, en La Plata.
Los comienzos
“Me nombran fiscal acá en Junín, donde estuve un año y medio haciendo buena letra. Pero la idea era volver allá (a La Plata). Se casa mi hermano y se viene a vivir a esta ciudad. Luego, con 27 años, me llevan a Morón. A los 33 años ya era juez penal. A los 37 me nombran acá en Junín en la Cámara Penal con (Carlos) Berasategui y Lucero. Después, entre el 82 y el 83, salgo a trabajar en la profesión”.
- ¿Vuelve a menudo a La Plata?
- Voy a La Plata pero no puedo superar la angustia que me significa volver a mi barrio. La última vez que fui -hace unos cinco o seis años- bajé del taxi, giré, miré, pero no pude caminar directamente. Le golpeé al tachero en el techo del auto y le dije “llevame”. Pero la anécdota no terminó ahí. Al taxista le pasó lo mismo y terminamos abrazados.
- ¿Cómo fue la primera vez que saliste a trabajar en la profesión?. De la primera persona que defendiste...
La tengo tan presente. Yo tenía 25 años, y en La Plata, en la calle 8, que es como el Once de Buenos Aires, lleno de gente que hace de la moneda su leit motiv. Agarramos al turco Alari, que creo ya debe estar muerto porque hace cuarenta años atrás de esto. Nos da un documento para cobrar. Recién salíamos de la facultad y técnicamente éramos unos tontos. Le hacemos el juicio ejecutivo a un pobre tipo por lo que serían unos 300 australes en varios documentos. Una platita... Llegamos no sé a qué dirección, al ‘c…’ del mundo. Era un rancho, cuatro chapas, con el infaltable televisor. Tener en ese entonces uno de esos aparatos ahí era ‘status’. Llegamos con el oficial de Justicia, sale el tipo, le explicamos el motivo de la visita, lo entiende a duras penas y nos hace pasar. Adentro había cuatro o cinco camastros con criaturas con las clásicas ‘velitas’, piso de tierra y el TV, una cocina, una doña embarazada, ropa colgada por todos lados. Un olor irrespirable. Salimos y el oficial de servicio se da cuenta que yo me acongojo con esto. Otro abogado que me acompañaba me dice ‘¿qué hacemos, seguimos?, porque lo único que hay para embargar es el televisor’.
‘Mire, voy a hacer un juramento y espero cumplirlo por el resto de mi vida’, le contesté. Nunca más le voy a embargar nada a nadie. Terminó la diligencia, le devolvimos al turco Alari los documentos y jamás, jamás embargué nada a nadie. Este fue mi primer contacto con la realidad”.
- ¿Ese contacto digitó de alguna manera tu carrera. Hubo casi una lectura ética...?
- Profesionalmente sí. Muchas veces el sentido común me salvó la vida. Me dije: ‘por acá no’, porque si sigo me van a matar a tiros. A partir de entonces empiezo a dedicarme a lo penal. Es hermoso, emocionante. Porque de la forma en que se trabaje depende lo que uno espera y las satisfacciones que da. Porque para mí el Derecho Penal es la barrera contra el Estado. Soy alguien que ama la libertad en todas sus expresiones posibles. Libre como los pájaros.
- Ya en lo Penal, ¿cuál fue el primer caso que tomó?
- Un chileno, Odorico Gabriel Jaramatus. Lo defiendo siendo defensor de Pobres y Ausentes. Era un paisano que trabajaba todo el día. Al lado tenía a una negra salvaje, pretenciosa de baratijas, y como tal “la salía a buscar”. Jara mientras tanto laburaba en el taller. La veía como llegaba, día a día. Hasta que una vez agarró una madera que tenía un clavo y la mató a golpes.
Va preso y yo lo defiendo. Esbozo un estado de emoción violenta y salió libre por esto, justo a fin de año. Cuando el 1º de febrero llego a Tribunales después de la feria, veo a un tipo sentado. Se para cuando me ve: era el chileno. Indescriptible la alegría de él y la mía. Esto ocurrió en Morón.
Mis mayores satisfacciones en juicios orales han sido, uno por dos patos, cuando uno salió en libertad por un homicidio; y he cobrado honorarios también donde no he tenido la misma satisfacción que buscaba.
- ¿Cómo combina este gusto por la libertad con lo que está pasando hoy, que la sociedad quiere que se condene?
- El derecho a la libertad es filosófico, y el derecho a la seguridad es un problema de criminología y de momentos políticos determinados. No siempre vamos a tener esta inseguridad, pero siempre vamos a tener el tema de la libertad. Esto no se arregla con mano dura, ni mayor pena. La evidente tensión que existe entre el garantismo, bien entendido, y la defensa de la sociedad estará siempre presente. El problema es encontrar el medio. Para esto tiene que haber políticas de Estado, un trabajo interministerial donde intervenga también el Ministerio de Educación.
- Volviendo al caso del chileno, por un lado, la alegría del hombre que sale; por otro, la bronca que podrían tener los familiares de la mujer muerta. ¿Cómo vivís esa dualidad?
- Me aferro mucho a lo que obtuve. Es tan importante el resultado que se logró, que oscurece a todo lo demás. Yo soy como el médico cirujano. Voy, opero y me retiro. Puedo hacer una defensa perfecta siendo vos un mal tipo, y la misma siendo una muy buena persona. Te puedo sacar en libertad mintiéndome o diciéndome la verdad.
- ¿Dónde está la diferencia entonces?
- En el conocimiento. Pero me siento más cómodo tomando el caso del acusado que como representante de la familia de la víctima. Soy defensor, me paro en la defensa de la libertad. Soy respetuoso por el dolor de la víctima, pero mucho más por la libertad de la persona sometida a proceso.
- ¿Por qué no pudiste hacer lo mismo con el caso del embargo del televisor; si en vez de haberte tocado un embargo en esa casa hubiese sido un asesinato, tu carrera habría sido distinta?
- Cuando fui por el aparato de TV tenía escasos 27 años, era un chico imberbe que actuaba más por impulso que por la razón. Quién sabe, cosas del destino. En casa tengo un diario original que es de agosto de 1930: “El Porvenir” de 9 de Julio. Papá tenía 11 hermanos, 5 mujeres y 6 varones. Uno de ellos estaba peleado con el hijo de un médico de French. Se pelearon en la calle, el hijo del médico le pega con una manopla de hierro en la cabeza, mi tío andaba armado, el otro también, se produjo un tiroteo y mi tío lo mató. Estuvo preso 29 días. El comisario era un poco el juez y el intendeºnte. Eso le costó una fortuna a mi abuelo y marcó a la familia de mi padre, que en ese momento tenía 11 años y le gritaban asesino en la calle.
Algunos creen encontrar en eso algo de ...“por qué vos”...
- La gente sabe que sos un profesional reconocido. ¿Nunca te pesa la imagen de los otros, que pueden pensar que sacaste en libertad a ese que violó o mató...?
- No puedo decir que es una cucarda que me digan eso, pero me tiene sin cuidado. No es un exceso de pedantería. Yo también conozco mis limitaciones.
- ¿Cuál fue el caso más ‘bestial’ en cuanto a hecho, personaje, que hayas defendido. Tu caso paradigmático?
- El hecho paradigmático mío fue el de Cieri y Pérez, relacionado con la violación de una sordomuda, un caso que dividió a Junín en dos. Cuando tomo el caso, los acusados eran chicos de familias humildes: uno estaba en San Luis fugado, y el otro en el Gran Buenos Aires. Primero los quería conocer y después veía qué hacía. Viajé a San Luis y al Gran Buenos Aires. Acá en Juním se hacían marchas, manifestaciones, la ciudad era un verdadero despelote todos los días. Asumí la defensa de los chicos. A veces en lo Penal hay decisiones profesionales que no tienen grises. Todo un drama de parte de la mujer muda; de parte de los padres de los chicos, y yo en el medio, pero con reglas claras. Los presenté, interpuse un habeas corpus y salieron en libertad. Junín era un volcán. La Cámara, cuando presenté el habeas corpus, dijo que “deberá examinarse psiquiátricamente a la mujer, a los efectos si pudo comprender o no el acto que estaba realizando. Armo un equipo interdisciplinario de trabajo muy bueno. A las primeras reuniones, la chica contó lo que había pasado. Era lo que yo sostenía. Ella consintió las cosas como fueron. Eso significó la absolución de los muchachos, la Corte confirmó la resolución. Pero para llegar a esto significó un enorme desgaste. Recibía amenazas por teléfono. Pero estoy acostumbrado. Porque no podés hacer esto pensando que te van a amenazar.
- ¿Cómo actúa cuando se trata de delitos contra menores?
- He tenido casos de violaciones a menores, pero estoy decidido a no tomarlos más. Desde el punto de vista de la defensa es muy difícil enfrentar a una criatura declarando y no conmoverte y no ponerte, aunque sea de manera inconsciente, de ese lado.
- En el Fuero Penal, ¿se puede estar seguro, sentirse tranquilo en la Argentina que uno va a tener una buena justicia?
- Contesto con una reflexión. Es como los carteles de la gente pidiendo justicia. Son hipócritas. La gente no pide justicia sino venganza. ¿Que lo condenen? Eso no es justicia sino una salvajada. Si recurrís a la Justicia, vas hacia un sistema que supone absolución o condena. Ahora si decís juicio y castigo le quitas a la Justicia su carácter universal.
- ¿Pero se puede sentir tranquilo con la Justicia un ciudadano común que comete un hecho? ¿Hay seguridad jurídica?
- Sí. Se magnifican los errores y los aciertos se ningunean o se desconocen. Son muchos los aciertos. Hay reclamos justos y reclamos no auténticos.
- ¿Qué le hace falta, a veces, a lo estrictamente legal?
- Sentido común. Mis mayores errores como juez, que los tuve y creo haberlos subsanado, fueron cuando fui del libro al caso, y no al revés.
- Bajo determinadas circunstancias, ¿cualquiera de nosotros puede ser un criminal?
- Totalmente. Sobre todo por la afectación de un ser querido. Uno no sabe cómo puede reaccionar. Está en la misma naturaleza humana.
- ¿Por qué esto de que cualquiera podemos ser potenciales asesinos o ladrones está tan tapado?
- Hay una resistencia a eso. Es como pensarse muerto. Cuando más se asciende en la escala social más resistencia. Yo he aprendido mucho de las personas que he defendido. Aprendí desde la carencia.
- Si potencialmente podemos ser criminales y nos negamos a esto, porque es un bien tan primario como verse muerto, para la mayoría es muy difícil entonces entender a la Justicia, entonces.
- Es uno de los grandes temas encontrar la justa sanción a un hecho.
- ¿Sos un tipo de soñar mucho? ¿Tenés algún sueño recurrente?
- No. En un tiempo soñaba con mucha violencia. Pero ahora no. Con pavadas, cosas cotidianas.
- ¿Cuando soñabas con violencia te despertabas?
- No. Por qué me preguntas eso?
- Curiosidad. Tengo la impresión de que para hacer lo que hacés no sos un tipo tibio.
- No soy violento. No peleo por un problema de tipo telefónico, un semáforo, una pavada. Yo preferiría no emplear la palabra violencia. Soy otro tipo cuando estoy en un debate, por ejemplo.
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