Punto de vista. Por Julio Burdman - director del Observatorio Electoral Latinoamericano.
Para no desesperar, otras teorías han buscado sentidos al voto: que la gente elige por pertenencia a una determinada clase social, de acuerdo a su percepción de la situación económica, como resultado de (la persuasión de) las campañas publicitarias. Más sofisticados, está el "voto estratégico" de quienes convierten a la elección en una táctica hacia otro objetivo (por ejemplo; impedir que gane otro, o favorecer el ingreso de un tercero a un ballotage). Pero ninguna de estas teorías llega a explicar, por sí sola, toda la cuestión: los motivos del votante son de lo más diversos. Lo que sí sabemos, con certeza, es que el votante ideal que describíamos en el primer párrafo, hoy casi no existe. Ello explica, en buena medida, por qué los partidos políticos no invierten tiempo en elaborar y publicitar las "plataformas", término que cayó en desuso.
En el sentido de la ausencia de un proceso de racionalización de las propuestas de las campañas, la consecuencia de esta irracionalidad es la excesiva personalización. Si ya no hablamos de lo que las personas representan, pasamos a hablar de las personas en sí mismas; en ese momento, cuando el motivo por el cual habríamos de querer reemplazar a los que están en el poder por otros ya no son las propuestas sino la idoneidad personal… comienza la campaña negativa.
Lógico y fácil
Para que un candidato sea más inteligente, eficaz y honrado, es necesario que el otro sea más lento, incapaz y corrupto. Eso no solo es un resultado lógico: también, es lo más fácil. Quien está en el poder, goza de una determinada legitimidad, traducida en votos. La campaña negativa tiene por objetivo minar esa legitimidad, beneficiando de esa forma a la competencia.
Esto no quiere decir que la corrupción y las violaciones a la ética no existan en gobiernos y procesos electorales. Pero el proceso electoral, sin dudas, oficia como una caja de resonancia que multiplica esta percepción. La paradoja es que el descrédito universal de la actividad política se debe, en parte, a la lógica desacreditadora de la campaña negativa.
Para mucha gente apolítica, la actividad partidaria y las oficinas de los gobiernos son antros de corrupción; una gran cantidad de personas podría suscribir la idea de que la política atrae naturalmente a aquellas personas de dudosa moralidad, de la misma forma que el arte atrae a los más sensibles o el deporte a los más atléticos. Esto no tiene sentido: por el contrario, uno puede ver que los jóvenes que muestran interés por los temas políticos, suelen ser aquellos con mayor sentido de la solidaridad. La mala imagen de la política está sobredimensionada, y se debe a la propia lógica deslegitimadora de las campañas negativas.
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