Piedras, restos de gomas y pintadas conforman la postal que dejaron los enfrentamientos en las inmediaciones de la Legislatura.
La calle Leloir despertó ayer sin bocinazos, ni aceleradas, sin más ruidos que los que provienen de una obra en construcción cercana. Los obreros están concentrados en su trabajo, como si no les importara nada, como si el paisaje fuera el de todos los días, pero atípico para la mañana de un jueves, el día después de los violentos enfrentamientos en inmediaciones de la Legislatura que dejaron varios heridos.
En ese contexto, un grupo de barrenderos comienza la fatigosa tarea de limpiar toda la calle con unos largos cepillos. El sólo hecho de pensar el tiempo que demandará barrer tantas piedras, cenizas, tierra y botellas cansa. Pero igual que los obreros de la obra, el grupo de barrenderos está concentrado en cumplir con el trabajo cuanto antes. “Hay de todo, pero de a poco lo vamos a limpiar”, dijo con una sonrisa resignada uno de los hombres, sin dejar de pasar el cepillo.
La zona está despertando después de un día agitado y violento. Los vecinos comienzan su rutina cotidiana. Algunos miran sorprendidos cómo quedó el paisaje, porque cuando empezaron los piedrazos y las balas de goma prefirieron encerrarse en sus hogares y no asomar la nariz “ni siquiera para chusmear”, como contó una mujer que recién a las 9 de la mañana se disponía a sacar la basura acumulada durante el miércoles.
“Mi hija me llamó de Córdoba preocupada por lo que pasaba, porque miraba las imágenes por televisión y no lo podía creer”, dijo. La vecina aseguró que lo que ocurrió no lo había visto nunca por el nivel de violencia. “Por suerte en este edificio no rompieron nada. Pintaron todo, pero nada más”, comentó, mientras miraba los trabajos que realizaban peritos policiales en las afueras de la Ciudad Judicial.
También desde temprano, el grupo de expertos concurrió al lugar para recoger muestras, tomar fotos y evaluar algunos impactos de proyectiles que se estrellaron contra paredes y vidrios. El edificio donde funcionarán todas las dependencias judiciales fue un blanco fácil para la turba enardecida que descargó su bronca a piedrazos. Pero el trabajo no demandó más que un par de horas. A media mañana, los policías se retiraron del lugar y les dejaron paso a los obreros que realizan los últimos retoques en las afueras del imponente edificio.
La despensa que abrió
Justo enfrente del lugar, una pequeña despensa parece desentonar con este coqueto sector del barrio Santa Genoveva. El local está pintado de verde chillón y fue bautizado con el nombre de “Las bardas”, como una forma de homenaje a las formaciones de tierra que de a poco van desapareciendo por el frenesí de la construcción.
Su propietario es conocido como el Ruso, uno de los pocos valientes que se animó a no cerrar la puerta del boliche cuando comenzaron a volar los primeros piedrazos, aunque luego reconoció que lo hizo por temor a que lo saquearan o le destrozaran la despensa. “Como me veían trabajando y con las puertas abiertas no me hicieron nada”, aclaró, como si contara un milagro. La gran preocupación del Ruso, más allá del magro tesoro que podrían haberse llevado los saqueadores de la heladera de bebidas o de la pequeña vitrina de los fiambres, era que no le fueran a pintarrajear la despensa. “Es que pinté el frente hace una semana con mucho sacrificio”, reconoció.
Desde horas tempranas, el despensero es “entrevistado” por la gente del barrio que le pide que le cuente cómo sobrevivió a semejante escaramuza. “Por un momento parecía que estaba en una despensa de Medio Oriente. Yo seguía vendiendo y afuera se tiraban de todo”, le dice a un distribuidor de cervezas que escucha azorado el testimonio, como si se tratara del argumento de una película de acción.
Con el correr de las horas, ya pasado el mediodía, la calle Leloir empezó a retomar su ritmo habitual y a recuperar sus ruidos urbanos. El tránsito comienza a fluir y la arteria de doble mano recupera su imagen de siempre. Las pintadas en los edificios contra Chevron e YPF serán tapadas en cuestión de horas. Las pancartas que quedaron pisoteadas como estandartes después de una batalla también serán retiradas por los barrenderos. No quedará ni una. Ni siquiera aquellas que impulsaban la defensa de la vida y la paz.
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