“Por bueno me lo mataron”

“Por bueno me lo mataron”
Liliana y Miguel, padres de Maximiliano Trzuscot, asesinado el lunes en calle Courreges, de Paraná, contaron su dolor. Los principales testigos del ataque mortal son los amigos de Maximiliano. Se sospecha que los tiros eran para alguno de ellos.

En el barrio Libertad de Paraná, por Courreges al final, hay una casa humilde, habitada por un albañil, su esposa y sus hijos. Después de la cortina de tela en la puerta de entrada, hay una cocina, y a la izquierda una habitación: hay dos camas prolijamente tendidas, fotos colgadas del ladrillo, una moto negra, un televisor y unos banderines tricolores azul, blanco y negro; pero la pieza está mas vacía que nunca.

El lunes a la noche acribillaron en el barrio a Maximiliano Trzuskot, de 20 años, e hirieron a Antonella Saucedo, de 16. Pero pareciera que las balas que salieron de un Fiat 147 blanco alcanzaron a todo el barrio, y sembraron no solo el dolor sino también el miedo: al lado de la casa, hay un matrimonio de adultos que toma mate atrás de las rejas, a las 5 de la tarde.

En las calles hay silencio y ni los escapes de las motos se escuchaban ayer por la tarde, aunque tal vez era porque casi todos los pibes del barrio se fueron a la cancha a ver el partido de Peñarol, en Santa Fe. Allí, la tribuna visitante tenía el colorido y el bullicio de siempre, pero entre los 700 hinchas también se sentía el vacío. Faltaba Maximiliano agitando con el bombo con la insignia “La Banda del Tricolor”, cantando la canción que él mismo había armado para alentar al equipo. Un cartel con su nombre y fotos lo tenía presente y en el recuerdo de todos.

De la ilusión al cementerio

Miguel Trzuskot cuenta que su hijo Maxi, de 20 años, tenía todo listo para presentarse en el Ejército el miércoles. Sus otros hijos avanzaron en estudios, una es oficial de Policía, y “Maxi era el que andaba como quien dice en el aire, hizo quinto año y quería entrar en Gendarmería”, cuenta. Pero al final se anotó el año pasado, “fue al Ejército, llenó la solicitud para entrar, hizo las pruebas, lo volvieron a llamar, volvió a ir, y le dijeron en octubre podía tener una oportunidad, no pasó nada, en diciembre le digo ‘Maxi llamá a este hombre’, le dijo ‘quedate tranquilo que este año ya te vamos a llamar’. Una semana antes que me lo maten, el martes, suena mi teléfono, me dicen ‘que Maximiliano Trzuskot se presente el miércoles 26 a las 7 en el Ejército’, cinco fotitos, que las tengo ahí con el frasquito para la orina, su mochila, su DNI, unos papeles, andaba enloquecido, chocho, y fueron pasando los días”, recuerda Miguel.

El lunes a la noche Maximiliano estaba en la casa con Débora, su novia con quien tenía un hijo de un año y medio. La llevó a su casa en la moto y volvió. Miguel lo ayudó a subir la moto por las escaleras para entrarla a la casa y Liliana, la madre, le preguntó si andaba con hambre.

Miguel sigue recordando con detalles, actúa los movimientos y relata cada momento de aquella noche con la misma intensidad que los vivió: “Ella siempre le hacía empanaditas, mirá acá le quedaron cuatro, y bueno, le hizo y comió, empezó a dar vueltas, le dije ‘Maxi no te vas a ir’, ‘Pero no papi si lo busco al Gonzalito y voy ahí nomás’, me dijo. Ya eran como las 9 de la noche más o menos, agarró esta llave que es la de él y salió. Estábamos mirando Independiente - All Boys, iba perdiendo Independiente, y siento la puerta, porque nunca sentí los tiros, pam pam pam, mi mujer pega un grito, corro y digo ‘¿Qué pasa?’, ‘Al Maxi lo balearon’, me dicen”.

A Maximiliano lo balearon en la esquina, empezó a correr pero la fuerza le dio para hacerlo solo unos metros, en dirección hacia su casa, y llegó su padre. “Fui corriendo, estaba así arrolladito, lo miro y tenía por acá (en el costado izquierdo) un hueco, le digo ‘¡Maxi! Viste que te dije...’. Y pobrecito, te juro que me quiero morir, me miraba con la carita como diciendo ‘Papi ¿por qué no te hice caso?’. Y ahí el quilombo de gente, llaman a una ambulancia, llega un patrullero, lo metí atrás, un pibe se metió en los pies, fuimos en el patrullero al hospital. Después me cuenta el otro chico que iban charlando bien, se quería acomodar. En eso que llego me chocan, me llenan con sangre, era la otra chica baleada”, cuenta Miguel.

“Y eso es todo”, agrega.

“Ahí no se salva nadie”

“No sabía lo que era el alcohol ni el cigarrillo”, jura Liliana, abre la heladera, saca unas botellas y lo demuestra: “Jugo y agua, lo único que hay, la fruta favorita de él que es la manzana, y esta leche, si no era esta marca no tomaba. Era tan sano, y por sano me lo mataron”.

Miguel cuenta cómo los asesinos dejaron a la familia: “Mi hija la Julieta está destrozada, mi mujer, mi gurisita, toda mi familia, te juro hermano que me destrozaron la vida. Yo creo en la Justicia de la ley, y también en la justicia de Dios que ahí no se salva nadie”.

El dolor también se reflejó el martes en la sede del Club Peñarol, de calle Pirán. En el salón velaron a Maximiliano (así lo quería él) y una multitud de pibes, vecinos y familiares se acercaron a despedirlo, y a tratar de entender su muerte repentina.

Avanzó la investigación

Los principales testigos del ataque mortal son los amigos de Maximiliano que estaban sentados en la vereda. Se sospecha que los tiros eran para alguno de ellos, e incluso se dice que hubo respuesta, tardía, a los disparos que efectuaron el conductor y el acompañante del auto.

Esta semana los jóvenes declararon ante los investigadores de la División Homicidios, y si bien al principio costó, después fueron contando con más detalles lo que pasó y a quiénes vieron. Minutos después del crimen, un grupo de jóvenes incendió una moto, que habría sido la causa de la disputa con una banda de otro barrio, lo que motivó el tiroteo.

Ayer la Policía terminó las actuaciones y las elevó al juez de Instrucción Eduardo Ruhl, quien evaluará las medidas a adoptar en los próximos días.

La carta de Liliana

“Hace 20 años Dios me regaló lo más preciado, un hijo que llegó, me llenó mi vida con su alegría y su locura por los fierros aprendiendo de bebé con su triciclo a desarmar y usarlo de monopatín.

Desde chiquito cosechaste tantos amigos que a lo largo de tu corta vida eras tan popular que hoy en tu despedida, te empecé a conocer y conocer a cada chico que era como muchos Maxis.

Hijo, cuanto más grande era tu corazón y tu persona era tan amada por tus amiguitos, qué orgullo hijo, te fuiste como un grande, como lo que sos mi vida, mi ángel.

Seguro que Dios te necesitó mucho en el cielo para tocar tu batucada.

Hijo, gracias por haberte conocido, y dejarme un pequeño Maxi al que vamos a amar tanto como a vos”.

Comentá la nota