La familia Acosta pasará las Fiestas entre la tristeza por la falta de Paola y la alegría por la pequeña Martina.
Martina se esconde entre los juguetes en su cama. Hay muñecos grandes y ella se camufla fácil. Asoma la cabecita, sonríe, se pone seria, sonríe otra vez, se esconde y vuelve a salir. Agarra un bebé y le rasca la panza. El bebé suelta una risa metálica. Ella lo abraza, después lo rechaza y lo tira lejos. Al ratito vuelve a buscarlo.
Martina es una preciosura de 2 añitos. Martina tiene cicatrices en las piernas desde fines de septiembre, cuando la rescataron de entre los brazos del cadáver de su mamá en una alcantarilla en barrio Alto Alberdi. Martina no debería tener esas cicatrices.
Esta pequeña es, en sí misma, la dualidad: una niña feliz entre sus juguetes con un cuerpito cicatrizado. Eso es ella y eso se vive en la casa de la familia Acosta en barrio Arenales: el desdoblamiento.
Porque en una habitación Martina se revuelca entre los juguetes con su tía Maru y su abuela Norma; y a la vez su abuelo Luis se quiebra en el living y confiesa que ya no saben cómo hacer para soportar la ausencia de Paola: la imagen de la silla vacía en la mesa de Navidad.
Paola Acosta (36) fue asesinada y arrojada en esa alcantarilla donde cuatro días después la hallaron con su Martina. Toda sospecha posible apunta al padre de la niña, Gonzalo Lizarralde (33), preso en Bouwer por un femicidio que tuvo repercusión nacional.
No todas las familias cordobesas brindarán en estas Fiestas. Muchas están rotas como los Acosta, frágiles como los Acosta. La dualidad pesa.
El amor y la ausencia
En el living de los Acosta hay una mesita verde del “Sapo Pepe” con tres sillas. Llegó hace poquito en una encomienda desde Cruz del Eje con una carta que dice “Papá Noel pasó por Villa de Soto. Feliz Navidad, Martina, de parte de la familia de Pikiku juguetes de madera”. A tres meses de haber sobrevivido, familias de todo el país siguen mandando juguetes a la niña.
Comparte Luis: “Desde que Martina se levanta hasta que se acuesta, no hacemos más que dedicarnos a ella. Vivimos por ella y sabemos que nuestra hija también vive en ella. Pero cuando la nena se duerme, volvemos a pensar en Paola y recordamos que somos como un árbol hueco: puro caparazón por fuera y nada por dentro”.
Martina tiene una memoria visual importante. Hace unos días la llevaron a la inauguración del árbol de Navidad de Plaza España y desde entonces dice “Jo jo jo jo jo” cuando ve a un Papá Noel. Como ahora, que le ponen un gorrito de Navidad en la cabeza y le sacan fotos. Ella frunce la carita y se refriega los ojos. Tiene sueño.
Comparte Luis: “Espero que pasen 15 ó 20 años para que se mitigue la herida por la falta de Paola. Esto de sobrellevarla día a día es muy difícil. Creo que esa herida no va a cerrar nunca, pero al menos que afloje un poco el dolor”.
Martina descubre la cámara del fotógrafo y se le abalanza para apretar el disparador. Lo mira fascinada, apoya el dedito y se asoma a ver la foto en el visor. La tonelada de juguetes en su cama quedó detrás, olvidada. En un ratito volverá a acordarse, en especial del bebé con risa metálica.
Comparte Luis: “Buscando entre las cosas de Paola encontré un boleto del viaje que hizo el año pasado a Calamuchita para ver a la Virgen. Y también encontré este otro, de septiembre, cuando le compró ropita a Martina. Quizá fue la última vez que lo hizo. A este amor y a este dolor lo vivimos todo el tiempo: Martina de día, Paola de noche. Paola sigue ahora en nuestra nieta”.
Martina le dice “Lili” a su tía, “Lalá” a su abuela y “Loló” a su abuelo. No pregunta todavía por su mamá. La psicóloga dice que todavía es muy chiquita y que lo hará en su momento.
Aún después de ese momento, Martina tendrá amor a lo loco.
Brindemos por ella.
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