Hay un nombre que es leyenda en el Berlín olímpico, desde hace más de siete décadas. Se llama Jesse Owens, la avenida de acceso al Estadio lleva su nombre y el recuerdo es intenso. Pero después que un fenómeno como Usain Bolt desafiara todas las leyes y los pronósticos en el mundo atlético ¿qué otra misión le quedaba por cumplir? "Quiero ser una leyenda en el atletismo", había expresado después de sus hazañas en Beijing. "Como Owens", agregó al llegar aquí. ¿Y qué más se le podrá pedir, después que anoche clavara una marca para el asombro? Tal vez, la más excepcional que jamás se pueda recordar en la historia del atletismo, abarcando todas las especialidades -desde las carreras hasta los lanzamientos- y todas las épocas. Cien metros planos en 9 segundos y 58 centésimos, algo que muchos científicos habían aventurado que no entraría en las posibilidades de los seres humanos.
Bolt aniquiló su propio récord del mundo, los 9s.69 de la final olímpica. A un año exacto. Y hay que ir bastante atrás en el tiempo para recordar un velocista que haya superado el tope de los 100 metros con semejante diferencia. Una de las explicaciones la había anticipado otro ex campeón, Maurice Green, un rato antes: "Cuando Bolt se decida a terminar la carrera con la misma energía con la que hace el resto, en lugar de festejar, nos dará un récord asombroso". Así ocurrió. Con Gay presionando desde atrás, Bolt no dio lugar en los tramos finales a ningún gesto de suficiencia. Fue la misma decisión, desde la línea de partida hasta cruzar la de sentencia. "Usain Bolt es el récordman, pero vine aquí para ganarle. Y si tengo que correr en 9s60, lo haré" había declarado Tyson Gay, apenas llegó a Berlín. No sabía (o no comprendía entonces) que ni siquiera así sería suficiente. Entregó todo y no alcanzaba. Desde mayo del 2008 -cuando se encontraron por primera (y única vez)- en Nueva York para una carrera del hectómetro, Usain Bolt clausuró una época en la "prueba reina" del atletismo.
Será un antes y un después de Bolt, para los 100 metros llanos y, acaso, para el atletismo entero. Ahora, que hablen los científicos. Se acerca la medianoche de un verano cálido sobre Berlín. La multitud se desparrama hacia las autopistas vecinas o la Olympiastadion, la terminal de trenes vecina. Si los que vivieron aquella semana de Owens en esta misma Berlín pudieron contarlo, lo mismo sucederá para quienes lo palpitaron (mos) anoche, al borde de la pista azul. Donde las zapatillas naranjas de Bolt refulgieron como nunca. Segundos antes de la largada, esbozó el gesto de un avión. Para que lo viéramos todos, para que lo supiéramos todos. Y Bolt cumplió.
Comentá la nota