El gobernador se inventó una costosa derrota contra Amaya. La joven promesa del alperovichismo creía haber comprado a los "buscas".
Por falta de colaboradores, el joven Bercovich fue ocupando sucesivos espacios, hasta convertirse en el operador de una arriesgada jugada que apuntaba a lastimar políticamente al intendente Domingo Amaya, e intentaba recomponer la golpeada imagen de Alperovich entre la clase media.
La llegada de Bercovich al gobierno hace un año había tenido el objetivo de comprometer aún más a su madre Claudia Sbdar, jueza de la Corte Suprema, con el mandatario que la nombró.
Luego, el economista -con cero manejo político- anduvo rebotando por distintos cargos, como fruto de la carencia de funcionarios en la feneciente administración Alperovich.
Después del mal resultado electoral, que le cerró definitivamente el sueño de la re-re-reelección, y mientras todo el mundo político ya trabaja para su sucesión, Alperovich se puso el traje de intendente, e inventó una batalla contra los ambulantes, para demostrar autoridad y erosionar al candidato de muchos peronistas para 2015: Domingo Amaya.
Huérfano de asesores que le aporten sentido común para afrontar los díficiles dos años que le quedan en el poder, y obnubilado por la bronca contra Amaya, el gobernador imaginó en el inexperto Bercovich a un operador eficiente para negociar con los "buscas" de la calle.
Alperovich le asignó un montón de recursos para seducir a los jefes de los ambulantes, y le dijo a Bercovich que al volver de Cancún quería encontrar las Peatonales limpias de vendedores.
Los resultados quedaron a la vista. Pese a los anuncios ampulosos del joven a través de la cadena mediática oficialista, los ambulantes no levantaron sus puestos ni un solo día.
Alperovich quedó en ridículo. Los ambulantes se quedaron con la tutuca, y además llamaron a sus socios, amigos y parientes de provincias vecinas para que se preparen a pasar un magnífico fin de año en las calles de Tucumán.
El remedio fue peor que la enfermedad. El centro será una enorme zona liberada durante las fiestas. Alperovich intentó vanamente girar como una veleta: "hay que respetarles la fuente de trabajo a los ambulantes", murmuró.
Pero la victoria del amayismo, al menos en esta batalla, ya estaba sellada.
Ahora, la joven promesa paga el pato y sale eyectada para siempre de la política.
Quizá Bercovich retome sus estudios en Londres, de donde -si hubiera estado bien aconsejado- jamás debió haber vuelto para mezclarse con los Jaldo, los Manzur, los Mansilla o los Gassenbauer.


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