La villa 90, en el corazón de Villa Elvira, sufrió sin tregua la inclemencia del trágico temporal. Hoy, sus vecinos reciben la ayuda y trabajan en la recuperación de un barrio que necesita de todo.
Yamil Zacarías es abogado, milita en La Cámpora y hace 17 días que destina el grueso de su día a la atención de los cientos de familias que se vieron perjudicadas por el agua impiadosa. Está a cargo del Centro de Organización Local (COL), un centro operativo donde se procesan las donaciones solidarias y las provisiones del Estado para luego ser llevadas puntualmente a cada hogar del barrio citado.
Ambos parecen ser las puntas de esta movida que no sabe de pausas y que tras aquella masividad que tuvo como eje a la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, ahora baja a los barrios de una forma muy explícita.
En realidad, son eslabones de una cadena que no se sabe bien cuándo se detendrá. Porque las necesidades aparecen día a día y la tarea social sigue siendo una prioridad en la Argentina y más específicamente en estos bolsones de familias descuidados durante décadas y que recién ahora encuentran un punto de inclusión.
Los fines de semana son momentos de mucho trabajo para miles de militantes que bajo la bandera de “Unidos y Organizados” despliegan sus ganas juveniles, sus manos solidarias y su compromiso político. En toda La Plata, este sábado, eran unos dos mil que se desplegaron en los barrios más castigados por la inundación. En Villa Elvira, más precisamente, eran unos 200 los que arrancaron a las siete de la mañana para trabajar en lo que fuera necesario hasta que el sol se marchó.
Las tareas son variadas y nadie tiene un minuto libre, aunque de a ratos se lo hagan para compartir un mate, para darse aliento o para escuchar a un vecino que viene con algún reclamo o inquietud en particular. El trabajo es propio de reconstrucción. En la villa 90, como llaman al puñado de manzanas que se estira desde 1 y 90 hasta 7 y 98, el agua castigó sin piedad. Hubo casillas arrasadas por la corriente, y casitas de material que aguantaron a pie firme, pero albergaron a casi dos metros de agua que, cuando se fue, se llevó lo poco que había.
Eso obliga a arrancar de cero: hay que levantar casillas, hacer el zanjeo, limpiar basurales, desmontar tierra para armar un espacio comunitario. Pero también hay una tarea de asistencia espiritual que es vital para los vecinos de allí: escucharlos, ayudarlos, entretener a los pibes, armar la biblioteca popular que lleva el nombre de “Abuelo Guga”, en honor a uno de los viejitos del barrio que murió hace poco y en cuya casa, de madera y chapa, los pibes irán de ahora en más a buscar un libro o a recibir apoyo escolar.
Llega un camión del Ejército y un joven pega el grito: “Compañeros, se necesitan manos para bajar el material escolar”. En segundos, unos veinte jóvenes se forman entre el camión y la casa de Paola para descargar cientos de libros, cuadernos y útiles escolares que son de una importancia vital para el barrio. Mientras tanto, Paola ceba mate y comparte unos bizcochos. Por allí pasan los habitantes del barrio, los militantes y el personal de las Fuerzas Armadas que asisten logísticamente dando una mano indispensable.
Es apenas una muestra de lo que pasa en estas jornadas solidarias que parecen ya sobrepasar el rótulo de “jornada” cuando se cae en la cuenta de que ya son casi tres semanas de acción intensa e ininterrumpida.
Un grupo de pibes juegan a la pelota cerca de donde algunos terminan de darle forma a la biblioteca. Otros terminan de cavar las zanjas. Cada uno encuentra qué hacer y si no, da una mano al que tiene más cerca. Por ahí anda el Cuervo Larroque, alejado de la figura del diputado nacional para convertirse en un militante más que va y viene casi frenéticamente de un lado a otro para que nada quede sin hacer. Lo mismo hace el concejal del FpV Martín Alaniz.
Cuentan que fue un arduo día de trabajo donde se articuló la tarea del COL con los puestos móviles de la Anses, del Pami, de Acceso a la Justicia, de vacunación, en coincidencia con las tareas recreativas para los más chicos y el relevamiento constante de las familias para saber qué necesitan.
Paola cuenta con timidez que “antes no llegaba casi nada al barrio. Pero después de la inundación apareció Agustina (una joven militante kirchnerista que fue la primera que se acercó) y nos empezaron a dar una mano en todo. Como acá no había quedado nada entero, yo les ofrecí mi casa para que tengan un lugar donde sentarse, tomar un mate y descansar un rato. Ahora es importante ayudarnos entre todos para poder construir la salita sanitaria, la plaza y la canchita de fútbol”. Y dice casi al pasar que su sueño es poder hacer “una chocolatada para los chicos ahora que se va a venir el frío”.
A unos metros de allí, Yamil coordina todo lo referente al COL que funciona en el Centro Tradicionalista Arce, a unas veinte cuadras de allí. Cada familia fue relevada de sus necesidades más importantes y cada responsable de área sabe que tiene que preparar para que luego un camión del Ejército o de Gendarmería, lo lleve directamente hasta la casa de esa familia. “Buscamos personalizar la ayuda. Darle efectivamente a cada familia lo que precisa. Y eso surge del relevamiento que se hace casa por casa y que, calculo, nos va a llevar un mes más”.
Los COL, confirma, nacieron post inundación en La Plata y “llegaron para quedarse porque la breve experiencia nos indica que es una forma muy directa para llegar a la gente que necesita la ayuda del Estado”. Dividen las tareas en áreas de calzado, ropa, artículos de limpieza, colchones, ropa de cama, alimentos, medicamentos y agua. “En cada una de ellas trabajan unos 7 u 8 compañeros que procesan todo para que a la gente le llegue efectivamente lo que necesita”, concluye.
Cuando el sol empieza a caer, los vecinos se van recluyendo en sus casas y los militantes saludan casi automáticamente porque saben que en pocas horas estarán de nuevo por allí.
El lema de las remeras de “Unidos y Organizados” no parece ser más exacto en la definición de este arduo trabajo. Lentamente, los vecinos van tomando la posta y son ellos los que empiezan a convertirse en ejes de la reconstrucción de su barrio. También ellos se unen y se organizan para salir de la tragedia que los golpeó.

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