Lanús le ganó el clásico a Banfield y se afianzó arriba a falta de 12 puntos. El gol fue por Sand, quien le puso el pecho a un centro de Velázquez y, sin tocarla, engañó al arquero...
Si Sebastián Blanco sigue montado en sus patines; si sostiene el equilibrio en Fritzler, un Gago telúrico que ayer mostró (es cierto que con cierta complicidad de Pezzotta) cómo se juega un clásico: concentrado, voluntarioso y lúcido. Y si tiene un valor que le falta al resto de los aspirantes al título: un plantel que ya fue campeón y que tiene experiencia en el manejo de tiempos y distancias en la recta final. ¿Por qué no decirlo?
El equipo del carilindo Zubeldía es perverso. Te arropa, te muestra cara de buenos amigos y, en el momento menos esperado, te somete. Porque Lanús no había hecho más que Banfield cuando llegó el gol, pero le bastó ese exiguo festejo para llevarse el clásico. Ayudado, en buena parte, por un rival que equivocó el libreto. Falcioni quizá tomó nota de que el único rival que puso de rodillas al Granate fue el ultra lírico Huracán de Cappa, y entonces salió al golpe por golpe con un mediocampo lleno de sensibilidad y desequilibrio. Y no están los equipos de Pelusa para el tiki-tiki. Por eso se acomodó mejor en el segundo tiempo, aun con uno menos, cuando puso más roca que seda y empujó como quien quiere entrar al subte a las ocho de la mañana; no le alcanzó y debió resignarse a esperar el próximo tren y a mirar, otra vez, con el rabillo del ojo al promedio.
Lanús ganó por su pecho inflado, no goleó porque Salvio parecía seguir enceguecido por el encandilamiento de haber visto a Maradona, tuvo un astuto goleador, mostró que sabe atrincherarse y se guardó muchos conejos. Con todo eso, ¿por qué no decirlo?
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