El cambio de año suele ser una época de evaluación de lo que fue y previsión de lo que vendrá. Respecto del año que pasó, las elecciones del 28 de junio representaron una bisagra para el intendente Pablo Bruera. Significaron una "victoria a lo pirro": la obtención de 5 concejales para su bancada al precio de deteriorar su relación con el matrimonio Kirchner.
La interna peronista y la "microinterna" del bruerismo pueden poner en serio riesgo la gobernabilidad municipal en este 2010 que recién comienza. El primer síntoma de crisis surgió con la controvertida privatización del cobro de tasas por publicidad y propaganda. El oficialismo no pudo cumplir los acuerdos dentro de su propio bloque, al que pudo disciplinar, en última instancia, de manera bastante desprolija. Más grave fue la situación a partir del recambio legislativo: la única sesión "tranquila" y con asistencia perfecta de ediles fue la del 29 de diciembre, cuando el presidente del Concejo, Javier Pacharotti, llegó a un acuerdo con la oposición sobre le temario a tratar. Se notó más fácil el diálogo institucional con el Acuerdo Cívico y Social que con algunos ediles oficialistas, u otros justicialistas enemistados "a muerte" con el intendente.
Es que el funcionamiento del PJ como partido hegemónico desde hace una década -o más- le permite a los peronistas ser oficialismo y oposición al mismo tiempo. Pero además de vulnerar los más elementales principios de la democracia política, ésto suele volverse como un búmeran contra los mismos gobernantes que en su momento sacaron ventaja del poder supremo que da la ley de la mayoría numérica -y la ignorancia de las minorías-. Cuando llegan las épocas de "vacas flacas", comienzan los problemas para gobernar.



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