Un 20% de la flota sufre agresiones por mes. Hay más robos que cuando llevaban cospeles. Habla Juan, el último baleado.
Le apuntó a la cabeza. Juan Pablo Goldi alcanzó a tirar el colectivo cerca de la banquina. Todo en cuestión de milésimas de segundos: la bala ingresó por el parabrisas de la línea 84 de Ersa y salió por la luneta trasera.
A 10 centímetros del conductor y con la fortuna de que el coche aún no tenía pasajeros. Juan Pablo tiene 27 años y lleva tres como chofer en el transporte urbano.
El sábado pasado le tocó vivir uno de los hechos más violentos en el Camino Interfábrica. No eran más de las 21. Salió de la punta de línea, cuando a las pocas cuadras vio cómo una persona intenta robarle a un coche de Coniferal. Como el atraco se frustró, el delincuente corrió hasta dar con su cómplice que lo esperaba en una moto.
Se adelantan unos metros y le disparan a la cabeza.
Desde el jueves pasado, Juan Pablo volvió a trabajar en la línea 80, resignado, porque dice que la inseguridad lo volverá a topar en cualquier otro recorrido. Tan cierta es su expresión que asusta, pero los datos de las empresas dan cuenta que, al menos, el 20 por ciento de la flota es agredida en un mes por piedrazos a unidades o lo que es peor: ataques violentos a los conductores.
“Me pegó tan cerca la bala, que me entraron los vidrios en los ojos”, cuenta Juan Pablo.
“A veces no se trata de si te dan ganas o no de volver a trabajar. Se sale porque tengo una familia. Es una encrucijada muy grande. Ya sé cómo viene la mano en la calle”, comenta este chofer, que está en pareja con Sabrina y tiene una pequeña llamada Alegra y no puede largar.
“La verdad que no soy fácil de asustarme, pero algunos me dijeron que nací de nuevo”, agrega.
La resignación de Juan Pablo es la misma de casi todos los choferes de colectivos, taxis y remises con experiencia en la calle.
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