Bajada Grande, colorida y mestiza, estrena su nuevo destino de playa

Bajada Grande, colorida y mestiza, estrena su nuevo destino de playa
Bajada Grande tiene una atmósfera particular. El aire, el paisaje, el modo de vida le dan a Bajada Grande rasgos latinoamericanos. Es el lugar más latinoamericano de Paraná.
La lengua de vegetación que se levanta entre una calle y otra, paralelas pero distantes, una en lo alto y otra que corre como costanera baja, contribuye a darle al lugar, esa lengua silvestre y frondosa, el sabor selvático. Es casi como una muestra de Centroamérica en Paraná.

Las calles sinuosas, los jacarandáes enormes, el río que se a-divina detrás de las casas costeras, los puestos de pescado, los carteles que anuncian con caligrafía esforzada y despareja mercaderías diversas en negocios improvisados detrás de alguna ventana, hacen de Bajada Grande una postal típica de la ribera antigua de Paraná.

Bajada es la proto-Paraná. Es un nombre en mapas primitivos, es una denominación de aventura para los santafesinos que se le animaban al río bravo para buscar leña, frutos, animales silvestres. Bajada Grande es mestizaje, es pasado esplendoroso que hoy se pinta de metal herrumbrado y madera ajada por el tiempo y el golpeteo del agua. Bajada Grande fue el puerto de Paraná. Y eso se testimonia en los rieles que brillan intermitentes al desenterrarse del polvo acumulado. Desde la estación ferroviaria en bulevar Racedo se extendía un tramo suplementario hasta Bajada Grande, donde esperaban guinches y cientos de estibadores para cargar los barquitos. Más cercano en el tiempo, Bajada Grande fueron las fábricas fuertes de Paraná. “La Llave”, “La Portland” son denominaciones que quedaron grabadas en la memoria de la ciudad, como marcada también quedó la experiencia del viaje en balsa que se iniciaba en el atracadero del lugar. Los carteles obsoletos dando la “bienvenida” o deseando “buen viaje” testimonian que esa parte de la ciudad fue una puerta de entrada y de salida. De lo que fue el puerto de Bajada Grande hoy queda un muelle añejo, de bloques de madera tallada por el golpeteo del agua terracota, y las construcciones estatales de estilo inglés que parece haber sido alguna aduana o la casa de algún personal jerárquico, hoy reconvertidas para otras funciones.

Desde hace algunos días, Bajada Grande es una modesta playa que tuvo la aceptación masiva de la ba-rriada. Las boyas a algunos metros de la arena seca delimitan el espacio en la que principalmente la población más joven del lugar busca atemperar el rigor de temperaturas que disparan el mercurio del termómetro hasta niveles calcinantes.

NUBES Y PARRILLA. Ayer, un jueves de cielo nublado, la demanda balnearia se expresó tardía. Pero igualmente había gente pescando cerca de la playa, y algunos turistas de esos que suelen buscar los lugares profundos de las ciudades cada vez que la visitan. Miguel Lucero, Eugenio Wagner y Miguel Isaac disfrutaban de su amistad y de un par de dorados a la parrilla.

“Venimos de José C. Paz, de visita. Esto es una maravilla, que la gente pueda llegar y tener su playa. Porque el río en casi todos lados está cerrado para la gente”, exclamó Lucero, que sólo ante el pedido del cronista reveló que prefiere que le llamen “Chori”, del mismo modo en que Isaac prefiere ser mencionado como “La Vaca”.

–¿Qué les gusta de venir a Bajada Grande?

–Esta tranquilidad. Escuche, escuche –respondió uno de ellos para dejar paso a la música del agua contra los pilotes de madera–… Además puede comer unos pescaditos. Por 50 pesos se compra un dorado enorme. Y si le sumamos que soy hincha del Gurí Martínez…

Al salir de Bajada Grande, en las alturas de la geografía desde donde una Gregoria Pérez de Denis de mármol de Carrara otea hacia el gran río, tres adolescentes toman mate mientras cuidan a cuatro niñitos que juegan con camioncitos y autos plásticos. Las tres contestaron entusiasmadas sobre la aceptación que tuvo desde el primer momento la nueva playa del barrio. “Se llena”, dijo categórica una de ellas.

En el Parque Nuevo el camino se abre en curvas hasta salir hacia la calle Anacleto Medina. Antes de abandonar el lugar, aún en las entrañas del parque, un arbolito hecho de botellas plásticas de Coca Cola, alternadas con envases verdes y adornado con CD que le otorgan un brillo de la Navidad de la quema, agregan una nota de referencia festiva del fin de año. No falta el toque religioso, pagano: junto al Gauchito Gil, una intimidante imagen de San La Muerte congrega a un grupito de jóvenes y adolescentes que gastan el tiempo de un día nublado sin muchas ocupaciones por delante.

–¿Que tal se llevan el Gauchito y San La Muerte?

–Bien. El Gauchito te hace favores. Y San La Muerte te cuida las espaldas cuando sale algún trabajito.

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