1 de cada 4 bahienses es pobre o indigente, según datos de la UNS y la Comuna.
Cecilia Corradetti / ccorradetti@lanueva.com
Si bien los datos de pobreza para la ciudad la ubicaban el año pasado entre un 20 y un 23% de la población total, el crítico panorama social y económico que sufren los bahienses como consecuencia de la suba de precios y del deterioro en la calidad del empleo hacen sospechar que dichas cifras se incrementaron de manera significativa.
Así, al menos, lo indican informes brindados a nivel nacional y declaraciones de organizaciones locales que aseguran que cada vez resultan más numerosas las familias que se acercan a instituciones a pedir ayuda.
Eduardo Donza, investigador del observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) dijo a “La Nueva.” que los datos de pobreza a nivel nacional rondan, al mes de abril, en un 32%.
“Los datos relevados en el último trimestre de 2015 dan cuenta de un nivel cercano al 29%, aunque más tarde se incrementó en función de situaciones reales como las medidas económicas y la suba de precios antes, durante y después de la devaluación”, analizó.
De todos modos, dijo el especialista, para llegar al 32% aludido también se tuvieron en cuenta las medidas sociales impulsadas por el gobierno, como el aumento en las asignaciones familiares y ampliación de la base para otorgar la Asignación Universal por Hijo.
En cambio, agregó, el índice no involucró las paritarias ni los efectos del incremento en las tarifas de los servicios.
“En definitiva —concluyó—in consideramos que el principal problema es la calidad del empleo, que no mejora”.
Y añadió que el 15% de la Población Económicamente Activa realiza changas o percibe ingresos muy bajos.
En nuestra ciudad los datos más recientes realizados por la Universidad Nacional del Sur (UNS) corresponden al año pasado e indican que uno de cada cuatro bahienses, es decir, 69 mil personas, no reúne los ingresos necesarios para comprar una canasta que cubra sus necesidades o bien no puede afrontar sus requerimientos nutricionales básicos. Es decir, es pobre o indigente.
Dichas cifras están basadas en un estudio elaborado por la economista María Emma Santos tomando en cuenta el último censo, de 301.531 habitantes (2010).
Santos concluyó que los pobres suman 54 mil y los indigentes 15 mil, es decir, representan (al segundo trimestre de 2015, es decir, un año atrás) un 18% y un 5%, respectivamente, de la población bahiense.
La investigadora cuestionó la ausencia de datos actuales del INDEC, que no permite predecir la evolución de las tasas de pobreza e indigencia por ingresos.
La estimación brindada por el municipio es similar. Desde el área de Políticas Públicas, Martín Napal estimó que 63 mil personas de la ciudad son pobres y coincide en que 15 mil de ellas son indigentes.
El economista se basó en la última encuesta del INDEC y en la canasta del Centro Regional de Estudios Económicos (CREEBBA). Teniendo en cuenta que en este caso se toma como referencia una posible población actual (307.836 habitantes), dijo que el índice de pobreza alcanzaría el 20%.
Indicó que si se consideran los últimos datos brindados por la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL) una familia tipo necesita 4.746 pesos por mes para no entrar en la indigencia y 11.038 pesos mensuales para no caer en la pobreza.
Cáritas: “Cada vez viene más gente”
Cáritas Arquidiocesana manifestó su gran preocupación por la situación actual ya que, según señalaron sus directivos, “cada vez son más las personas que se acercan a pedir ayuda”.
“En algunos casos solicitan alimentos, pero vemos que se incrementó mucho la demanda de trabajo. Se trata de gente que tenía un empleo formal, en algunos casos desde hacía muchos años, pero que lo ha perdido y en su desesperación por no saber cómo afrontar la situación, se acerca a Cáritas”, explicó Pablo García, vicedirector.
Según dijo, muchas familias han dejado de soñar con mejorar su vivienda, ya que la principal preocupación tiene que ver hoy con resolver aspectos más esenciales como alimentación y vestimenta.
Acotó que los desmedidos aumentos de precios de los artículos de primera necesidad y de los servicios han dejado a muchas personas en situaciones de vulnerabilidad.
“Si bien la solidaridad es fundamental, no resuelve un problema que se ha agudizado en los últimos meses y que requiere de decisiones políticas que tiendan a mejorar las condiciones de vida de los que más sufren”, expresó García.
La ayuda que aporta el municipio
La Municipalidad de Bahía Blanca, a través de su área social, también registró datos a tener en cuenta: la tarjeta social, que el primer mes del año fue entregada a 2.690 beneficiarios, en junio se extendió a 3.700. Ese plástico tiene un valor de 440 pesos que pueden ser utilizados para garrafas o alimentos.
Asimismo, la ayuda económica (en todo concepto) se distribuyó en el mes de enero a unos 1.300 beneficiarios, 100 menos que en junio.
El plan Más Vida abarca hoy a 3.102 familias, es decir, alrededor de 12.500 personas, cifra que en términos generales no se ha modificado respecto de los últimos años. Más Vida se presta en todo el territorio provincial y asiste a madres en períodos de lactancia y niños desde entre 6 meses y 6 años, todos de condición muy humilde.
El director general de Coordinación y Monitoreo Interno de la Secretaría de Políticas Sociales, Fernando Belmonte, dijo, no obstante, que en todos estos casos incide la cuestión estacional pues el verano “es el abrigo de los pobres”.
“Hay una realidad innegable que habla del deterioro de la situación social y económica, y Bahía Blanca no es la excepción”, indicó, y agregó que desde el municipio se intentan tomar todas las medidas posibles que alcancen a los que menos tienen.
“Seguramente pasará un tiempo para observar los resultados”, sostuvo.
La ayuda económica del Estado se canaliza a través de tres ramas: subsistencia, materiales y alquileres. Para hacer frente a esta situación, el municipio cuenta con un presupuesto de alrededor de un millón de pesos mensual.
“Se advierte una tendencia al aumento a partir del mes de mayo producto de la estacionalidad”, se advirtió desde la Secretaría de Políticas Sociales.
¿Para cuántos productos alcanza la tarjeta social?
Los 440 pesos por mes que se le otorgan a 3.700 beneficiarios bahienses incluyen el valor –si así lo decide la familia-- de la garrafa social, que tiene un costo de 97 pesos con envío a domicilio.
Con el crédito restante de esa tarjeta (343 pesos) se pueden adquirir, por ejemplo, los siguientes productos básicos de marcas propias o en oferta: leche en polvo (800 gramos); azúcar (1kg); yerba (1 kg); mermelada (400 grs); te en saquitos (50); fideos soperos (1 Kg), puré de tomate, polenta (500 grs), papel higiénico (4 rollos de 80 metros); harina leudante y común (1 kg), pan (1 kg); arroz (1 kg) y aceite mezcla (1,5 litro).
54 chicos bahienses, en riesgo nutricional
Un total de 54 niños de la ciudad se encuentran actualmente en situación de riesgo nutricional. A mediados de septiembre del año pasado sumaban 49, aunque en general, según indicó la subsecretaria de Salud municipal, Susana Elliker, la cifra se mantiene.
El término refiere a la condición clínica de una persona cuyo estado nutricional se ve afectado por factores tales como disminución de la ingesta alimentaria, un gasto energético aumentado por la enfermedad de base, ayunos parciales o ayunos prolongados y un aporte calórico inadecuado.
Advirtió la funcionaria que en todos los casos los menores están controlados y contemplados en programas municipales o provinciales. Es así que la leve variación no ha generado preocupación.
Todos estos niños se encuentran bajo el control de todo un equipo de trabajo, alertó la funcionaria.
“Este relevamiento en ningún caso alerta de desnutrición primaria. Los pacientes que he mencionado están siendo seguidos por pediatras y trabajadoras sociales”, aseguró.
Desempleo, basura, ratas y “changas” en Villa Caracol
Ingresar a Villa Caracol, uno de los asentamientos con mayor índice de pobreza del partido de Bahía Blanca, implica sortear barro y basura, chicos descalzos, casas que apenas pueden mantenerse en pie, autos destartalados, perros y muchas, pero muchas, ratas.
Por 5 mil pesos al mes, buena parte de quienes aquí residen trabajan en la limpieza del barrio a través de un plan municipal. Pero nada parece alcanzar: el basural a cielo abierto impide, como sea, transitar cualquier calle.
La cumbia suena a todo volumen en el habitáculo de chapa y cartón donde pasa sus días Saúl González, cartonero, pensionado por una hernia de disco que lo tiene a maltraer y papá de dos hijos que nacieron fruto de una relación con Norma, una vecina del barrio.
“Pero ojo, ahora estamos separados: cada cual por su lado”, aclara el hombre, encorvado como un anciano aunque de flamantes 62. Parece resignado a este presente difícil, aunque, a decir verdad, nunca pudo vivir mucho mejor, según confesará más tarde.
Cinco perros gigantes descansan al sol mientras custodian su casa como si se tratara de un tesoro. Su cocina es su comedor, su habitación, su galpón, su baño...
La salamandra le pone calor a esta mañana de invierno. El hombre cuenta que fue operado luego de un ACV, que el mate es su compañero cuando la comida escasea y que de madrugada el frío “cala los huesos”.
Unos metros más allá, el hogar de Yesica Albera, de 23 años, mamá de Bruno y Priscila, es aún más reducido, húmedo y oscuro. Aquí tampoco hay ventanas, el piso es de tierra y el frío se cuela por cada hendija.
Una cocina desvencijada y una cama repleta de ropa apilada completan el cuadro.
“Lo único que pido es una casa de material”, confiesa, con su voz baja, mientras cuenta, con toda naturalidad, que en su casa convive con ratas. También relata que su bebé padece broncoespasmo crónico, que su esposo, cartonero, sale con el carro porque la recorrida con el caballo está “mal vista” en los alrededores.
Nelson Gallardo también se desespera por mostrar cómo vive.
“Así pueden ayudarnos, queremos estar mejor”, pide.
También cartonero y beneficiario del plan Barrio Limpio, Nelson tiene 28 años, un hijo y muchos proyectos.
“Cinco mil me paga el municipio y además salgo con el caballo, aunque la gente `bardea'. Por ahora no me queda otra, estoy acá”, reflexiona, en alusión al espacio prestado que ocupa desde los últimos meses, de tirantes podridos y chapas oxidadas.
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