"De esas escuelas salimos muchos egresados a festejar con la celeste y blanca en la espalda (como una capa de super héroe) el día que Diego se cansó de gambetear ingleses y le metió un pelotazo a la corona de su reino. Y fue en ese patio, ahora que me acuerdo, donde pude izar por primera vez la bandera de la patria mía. Era una bandera que el viento mordía con fuerza, con el sol pintado a mano, azul un ala, que a veces me acaricia todavía". De "Azul Un Ala" de Jorge Spíndola.
Yo recuerdo una vez que tuve un intento fallido, fue cuando la maestra de quinto grado dijo - a ver dos varones al patio que vayan a izar el pabellón- y ahí salimos todos corriendo, y como nunca fui muy ágil que digamos (más bien torpe) me quedé por allá atrás, rezagado al puesto de espectador con la nariz sangrando de un codazo mientras cantaba derechito alta en el cielo un águila guerrera y disimuladamente sacaba mi pañuelo azul masticándome la rabia de ver al gordo Villegas haciéndose el canchero, azul un ala del color del cielo y en eso me dio por estornudar sobre el color del mar justo cuando alzaba la vista para ver la bandera del sol nacida.
Siempre por una razón u otra me quedaba con las ganas de estar ahí, sintiendo esas cosquillas patrias que a uno le dan levantando la celeste y blanca.
Fue por eso que empecé a ir a las ceremonias que se hacían en el patio del viejo Silveira, un vecino mezcla de caudillo con algo de curandero que cada domingo a las once de la mañana juntaba a los pibes para izar la bandera.
El viejo tenía una forma extraña de venerar los símbolos, por ejemplo el mástil estaba pintado en la base con los colores de Boca Juniors y el palo era todo celeste y blanco pintado en forma de espiral como si fuera un chupetín psicodélico que remataba en el asta con unos laureles de hojalata que él mismo había diseñado.
Al viejo Silveira le gustaba la herrería artística y eso era sólo una parte de su ingenio inagotable, también era afecto a la pintura así que la bandera de ceremonias tenía un sol estampado a los brochazos con una sonrisa conmovedora. Todavía hoy me acuerdo de ese sol amarillo fuerte que se agitaba por el aire del domingo como si fuera nuestra propia cara flameando por allá arriba.
Lo curioso era la forma que tenía don Silveira para elegir los abanderados del día; nos hacía jugar al roca papel o tijera, a los penales, a la payana y otras formas de selección que él establecía. De esa manera no había broncas y hasta diría yo que era un acto democrático.
Otras veces se mandaba un concurso de preguntas y respuestas tipo: - quién fue el peludo Yrigoyen, a ver díganme en qué período gobernó el país el General Perón, quién fue el gaucho Rivero; nombre tres tangos de Discépolo y al menos dos escritos por Homero Manzi, poeta de la gente-. Infinitas variantes que él compaginaba, mientras iba sacando al patio una vitrola plateada y con inmensa cautela ponía un disco de pasta de donde surgía toda achicharrada la voz del Zorzal cantando la noche que me quieras desde el azul del cielo las estrellas celosas nos mirarán pasar y así pasábamos al himno coronados de alegría, mientras ganadores y perdedores jurábamos con gloria morir.
El patio de Silveira era un país de maravillas, la escuela donde aprendimos a jugar a la cabecita y a recitar el Martín Fierro. Una escuela donde los símbolos estaban vivos y jugaban con nosotros a los penales, un lugar mágico donde no daba lo mismo ser derecho que traidor ignorante sabio chorro pretencioso estafador.
Allí aprendimos entre tangos y concursos que no es lo mismo el que labura de noche y día como un buey que aquel que afana en su ambición. Ahí aprendimos en el '78 la diferencia entre una banderita made in Taiwan y otra pintada a mano. En infinitos patios como ése cantamos la marcha de la bronca cuando volvían los hermanitos de la guerra.
De esas escuelas salimos muchos egresados a festejar con la celeste y blanca en la espalda (como una capa de super héroe) el día que Diego se cansó de gambetear ingleses y le metió un pelotazo a la corona de su reino. Y fue en ese patio, ahora que me acuerdo, donde pude izar por primera vez la bandera de la patria mía. Era una bandera que el viento mordía con fuerza, con el sol pintado a mano, azul un ala, que a veces me acaricia todavía.
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