Pasó una nueva fiesta del ternero, en donde en cada uno de las decenas de fogones callejeros se prepararon un promedio de 8.000 porciones de carne y unos 4.000 chorizos por día. Las autoridades aseguraron que no habrá ninguna “obstaculización al desarrollo en grande de la ganadería”
La edición 39 de esta celebración, que finalizó este domingo 10 de abril, tampoco fue la excepción, y; aún muy lejos de ser un auténtico día de campo, visitantes y lugareños hicieron de esa localidad bonaerense, durante toda una semana, el lugar exclusivo de unión entre lo urbano y lo rural, como no ocurre en ningún otro sitio del país en ningún otro momento del año, ni incluso aún si alguien pretende referir los grandes stands de por medio y exposiciones grandilocuentes que se levantan también una vez por año en tierras capitalinas, pero las cuales justamente no son tan federales.
Ayacucho se ubica a 150 kilómetros de Mar del Plata, literalmente en medio del campo, tan poco distante pero con toda otra realidad en sus calles. Allí, en cada rincón, convivieron estos días miles de personas, vehículos importados de alta gama, otros cuantos trastos viejos de cuatro ruedas y bellísimos ejemplares de equinos, separados simplemente por centímetros y con un orden de paso prioritario e inobjetable para los animales, una costumbre asombrosa y reconfortante a la vez; en ese saludable cambio de posiciones entre lo moderno y lo que es, si se quiere, algo más anticuado, pero igual de importante.
Llegar a este lugar impuesto en la planicie húmeda sobre su atardecer, durante esos días de festejo, significó percibir, antes de ingresar a su casco urbano, una numerosa cantidad de humaredas que se alzaban en el cielo y que despedían el exquisito olor del asado argentino. Al entrar en sus calles el visitante se zambulle en un paseo muy singular de casonas viejas y repentinas muestras de modernidad ajenas, todo decorado por un incesante ir y venir de gente que quiere disfrutar de gratos instantes en todo momento. La avenida Solanet, principal receptora del ambiente relajado del lugar, vive una auténtica fiesta popular y el sol de día y las estrellas en la noche, le ganaron la batalla climatológica al mayor enemigo del encuentro, la lluvia, que si fuera protagonista podría arruinar todas las obras culinarias de la zona.
Como en tantas calles, algunas más perdidas que otras y alejadas de los asadores más desarrollados de la ciudad, alguien remueve unas brasas, sobre una vereda, y apuntala uno de los costillares, que se asa junto a un lechón y otros menesteres del asado argentino, en este caso, los más solicitados, los chorizos. Comer carne en Ayacucho es cuestión sólo de andar por aquí y por allá, buscar el lugar que más guste o en donde haya menos aglomeración de deseosos comensales.
A $60 pesos el kilo, la impresionante hilera de 20, 30 o 40 costillares ubicados en la calle, sobre montículos de arena y tierra, cada tantas cuadras, dominan el panorama de la campestre ciudad, repleta de familias y jóvenes muy jóvenes, dispuestos a un encuentro atípico para otros sectores del país, que se continúa hora a hora durante varios días.
Así las cosas dadas, ese grupo de ganaderos, peones y vecinos, que laboriosa y desinteresadamente trabajaron con anticipación a la faena, se transforman en los directos anfitriones del evento, convierten a la localidad en una gigantesca estancia abierta y reciben cordialmente a quién quiera visitarla. Es que casi todos los más de quince mil ayacuchenses esperan con fervor cada año la llegada de una de las fiestas más antiguas de la Provincia y que recibe un promedio de 70 mil personas cada año.
Los jóvenes de la región y otros tantos llegados de variados lugares del país, que coparon los campamentos de la ciudad; también tienen una de sus noches de gloria, citados automáticamente en el “Patio de Tierra”, una explanada enorme de suelo negro, rodeada de puestos gastronómicos de venta y en donde se encuentra el escenario principal. En ese lugar, disfrutan del alcohol y de la música, sin desmán alguno y bajo escaso control policial, para que luego decenas de ellos duerman en el piso de la terminal de ómnibus a la espera de un micro salvador que los devuelva a su lugar de descanso, ya con el sol subiendo en el cielo.
El momento de la Fiesta del Ternero es sin duda el propicio para desplegar los mejores esfuerzos hechos para adornar riendas y cabezadas de caballos, rastras y facones de jinetes, carruajes y desfiles de ordenados equinos; en un acto auténtico de doma, tal cual fervoroso explicaba un locutor de radio local la diferencia entre lo que significa el adiestramiento y el aguante sobre el lomo de un potrillo sin amansar, durante los segundos en que se pueda.
Allí, sobre esa ciudad revolucionada, se presentaron más de 60 artistas musicales a lo largo de la semana y se eligió también a su reina, que en esta edición 2011 recaló su trono en Eliana Buccino; una bella joven que disputó los primeros lugares del certamen junto a Yamila Echauri y Aldana Lagoa, finalmente primera y segunda princesas respectivamente. El premio Miss Simpatía quedó, por su parte, para María Laura Duarte Araque.
Sobre la última jornada de la festividad, se hizo presente en el lugar la política, con la llegada del ministro de Agricultura de la Nación, Julián Domínguez, que se reunió con productores ganaderos junto a los cuales evaluó el impacto del Plan Nacional de Ganadería que lanzó la presidenta Cristina Fernández la semana pasada y en donde se anunció la entrega de 150.000 pesos a la comisión organizadora de la tradicional fiesta y 1.000.000 de pesos al municipio para la asistencia a pequeños productores, que necesitados esperarán lleguen a buen destino.
El ministro estuvo además acompañado por el presidente de la Comisión de Asuntos Agrarios de la legislatura bonaerense, el diputado Darío Duretti, quien expresó: “vamos a legislar para que nuestra ganadería vuelva a ser lo que era, estamos trabajando para corregir cualquier impedimento de orden legislativo que obstaculice el desarrollo en grande de la ganadería de nuestra provincia”. Ayacucho y su gente necesitan que eso se concrete, algo que también se dejó notar involuntariamente de un tiempo a esta parte.
Desde sus inicios, -la celebración nació en 1967, inicialmente en la estancia San Bernardo, para luego llegar a la municipalidad y ser reconocida por el presidente de facto, Juan Carlos Onganía como fiesta nacional- con el sonido de las infaltables guitarras, la muestra de destreza en las jineteadas y el trabajo sostenido al fuerte calor de los fogones durante noche y día; la Fiesta del Ternero, alicaída en los inicios de este siglo, va lenta pero nuevamente a poner su marca de hombres y mujeres de campo, en base al rigor y el trabajo; bien en alto.
Tal cual ocurre en muchos ámbitos, las transformaciones del sistema llegaron a variadas partes de la producción tradicional de la fiesta, desde que cientos de costillares que se asaban a las llamas del quebracho se daban gratis, hasta estos fogones populares que recaudan lo suyo; o bien desde los puestos exclusivamente de campo a la llegada de otros cargados de mercadería con poca autenticidad campestre. Aún así, no deja de manifestarse espontáneamente la tarea rural cotidiana, expuesta con criollismo, literalmente, a la vuelta de la esquina. Porque a pesar de como bien decía el presentador oficial de la fiesta: “aquí no tenemos lindos paisajes”; Ayacucho es un símbolo de lo que puede lograrse con el esfuerzo de sus habitantes; es una oportunidad, aunque sea, para comer buena y mucha carne, sin preámbulo ni demasiada organización alguna y salir un poco del estricto cemento, los cables por doquier y el gris de los edificios, para asociarse, cansinamente, con una imagen que no se ve en ningún otro lado: el campo en las calles de una ciudad. Véngase para Ayacucho, anímese compañero, la edición número 40 lo espera.
La enciclopedia libre
El ternero es la cría macho de la vaca. A los ocho meses pesa aproximadamente unos 200 kilos y es el momento máximo en que se lo desteta de la madre. La yerra refiere a una de las principales tareas del campo: la marcación del ganado. Se hace con un hierro (de allí proviene su nombre) a alta temperatura sobre el cuerpo del animal y suele realizarse durante el otoño, cuando se han ido los calores fuertes del verano, que pueden atraer moscas y generar infecciones en la quemadura y/o herida producida por la marca.



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