La autopista ribereña revela las asimetrías en la calidad de vida de la ciudad

La autopista ribereña revela las asimetrías en la calidad de vida de la ciudad

Antes de que se habilitara la Avenida Costanera “Vuelta Fermosa”, los formoseños daban el paseo de los sábados a la noche o de las tardes de los domingos alrededor de la Plaza San Martín, luego llegaron las confiterías, los bares y el circuito se prolongó por la avenida 25 de Mayo.

Como en otras ciudades todavía chicas, Formosa creció en muchos barrios pero definitivamente para pasear, la Costanera se consolidó como el paseo elegido para dar la tradicional “Vuelta del perro”.

Pero cuál sería la explicación de la “Vuelta del perro” para aquel que nunca la ha vivido. Es el lugar, antes de pocas cuadras y hoy de varios kilómetros, donde la gente da vueltas en sus vehículos a paso de hombre.

Desde la magnificencia de esta vía, hacia uno de los lados podía apreciarse toda la belleza del río Paraguay, atravesar un puente sobre el riacho Formosa y observar a lo lejos, sobre el otro lado, la incipiente obra de la Autopista Ribereña.

Pero como toda “Vuelta del Perro” tiene un retorno, mucho más bello, con aguas danzantes y dos inmensos mástiles con las banderas provincial y nacional, luego la única opción resultaba regresar hacia el punto desde donde todos partían.

Sin embargo era inevitable posar la vista a la distancia, sobre la otra vía en construcción.

La Autopista Ribereña al sobrevenir la rotura de una de las principales avenidas que posibilitaba el acceso a Barrios del Circuito Cinco, abruptamente sin ser poder ser habilitada con pomposos actos oficiales, fue abierta al tránsito.

En su inicio, sobre la plazoleta “5 de Octubre”, la estructura es similar a la Costanera pero menos ostentosa, aún así a medida que era recorrida, el paisaje de la prolija arteria iba contrastando de manera cada vez más abrupta con la Costanera que ahora era la que se veía a lo lejos.

No se veía el microcentro de la ciudad, sino barrios de construcciones humildes, tanto que una de ellas esta lindante y a la altura de la “autopista” por lo que sus dueños tienen como entretenimiento predilecto, sentarse a mirar como pasan los autos.

Luego el viejo puente del Barrio La Maroma y la calle de tierra que después de las últimas inundaciones ha empezado a ser utilizada por partes, un viejo motel, única construcción de ese lado y luego la definitiva imagen donde finaliza el camino.

No hay vuelta de retorno y el recorrido deposita los autos en los barrios del Circuito Cinco, un semáforo y la urbanización de la ciudad ha cambiado definitivamente.

Aunque con algunos semáforos el tránsito es caótico, los motociclistas circulan sin usar casco en gran número, las casas, algunas sobre las calles de asfalto pero la mayoría sobre calles de tierras muestran una urbanización desordenada, aunque con manzanas cuadradas, muchas sin veredas.

La calidad de vida es ostensiblemente distinta en comparación con la que se desarrolla a 15 minutos de allí volviendo en dirección contraria. La autopista ribereña nos lleva del confort del centro pero nos da un preaviso del destino final, con las viviendas precarias hacia uno de los costados.

El nivel económico de muchos de los vecinos del Circuito Cinco no se ve en estadísticas oficiales pero se aprecia por las construcciones y los materiales de sus viviendas, cuanto más alejadas de la principal arteria, más precarias.

Se estima que 80 mil personas viven en los distintos barrios y constituyen el objeto de deseo de casi todos los políticos que tengan ilusiones electorales en la ciudad pero ninguno de ellos ha logrado mejorarles la calidad de vida, crearles fuentes de trabajo o sacarlos de un de los principales lugares en donde se producen la mayoría de los hechos de inseguridad.

Esta nueva vía de comunicación moderna conecta dos realidades totalmente diferentes y a diferencia de la Costanera, cuando unos días atrás se cortó la luz en un tramo de su recorrido la inseguridad invadió de cierta manera con el “cobro de peajes” la nueva obra pública.

Dos sectores de una misma ciudad, conectados por la modernidad pero sin incluir a todos sus vecinos en esa mirada desde el futuro hacia el pasado, todo lo contrario, tendiendo una vía rápida entre las asimetrías de clase media a clase baja, de un calidad de vida a otra distinta. Una vía rápida entre dos realidades.

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