Gimnasia sumó su noveno partido sin ganar, no pudo dar ni dos pases seguidos y no le cobraron un penal a siete minutos del final. Sin fútbol, ¿podrá levantarse?
En el Viaducto triunfaron las custodias, la necesaria previsión. Fue, además de sufrido, un trabado juego de sombras: los cuatro del medio de un equipo vigilaban a los cuatro del medio del otro, y así, impedidos de una gambeta, una pared o una aceleración, se fue la historia. Cada pieza iba con cada pieza, inevitables. Desde la estación de tren de Sarandí se veía cuando algunos de los laterales subían para auxiliar, así que entonces había tiempo para todo: acomodarse, los cuatro del medio y los cuatro de atrás, para que los arcos no sufrieran. Apenas Cuevas, siempre inquieto, veloz, buscó moverse, abrir la cancha, acelerar, pero si no se la sacaba un lateral, se la sacaba un central, siempre igual, mientras que el lejano Alonso esperaba el centro de la gloria, de su vida. Por supuesto, le llegó: de frente al arco, a cinco minutos del final, le pifió a la pelota.
En el fútbol se puede aprender a marcar, a cortinar, a cabecear, y hasta a jugar. Lo que no puede escribirse en un pizarrón es cómo gambetear. No lo hizo Messera, exiliado en la derecha. No lo hizo Leguizamón, abollado por la marca de Agüero, que tampoco dejó que Sava cabeceara una. No lo hizo nadie. Romero intentó de puntín y le salió al medio. Cansado de inventarse sus historias, Cuevas llegaba al arco con los zapatos gastados, y así le salían los disparos: afuera. Casteglione y Matellán se la regalaron a Rinaudo, volante central. Sessa calculó mal en un córner, Matellán cabeceó y Piatti la salvó en la línea. No hubo mucho más. Matellán le puso los brazos a un disparo de Ormeño y cometió un penal que Bassi tendría que haber cobrado, un penal que hubiera cambiado la chapa pero nunca la realidad: Gimnasia juega mal. Cegado por la urgencia de imponerse, ganar, todavía no se ha preguntado cómo. Acaso las sesiones lo ayuden. Eso sí: le quedan seis. Quizá alcancen. Quizá no.
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