En Sarandí, lo venció por 1-0 con un gol de cabeza de Lisandro López. El equipo de Gallego venía de superar a Vélez y a Racing, y caerá en zona de descenso si el lunes San Martín consigue un triunfo en Liniers.
Esa gente, la del contorno, la que fue de rojo y vive de rojo, entiende lo que el equipo se juega. Son los que agotaron las entradas en un puñado de horas y aguantan la impaciencia. Son los que construyeron una fiesta en plena incertidumbre. Son los que gritan hasta la disfonía del día después para que la noche del sábado sea un rincón feliz, a pesar de todo. Ellos, representantes de tantos otros, de los casi 90.000 socios, merecen un escenario menos traumático que el que Independiente les ofrece.
Un rato, el del comienzo, el equipo de Américo Rubén Gallego estuvo a la altura de ellos y de las necesidades. Se animó, fue, intentó, quiso la pelota, se pareció al de los buenos momentos en el clásico reciente. Mostró precisión en la elaboración y se exhibió más desequilibrante en ataque. Sin mucho, claro. Pero Arsenal, el siempre paciente Arsenal, lo fue adormeciendo, lo invitó a su juego de distracción e Independiente allí cayó en esa trampa conocida.
No brindó la solidez de los últimos dos partidos y lo pagó. Morel Rodríguez no fue implacable como en Liniers y ante Racing; Mancuello padeció la velocidad de Benedetto; Tula perdió en el juego aéreo ante Lisandro López (en la jugada del gol, nada menos). En consecuencia, sin garantías de seguridad todo le resultó más complicado a Independiente.
Arsenal tiene una particularidad que la aplica casi invariablemente: consigue que sus rivales jueguen mal. Hay excepciones (frente a los equipos brasileños le cuesta más, parece), pero sucede. Arma su telaraña y va enroscando allí a sus rivales. Y de a poco les va quitando todo: la pelota, las posibilidades y hasta las ganas. Es su especialidad, esa que todos conocen, pero de la que casi nadie consigue escapar. Le pasó ayer a Independiente.
Es cierto, también resultó decisivo otro aspecto: las actuaciones individuales no fueron las mismas que le permitieron vivir un feliz domingo la semana pasada. Después de esos primeros valiosos 25 minutos, ninguno consiguió marcar diferencia. Vargas dejó de ser el dueño del mediocampo, Rolfi se perdió entre las piernas rivales, Ferreyra no llegó por afuera, Fredes participó menos que poco, Miranda perdió continuidad. Y allá arriba, Farías corroboró que este es quizás el peor de sus momentos. Los números lo cuentan: hizo tan sólo un gol en los últimos 1.008 minutos que estuvo en el campo de juego. Tampoco tiene suerte. Y eso, para alguien que vive del gol es un pésimo síntoma.
Gallego intentó variantes. Incluyó más gente en ofensiva. Mandó a Leguizamón, tras la salida obligada de Montenegro. A Caicedo por Fredes, cuando la necesidad se hizo urgencia. Pero tampoco pudo así. El rival, bravo rival, continuó siendo lo que es: un equipo granítico, dispuesto a mandar la pelota hasta el Viaducto sin ninguna inhibición.
Fue con todo lo que tenía Independiente. Inclusive con diez jugadores (por la expulsión de Contrera), ya con Tula como centrodelantero, y expuesto a los contraataques. No pudo ni siquiera en ese final, en esa agonía del partido que tanto se terminó pareciendo a su propia agonía.

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