Llegó hace 40 años con US$ 50 y hoy tiene un restaurante. En las legislativas del martes apoya a una republicana.
Con sólo 50 dólares en el bolsillo, el argentino Hugo Forest acababa de aterrizar en Fairbanks, una ciudad de Alaska a orillas del Círculo Polar Artico, con 30 grados bajo cero. Era enero, hace 40 años, y un viento helado, asesino, no lo dejó salir del aeropuerto para ir al centro, aplastado por la nieve. Había venido a buscar trabajo pero no tenía a dónde ir. “Voy a esperar hasta que amanezca”, pensó Hugo, para así salir de allí rumbo a la ciudad. Y se tiró a dormir en un banco del aeropuerto. Error de principiante: en ese rincón del mundo, en enero jamás amanece, las noches son prácticamente eternas.
Pasaron las horas y Hugo salió igual a buscar trabajo, desolado, sin hablar inglés en ese lugar del Polo Norte donde no conocía a nadie. Fue duro, muy duro su aterrizaje en La última Frontera. Tanto que no tuvo más remedio que pasar –al mejor estilo de la película “La Terminal”– cerca de un mes durmiendo en el aeropuerto.
Con 63 años, Hugo cuenta hoy a Clarín que entonces sentía su destino como una especie de castigo. Nacido en Mendoza, maestro mayor de obras, camionero y piloto frustrado, había partido en 1968 de la Argentina con ánimo aventurero rumbo a Australia, pero en una escala en NuevaYork, se quedó. En Nueva Jersey abrió un restaurante argentino, con el que hizo muy buen dinero, señala.
Pero comenzó una vida disipada y perdió todo . “Cuando me quedé sin un mango, sentí que merecía un castigo”, dice y señala que pensó en los dos sitios más duros del mundo para ir: Africa o Alaska. “Entonces tiré una moneda”, cuenta a Clarín . “Y ¡salió Alaska!” Después de semanas de dormir en el aeropuerto, Hugo consiguió contactarse al fin con la única persona que entonces más o menos chapuceaba el español en Fairbanks , un estadounidense que tenía un restaurante mexicano. Allí consiguió trabajo como lavacopas y luego fue cocinero. Su meta, sin embargo, era la de todos los hombres que llegaban a Alaska en los 70, en plena fiebre del petróleo: trabajar en la construcción del oleoducto que llevaría el crudo desde el Polo Norte hasta el puerto de Valdez. Al cabo de un tiempo, lo consiguió.
“Se pagaba muy bien, llegué a ganar 3.500 dólares por semana”, dice Hugo. Pero era una tarea sólo para hombres rudos, con temple de acero. ¿Cómo se hace para trabajar a la intemperie con 30 o 40 grados bajo cero? “Era muy duro. Nos vestíamos con trajes especiales, muy reforzados, y parecíamos astronautas”, cuenta. “Por seguridad, el sindicato no te dejaba trabajar afuera más de 20 minutos seguidos, así que salíamos en cuadrillas de 10 personas, luego volvíamos adentro a calentarnos y se iba otra cuadrilla. Y después salíamos otra vez”.
Es un trabajo de altísimo riesgo donde se vive en permanente contacto con la tragedia. Si por algún problema algún traje se llega a rajar o se hace un agujero, esa parte del cuerpo se congela y, literalmente, se muere. Puede pasar en sólo minutos. Es lo que sucedió por ejemplo a Vicente Pico, otro argentino que trabajó en el oleoducto y ahora está jubilado en Anchorage. Hombre de pocas palabras, Pico cuenta a Clarín que un día de frío terrible, incluso con los guantes puestos, dejó de sentir las manos. Lo llevaron de urgencia porque ocho dedos comenzaron a gangrenarse y tuvo riesgo de amputación. Luego de meses de tratamiento, lograron salvárselos.
En Alaska se habla de accidentes y de ese coqueteo con la muerte con una completa normalidad. Todos tienen anécdotas para contar sobre lo que aquí llaman el “freezing” (congelamiento) o sobre ataques de osos o lobos. Lo ven, casi, como un destino fatal de la naturaleza .
Hugo trabajó 8 años en el oleoducto. “Me cansé de la soledad”, explica. Y se entiende: en medio de la nada, el ritmo de trabajo era de 2 meses seguidos para descansar luego sólo una semana. Este es otro de los dramas de muchos alaskeños. Los hombres se van por meses al norte y las familias se quedan en el confortable sur. Las tasas de divorcio son muy altas. De hecho, Hugo tiene tres matrimonios en su haber.
Instalado en Anchorage, Hugo se dedicó a la construcción, le fue muy bien y hoy es un conocido empresario, un referente de la comunidad latina y conductor de un programa de tevé que se llama “Latinos en Alaska”. Siempre votó a los demócratas pero, para las elecciones del próximo martes, hace campaña por la senadora Lisa Murkowski, una republicana moderada que se enfrenta a los duros del Tea Party.
Fanático del fútbol y de Carlos Gardel, se dio un lujito: es el dueño de “Tango”, el único restaurante argentino del Estado , donde viven sólo unas diez familias de compatriotas. “Siempre fui un aventurero y un soñador”, dice. Y aquí, en la inhóspita Alaska, este argentino que llegó con 50 dólares en el bolsillo, pudo cumplir el sueño americano.
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