La afirmación fue del médico psiquiatra José Antonio Abásolo, quien ayer por la noche brindó una extraordinaria conferencia en la que abordó la invalidez afectiva en el ámbito familiar como tema central, aunque luego la charla derivó hacia temas mucho más amplios, pero no menos trascendentes. El profesional resaltó el valor del lenguaje, el amor y la poesía, a la que calificó como la verdad vestida de belleza.
Organizado por el Concejo Deliberante, a instancias de un proyecto del concejal Guillermo Sol, y con el auspicio de la Fundación Osde, ayer se presentó en Coronel Suárez el doctor José Abásolo, un médico psiquiatra de vasta trayectoria que analizó en profundidad un gran tema como es el problema de los afectos dentro del ambiente familiar.
El profesional dio muestras de una enorme cultura, pero especialmente de una profundidad especial en el análisis de un tema tan trascendente como el que abordó en su charla.
Abásolo conversó con los medios de prensa por la mañana y allí anticipó parte de la charla que daría por la noche, ante un auditorio cautivado y emocionado por las agudas reflexiones del disertante.
Lenguaje, amor y poesía fueron sus palabras preferidas, sobre las que hizo especial hincapié en la búsqueda de opciones para darle fortaleza a los afectos, a los sentimientos que la vida moderna se empeña en empequeñecer.
Amante de la poesía, el psiquiatra trajo a colación al poeta Baldomero Fernández Moreno, de quien rescató un poema sobre el beso, al que el médico calificó como la culminación del lenguaje gestual.
“Un día sin tu beso carece de sentido”, recordó, dando realce a la importancia que para el poeta tenía ese hecho en su vida amorosa, resaltando que “su tarde es esperanza y su noche es olvido/ Y la una y el otro agotan la paciencia”, enfatizando finalmente que “Día sólo es aquel que esculpe tu presencia”.
Una demostración de conocimiento, pero especialmente de una profunda sensibilidad en un hombre que también citó a Aristóteles y otros autores iniciáticos.
Amor y diálogo
El psiquiatra, durante la conferencia, analizó que la falta de amor y diálogo son dos marcadas carencias de la época, instando a la utilización de los lenguajes adecuados a nuestra condición de humanos, fue por eso que recordó que “adicción significa ausencia de discurso, lo primero que queda secuestrado en un adicto es el lenguaje”, destacando que “el lenguaje es el arma preferida que tiene el alma humana para ponerse en contacto con los demás y si hay pobreza idiomática, la comunicación se torna difícil”.
Dedicó una atención especial a la relación que debe existir entre un padre y un hijo, acusando a la tecnología mal usada de conspirar contra la necesaria comunicación.
Como preeminencia de todas las virtudes le asignó un rol fundamental al amor, primeramente en el seno de la familia y luego con los seres más cercanos que tratamos.
Algunas de las frases que desafiaron a mirar hacia dentro de nosotros mismos buscando la certeza de las convicciones y los sentimientos fueron, por ejemplo: «Degradar el lenguaje es degradar lo humano, para entrar en la chabacanería». “Se ha perdido la vocación de encuentro, la comunicación entre padres e hijos”. “Cuando no se capta el sentido amoroso de la vida la persona se vacía de humanidad”. «Se ha perdido la caricia, el abrazo, los gestos que hablan más que mil palabras». «Un hombre virtuoso debería hablar poco y decir mucho» . «Se deben crear hábitos de comunicación y lectura». «El amor no excluye el deseo, pero no siempre el deseo incluye el amor”. “El amor tiene vocación de eternidad, es de largo aliento, es compromiso, es respeto, es cuidado. Tiene una vocación de querer quedarse porque es de extrañar al objeto amado”.
Todas frases que son una sentencia en sí mismas y que darían, cada una de ellas, para reflexionar durante un largo tiempo.
El universo afectivo
Abásolo apuntó a la necesidad de hablar sobre el universo afectivo de las personas. “Las personas somos intelecto, somos afecto y somos voluntad; se educa el intelecto, se educa la voluntad y también el afecto”, definió, señalando que “cuando hablamos de la inmadurez afectiva, que son formas de la invalidez afectiva, hablamos también de analfabetismo afectivo”. Se preguntó, entonces, por qué un ser humano no ha aprendido a amar, que pudo haber sucedido para que no se concrete ese proyecto amativo que, en última instancia, es un proyecto de libertad. Analizó que el amor, además de resolver el misterio de la vida, está íntimamente vinculado a la libertad; nuestra capacidad de amar es nuestro espacio máximo de libertad. En consecuencia, cuando uno ve las fragmentaciones familiares, los divorcios, las separaciones, los psiquiatras ven donde rastrear, donde bucear, para descubrir por qué ese individuo que nació para la felicidad amativa termina con conflictos emocionales, con dificultad para establecer lazos afectivos tiernos y duraderos con los demás, haciendo una suerte de zapping amoroso.
El psiquiatra sostuvo que esos casos se ven en situaciones familiares en las que prima el desapego, la indiferencia, la pereza, «sobre todo en la modernidad, en la que se ha sumado ese otro intruso como lo es la tecnología, excesivamente racionalista, que aparta del vínculo cara a cara». Claro que no sólo la tecnología conspira para que no ocurra la situación ideal del vínculo afectivo. “Puede decirse que de padres analfabetos afectivos, inmaduros, hay grandes posibilidades de que los hijos también lo sean», definió con énfasis.
Reflexionó más adelante, sobre el mismo tema de las relaciones intrafamiliares y luego de instar al trabajo para que el amor prime en las relaciones, que en contrapartida “la pereza es una especie de tristeza que bloquea y deshumaniza, quien tiene pereza no se instala en el futuro, el hombre optimista tiene proyectos, se instala en el porvenir y planifica, tiene puertos a llegar”.
“Está faltando este discurso en los hogares”, enfatizó, agregando que “la familia está olvidando por culpa de una tecnología avasallante el dedicarse hacia adentro, entonces vemos la vida de los demás y lloramos frente al televisor por lo que le pasa a los otros mientras en casa, a veces, pasan cosas peores”. “Somos homo videns, crecemos desde el nervio óptico, y no nos hace bien”, definió, rescatando, a consecuencia, a la mujer, “que se enamora de lo que escucha, al contrario del hombre, que se enamora de lo que ve”.
“Con Facebook y Twitter se ha perdido el diálogo intervivencial, el abrazarme con el otro o comprender desde la inmediatez”, apuntó, indicando que “esto que pasa le está arrancando a la razón el contenido emocional y la patología final es la disociación, por eso en países como en Japón se está viendo a jóvenes que recorren caminos sólo hacia su interior, lo que culmina en lo que hoy se conoce como alexitimia, que es la dificultad para expresar las emociones”. “Eso se ve mucho en el consultorio, un reclamo de expresiones afectivas por parte del otro”, afirmó.
La vocación de encuentro
“La vida es bella, no es una pasión inútil”, definió, enfatizando que “su gran fundamento es el amor, que busca el bien de los otros, un amor con vocación de eternidad y que establece lazos afectivos tiernos, duraderos, responsables”. “La idea es poder hablar de donde surge este sentimiento connatural en el hombre, que se lo ha banalizado injustamente en los últimos años, por eso vemos grandes disoluciones familiares, hijos que van a la deriva porque no encuentran la contención afectiva dentro de su familia”, apuntó.
Advirtió, entonces, que “lo más claro es que se ha perdido la vocación de encuentro, la comunicación entre padres e hijos, han aparecido nuevos factores, como el mundo virtual, que evita el diálogo entre padres e hijos y así el hijo se empieza a exiliar de la familia y busca alternativas que son bastante más escandalosas, a veces interesantes, pero que no sustituyen en nada la legitimidad afectiva que es el buen vínculo entre un padre, una madre y un hijo”.
“La palabra es la voz del pensamiento”, definió, resaltando luego que “en realidad somos lo que decimos y como lo decimos y si degradamos el idioma estamos degradando lo humano, por eso en el trato afectuoso hay una especie de aristocracia en el lenguaje y en el desamor hay una pérdida del lenguaje porque se instala la violencia verbal”.
Avanzando en la entrevista el doctor Abásolo sostuvo que “cuando no se capta el sentido amoroso de la vida la persona se vacía de humanidad y en última instancia toda enfermedad mental es una enfermedad de los afectos”. “Hay internados en los hospicios que hacen cálculos de álgebra perfectos, que juegan muy bien al ajedrez, tienen un razonamiento indemne, pero tiene afectado el mundo de los sentimientos y los afectos”, apuntó, tomando como un ejemplo un caso actual. “Algo así es lo que pasó con Schoklender que pese a haberse recibido de abogado no deja de ser un psicópata porque en estas patologías lo último que se pierde es la inteligencia. “El loco pierde todo menos la razón”, decía Chesterton, pero es una razón fría que opera en el vacío, le falta el calor afectivo”. “Por eso la gran higiene mental es la familia”, destacó el psiquiatra.
“El mimo, la caricia, el abrazo son el lenguaje gestual de los afectos, lenguajes que culminan con el beso”, señaló, aclarando que “son lenguajes muy decidores y poco elocuentes, y eso es virtuosismo, un hombre virtuoso debería hablar poco y decir mucho”. “Un buen padre no necesita una gran verba, sino que hable diciendo, al contrario de lo que pasa en la mayoría de los programas de televisión, llena de hombres ligth, epidérmicos”, aseguró.
También abordó la cuestión de amor y de deseo, referenciando que “hay que educar el deseo, es un nido de fogosidad real, pero a ese deseo se lo jerarquiza con los afectos y eso es lo que hace que el amor no perezca”. “El deseo se podría decir que es más primitivo, más del ombligo para abajo y el amor es un poco más racionalizado”, dijo, indicando que “el amor no excluye al deseo, pero no todo el deseo incluye al amor”.
“El amor tiene vocación de eternidad, es de largo aliento, es compromiso, es respeto, es cuidado; tiene una vocación de querer quedarse porque es de extrañar al objeto amado”, definió, concluyendo que “la tristeza es un amor ausente, y eso no es depresión, una depresión es una enfermedad de la tristeza”.
Una visita de gran valía, un hombre que sabe que la tragedia existencial del hombre moderno está vinculada a esa dificultad de ponerse afectivamente en el lugar del otro. Y en esa convicción trabaja desde la palabra tratando de brindar herramientas para construir una sociedad mejor, basada e el amor y en la familia.
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