La medida judicial causó pánico en la familia de Romero. La más afectada sería la esposa del senador, quien no concibe viajar en un vuelo de línea
SALTA.- Pasaron veinte años desde que la familia de Juan Carlos Romero abandonó los vuelos de líneas del viejo aeropuerto El Aybal para gozar, a costa de los salteños, del privilegio de viajar alejados de los ciudadanos comunes, simples seres terrenales que deben llegar una hora antes, hacer fila, cargar su propio equipaje y embarcar por la ahora remodelada "Puerta 2”.
Aunque Carlos Gardel asegura "que veinte años no es nada”, para los Romero fue la mejor época, pues los apartó de lo tedioso que significaba para ellos tener que hacer cola junto al resto de los mortales, desandar los corredores en busca de su lugar en un avión de línea.
En los últimos días, la noticia de que un juez penal: Ignacio Colombo, analiza desalojar al ex gobernador y su familia de ese paraíso del que gozan ilegalmente desde hace ocho años en el predio de la Dirección de Aviación Civil, los Romero entraron en pánico, en especial Doña Carmen Lucía Marcuzzi, quien se la nota más angustiada que la noche de la PASO, cuando su marido sufrió su peor derrota electoral.
Para colmo, el abogado dogmático de la familia, Oscar Pedro Guillén, se encargó de humillar y desprestigiar al juez Colombo como un "joven novato” de la justicia, por lo que ya dan por descontado que de un momento a otro, los oficiales de justicia y la policía aparecerán por el hangar para desalojarlos.
La sola mención de que esta diligencia judicial impulsada por el fiscal penal, Rodrigo González Miralpeix, pueda concretarse en cuestión de días es suficiente para generar profundas discusiones respecto a las peripecias que deberán enfrentar en su retorno al ahora Aeropuerto Martín Miguel de Güemes.
Obviamente, todas las miradas, sobre todo la de Doña Carmen, están centradas en el senador nacional, quien hasta el momento no reaccionó ni tampoco ordenó ningún contraataque a las viles intenciones de la Justicia de desalojarlos del hangar que se autoadjudicaron a fines de 2007.
¿Dónde irá a parar el helicóptero LVYRC, Bell 407?, ¿Qué será del avión Leartjet, LJ45, serie 50?, son por estas horas algunas de las preocupaciones más importantes de los Romero, en especial del senador, un amante apasionado de las aeronaves.
Por ellas, Romero se animó a quedar claramente en evidencia cuando al fin de su tercer mandato, maniobró ilegalmente para apropiarse de un hangar, el cual previamente reacondicionó con todos las comodidades necesarias para alojar allí a sus preciosas aeronaves, las cuales habrían sido adquiridas a partir de maniobras perjudiciales para la Provincia.
Para ello, el ex gobernador no reparó en utilizar a su propio hijo, Juan Esteban Romero, para poder concretar la autoadjudicación del hangar, una debilidad por la cual muy pronto podría ir a juicio por los delitos de fraude y/o negociaciones incompatibles con el ejercicio de la función pública.
Por ello, la medida de pedir su desalojo como si se tratara de aquellos "okupas” que solían asentarse en las adyacencias del mítico Centro Cívico Grand Bourg, fue tomada como una afrenta por los Romero, quienes ahora esperan el llamado para abandonar el hangar y regresar a los pasillos del aeropuerto.
A tener que someterse a la requisa de su equipaje y peor aún, a la posibilidad de que algún efectivo de la Policía Aeroportuaria ose pedirle que levante los brazos para ser palpados, una modalidad de la que nadie está exento en los vuelos de línea, por más que viaje en primera clase.
Tener que esperar y acertar el pie en la escalera mecánica, desandar el último corredor y tener que esperar en las filas de asientos para el embarque o, peor aún, agolparse alrededor de la cinta de equipaje para manotear las maletas y salir rápidamente del aeropuerto, son escenas que los Romero asumieron como cosas del pasado.
Hoy, en el filo de la carrera política del ex gobernador, todo empieza a derrumbarse, entre ellos este privilegio de volar desde su propio hangar, sin control, sin esperar y con todos los mimos de las estrellas de cine, lujos que los Romero gozaron por veinte años a costa del dinero de los salteños.

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