En tiempos donde el Frente para la Victoria le hace “ole” a cualquier tipo de propuesta de debate, el jefe de Gabinete de la Nación y candidato a Gobernador de la Provincia, Aníbal Fernández, apela a una cuestionable manera de responder a graves acusaciones opositoras: “Me ataca porque gusta de mí”, “Se quejan porque pierden”, “Me ganó, porque no mato animales”, se encuentran entre algunas de sus frases resonantes.
Con gracia y una visible animosidad de sorprender a los periodistas, Aníbal hace gala de su ingenio a la hora de repartir “respuestas” y agravios en tono adolescente. A cada polémica declaración, le sigue una catarata de vitoreos oficialistas, que celebran el perfil jocoso del funcionario. En tanto, se desata una oleada de indignación por parte de sus detractores.
No obstante, más allá de lo mediático de los cruces, hay una gravísima cuestión de fondo: el más probable (según encuestas) futuro Gobernador de la Provincia, desvía con sus derrapes verbales los temas por los cuales se lo acusa: fuertes vínculos con el narcotráfico y apoyo a prácticas electorales fraudulentas.
La descalificación de estas denuncias radican sólo en humoradas, pero ninguna frase en defensa propia. Para Fernández, se trata de una salida simple y rápida a chicanas, en el marco de su particular estilo. Pero el apoyo de sus copartidarios y militantes a esta manera de referirse a temas que afectan seriamente a la sociedad, teniendo en cuenta su investidura, es el resultado “colateral” más preocupante, que deja entrever el estado de los valores de la construcción política actual.

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