Algo huele mal en Tucumán

Algo huele mal en Tucumán. No es la Justicia que archiva las causas que incomodan al Gobierno y a sus socios políticos y comerciales; ni los ascensos discrecionales de familiares, amigos, novios y choferes en Tribunales.
Hay mal olor. No son las adjudicaciones directas de obras públicas a empresas, sospechosamente vinculadas al buró gobernante, con domicilios legales donde moran parientes de funcionarios, choripaneros o albañiles. Ni los sobreprecios, ni el asfalto que dura cuatro tormentas, ni las casas que se adjudican a gente que no las necesita, más que para hacer negocios.

Algo huele mal, muy mal en Tucumán. No son las candidaturas testimoniales de los señores feudales que gerencian las listas como si fueran pymes; ni los planes sociales que se quedan a mitad de camino, o que se descuentan en comisiones, o con los que se untan circuitos electorales y punteros.

En serio, algo huele a podrido. No es el reparto millonario de billetes con el que José Alperovich compró la reforma constitucional que le permitió un tercer mandato. Tampoco, las mafias enquistadas en la Policía, ni los 84 homicidios que se registraron en 2013, ni la ciudad sitiada por los sicarios del motoarrebato, ni los cárteles del narcotráfico batiendo récords de venta. Eso sí, ahora el Gobierno les cayó encima y los amenazó con una ley que les arruinará la fiesta: les advirtió que a partir del año que viene serán perseguidos por la Policía tucumana y la Justicia provincial…

Algo huele horrible en Tucumán. No son las toneladas de basura desparramadas por toda la ciudad, ni los accesos terrestres más feos, sucios y descuidados de todo el país; ni la disminución alarmante de espacios verdes, en una metrópolis donde el único código de planeamiento urbano que se respeta es el que impone el mercado inmobiliario. Tampoco es la tala indiscriminada ni el desmonte de los patrones de la soja, incluso de tierras fiscales, mientras en Casa de Gobierno se hacen los distraídos.

El mal olor es muy fuerte en Tucumán. No son las estadísticas oficiales sobre el desempleo y la pobreza adulteradas; ni el 46% de empleo en negro; ni el preocupante nivel de improvisación que exhibe esta gestión en temas de Estado -con la inseguridad a la cabeza-; ni el transporte público deficiente, ni el tren urbano que ya se inauguró cuatro veces en diez años y sigue parado. Tampoco es el comercio ilegal, que tuvo en el alperovichismo a su mejor aliado, al punto que tardaron ocho años en hacer cumplir el fallo judicial que ordenaba erradicar a los ambulantes del centro. Lo hicieron, por ahora, sólo de las seis cuadras peatonales, aunque el negocio sigue saludable.

El mal olor es evidente, en todos lados, a toda hora. No es el reparto extorsivo de fondos a municipios y comunas para tenerlos de rodillas; ni el soborno a los legisladores obsecuentes, mediante los millonarios gastos sociales de los que nadie rinde cuentas; ni los dislates verbales de la acaudalada senadora que ahora transpira junto al pueblo; ni las barras bravas del narcomenudeo, la violencia y los negociados del fútbol, bancadas por los dirigentes del deporte y la política.

Algo huele muy mal en Tucumán y no son las cloacas colapsadas, ni la falta de agua en vastas zonas de la capital y del interior. Ni los cortes de luz recurrentes en verano. Ni la contaminación de los ríos y del aire, que se agrava durante los cinco meses de la zafra a niveles escandalosos.

Nos referimos, en cambio, a ese olor nauseabundo, putrefacto, que ningún funcionario ni técnico consultados por este diario supo responder de dónde proviene -muy similar a la vinaza- y que vienen soportando los tucumanos desde hace varios días. Un misterio, que quizás se explique en la sumatoria de tanta podredumbre junta.

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