Dice que el aumento de la violencia "es un dato objetivo". Y que hay terceros que suelen ser cómplices.
"El lugar para ejercitar valores y virtudes es el hogar, y el momento la primera infancia".
—¿Necesariamente quien ejerce bullying es porque antes sufrió actos de violencia?
—Por supuesto, esas cosas no surgen solas. Los dos, víctima y victimario, emergieron de un sistema familiar, por eso un tratamiento adecuado debe incluir a todos. Un chico violento sin dudas que proviene de un hogar violento, allí hay que rastrear el origen del problema. Después lo vuelca en la escuela o en otras relaciones.
—¿El bullying es siempre un problema entre dos?
—No, hay un tercero, un grupo necesariamente mayor, compuesto por testigos silenciosos que son cómplices si no denuncian y ejercen ciertos estímulos.
—¿Nota que hay más violencia escolar en la sociedad actual?
—Sí, es un dato objetivo. Por un lado hay más difusión de los medios masivos, por el otro vivimos en un sistema social egoísta, que cosifica al otro. Todo esto provoca más visibilidad de los casos que se producen.
—¿El problema está en la familia o en la escuela?
—El lugar para ejercitar valores y virtudes es el hogar, y el momento la primera infancia. Lamentablemente hoy no pasa esto, los papás salen a trabajar porque con un sueldo no alcanza y ese sistema perverso hace que lleguen tarde y cansados a casa. Entonces no se dan cuenta de que los hijos los necesitan, no les dedican el tiempo mínimo necesario. Los padres estamos en una especie de recreo, casi siempre el primero que detecta el problema es el docente, por eso es importante que lo capaciten.
—¿Y dónde entra la escuela?
—Tiene una función básica que es impartir conocimientos, a la que le agregamos una adicional que es la contención de esos chicos que los padres “depositan” en la escuela con una especie de alivio. Entonces puede hacer poco y no le corresponde hacer más, está inmersa en un ambiente social violento, donde el modelo a seguir es conseguir todo a la fuerza y no con esfuerzo.
—¿Pero cuál es la obligación de la escuela entonces ?
—La escuela debe informar los hechos, nada más. Y quizá podría tratar el tema en las aulas, así como trata la educación sexual. Hablar de violencia con los chicos, mostrar que es negativa, abrir el debate, dejarlos expresarse. Pero a los efectos prácticos, su función termina en la detección y la denuncia.
—¿Es lo mismo una ciudad grande como Buenos Aires que una más chica como San Luis?
—La violencia tiene efecto pandémico, como otras patologías. No respeta ciudades chicas. Yo pongo el ejemplo del HIV, se decía que a San Luis no iba a llegar y llegó más rápido de lo pensado.
Sin estadísticas
Resulta complicado conocer la evolución de la violencia escolar. Hay legislación de apoyo al protocolo elaborado por la Justicia y una mayor atención de las autoridades para prevenir el bullying. Pero faltan números concretos porque las escuelas tienen tendencia a restarle visibilidad al problema, creen que no es una buena publicidad y los papás, salvo casos extremos a los que no les encuentran solución efectiva, tampoco quieren exponer a sus hijos a la opinión pública. Eso limita el campo de acción de los psicólogos, aunque Jaimez arriesga una percepción muy personal.
—¿Hay estadísticas para poner en números este fenómeno?
—No las tengo, puedo hacer una estimación muy precaria. Creería que los casos aumentaron un 50% el último año, pero es un cálculo sin rigor científico ni estadístico, sólo un dato que arroja la realidad. De todas maneras, a cualquier estadística que se haga pública hay que multiplicarla por nueve, por los casos que ocurren y no se denuncian. El temor social está muy arraigado y lleva al silencio.
—¿Cuál es el rango etario más propenso a caer en el bullying?
—La pubertad y la primera adolescencia, entre los 10 y los 16 años. Pero es un mal que se extiende hacia arriba y hacia abajo con una velocidad preocupante. Hoy hay casos en Nivel Inicial.
—¿Cuál es la diferencia con las cargadas de unos años atrás?
—Siempre existieron el gordito, el rengo, el tímido, el amanerado. Pero antes había un chiste circunstancial, un apodo doloroso y nada más. El bullying es otra cosa, un acoso permanente que en determinados chicos puede terminar en el suicidio si no se lo detecta a tiempo o no se le da la importancia que requiere.
—¿Qué opina del padre que le dice a su hijo que devuelva la agresión?
—Es lo peor que puede hacer y lamentablemente ocurre muy seguido, a veces fruto de la impotencia. Es una vuelta a la Ley del Talión, al ojo por ojo. No es el camino, pero si el padre es violento, el chico va a repetir conductas.
—¿Cómo es el accionar del acosador?
—Tiende a aislar a la víctima y a partir de que está solo, ejerce violencia. Primero psicológica y después puede llegar a ser física. El chico acosado no tiene a quién recurrir, sufre un miedo que lo inmoviliza, siente que no puede pedir ayuda. Entonces está a merced del otro, que lo carga, lo agrede, le roba, le cobra “peaje” y todo lo que se le ocurre con total impunidad.
—Pero se requiere inteligencia para hacer eso.
—Claro, toda psicopatía requiere inteligencia. El acosador suele ser un líder, una persona cruel, que sabe dónde golpear. Pero no olvidemos, como dije antes, que es una víctima de su pasado también. No hay que criminalizarlo.
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