Casi en forma silenciosa, mientras celebrábamos las Pascuas, mientras otros con mucho esfuerzo viajaban a algún destino turístico para aprovechar el fin de semana largo, nos desayunamos con aumentos de todo tipo: en combustibles, peajes, transporte, en los servicios de luz y gas.
No es casual que los incrementos se hayan acumulado, como quien no quiere la cosa, en pleno feriado, cuando los ciudadanos se relajan y despegan los ojos del televisor y del diario. Tampoco es algo que sorprenda: a esta altura, asumimos los tarifazos como un mal de época.
Sin embargo, hay preguntas que nos desvelan: ¿A dónde conducen estos aumentos? ¿Cuál es el plan económico para que estas medidas que hoy castigan a la mayoría del pueblo argentino redunden en un futuro mejor? ¿Hay una luz al final del túnel?
El panorama se presenta difuso por varios motivos. Uno de ellos es que las subas anunciadas le echan nafta al fuego de la inflación, que ya tiene una proyección anual del 24,8%, lejos de la meta del 15% fijada por el Gobierno.
Cualquier economista da por descontado que el aumento en los combustibles impactará en el precio de los alimentos de la canasta básica que, a falta de trenes, deben trasladarse en camiones, con el costo que ello implica.
En el mismo sentido, el encarecimiento de los servicios, de los insumos y materias primas, la voracidad de un Estado que se queda con el 70% de la producción industrial, hacen prácticamente imposible que una PyMe pueda apostar a la generación de empleo genuino. El empresariado nacional, en tanto, tiene vedado el acceso a los créditos blandos, que le permitirían comprar maquinarias para producir valor agregado al menor costo posible. Las economías regionales también forman parte de esta realidad adversa que las castiga con una sequía sin precedentes y un Estado que no les da impulso.
En la Provincia, un capítulo aparte merece el ya conocido drama del Astillero Río Santiago, motor del país en sus años dorados, pero que hoy está en vías de extinción.
Sin estímulos para la producción y la creación de trabajo, la pobreza gana cada vez más espacio en territorios de una riqueza inconmensurable como nuestra Pampa húmeda, en la que, como hemos dicho en tantas oportunidades, está todo por hacerse.
Así, cuesta ver la luz al final del túnel. Porque, por ejemplo, el dólar se encarece y entonces el Gobierno no tiene mejor idea que fijar las tasas de interés en pesos alrededor del 27%, convirtiéndonos en el país con los valores más altos en el mundo.
La ecuación es sencilla: no hay producción que dé una ganancia cercana al 27%. Otra vez, el sistema financiero, que nunca pierde ni arriesga, se convierte en el gran ganador de la era. Mientras, la reactivación económica, las inversiones y la lluvia de dólares brillan por su ausencia.
Es entonces cuando el ciudadano de a pie, con menos posibilidades de supervivencia digna, siente que no hay salida: porque camina sobre el terreno minado que dejó el kirchnerismo y advierte que el Gobierno actual, que prometió el cambio, no desactiva aquellas minas.
¿Acaso a quienes hoy nos gobiernan los obnubila el dinero y el poder? ¿Podrán dormir tranquilos sabiendo que, teniendo en sus manos las riendas del país, todavía hay parias que viven entre la misciadura y la indigencia?
Queremos creer que no. Como también esperamos que a esta altura, cuando ya pasó más de la mitad de su mandato, la gestión actual presente un plan de gobierno, con estrategias visibles y virtuosas capaces de dar esperanzas al común de la gente. Para que, por fin, podamos ver esa luz al final del túnel.
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