Pobladores de algunos campos de la Región Sur rionegrina tienen por primera vez un servicio básico como el del agua potable. Hubo que trabajar mucho para que llegue a sus predios, donde ya planean huertas y baños con más confort. Un criancero tenía que acarrear 220 baldes de 20 litros cada día para sus animales.
"Ahora sí vale la pena vivir en el campo", sostiene María Caril, una campesina de la zona de Jacobacci que hace poco más de un mes fue beneficiada por una obra de captación, conducción y almacenamiento de agua que le permitió mejorar sustancialmente su calidad de vida.
Desde hace 47 años María habita una humilde vivienda a unos 5 kilómetros del casco urbano de esta ciudad. Allí cría unas 60 cabras y 25 ovejas en un terreno fiscal. Según cuenta, llegó a ese lugar cuando era bebé y con el paso de los años tomó la posta que le dejó su padre. Allí crió a sus cinco hijos y continuó hasta ahora luchando contra numerosas adversidades como la intensa sequía que la dejó prácticamente sin animales, el temporal de lluvia que azotó la zona en abril de 2014 y que le provocó el derrumbe de una gran parte de su casa.
Abrir la canilla y regar el patio no era nada fácil. Ahora pueden hacerlo y piensan en cómo sus rutinas irán cambiando.
Sin embargo nunca bajó los brazos. Su fuerza de voluntad y su optimismo le hacen mirar siempre para adelante. "Tuvimos que soportar muchas cosas malas… pero eso ya pasó. Hoy la situación es mejor que hace unos años. El poder tener agua todo el día y en la puerta de la casa me ha cambiado la vida. Hace que valga la pena vivir en el campo. Siempre sacamos agua del jagüel con un balde y así les dábamos a los animales y también teníamos que traerla a la casa para poder cocinar, lavar la ropa, para el aseo personal, etc. Ahora sólo tenemos que abrir la canilla. Además tenemos dos tanques de reserva. Me ha solucionado un gran problema", señala mientras levanta en sus brazos a su primera y única nieta Eugenia, de un año, que la visita periódicamente.
María integra la Cooperativa Ganadera Indígena y fue la primera beneficiaria del Programa de Asistencia a las Poblaciones Afectadas por la Erupción del Volcán Puyehue que lleva adelante la Cooperativa de Agua y Otros Servicios Públicos de Jacobacci junto a esta organización de productores y que comprende obras de captación, conducción y almacenamiento de agua.
La obra que se ejecutó en su campo la motiva a proyectar. Con mucho esfuerzo y la ayuda de sus hijos está reconstruyendo su vivienda y sueña con poder construir una mesada con una bacha e instalar una canilla en la nueva cocina que diseña. También un baño instalado, aunque admite que los costos que debe afrontar para poder hacerlo son "muy elevados y se me hace difícil. Pero vamos a ver… quizá lo puedo hacer de a poco".
Por otro lado quiere reflotar una vieja tradición que inició su padre y luego ella continúo hasta que la provisión de agua se lo permitió. "Conseguí 15 arbolitos. Son olmos y los voy a plantar cuando crezcan un poco más. También estoy pensando en hacer una huerta. Acá, antes cosechábamos papas, zanahoria, lechuga, tomate….. verduras para consumir en la casa. Lo que sí tengo que conseguir primero es alambre para realizar un cerco porque sino las chivas me la comen. Pero lo voy a hacer", sostiene sonriente.
La gente de la Cooperativa en pleno trabajo para que los pobladores tengan agua. La tarea es ardua, pero el resultado es fenomenal.
A unos 50 kilómetros al sur de la casa de María Caril, Juan López cría unas 540 chivas en un campo recuperado por su familia, pero sólo 200 son de su propiedad. Juan vive solo en medio de una pampa, en la zona de Colitoro, donde el agua es muy escasa. Hasta hace unos años, tenía que llevarla desde Jacobacci en un camión cisterna para poder darle a sus animales y para su consumo. Hasta que personal de la Cooperativa de Agua, a través de un proyecto de Ley Ovina le construyo un jagüel. "El jagüel me sirvió para que no tenga que acarrear más agua del pueblo. Fue un trabajo que hice durante siete años. Hasta que me pusieron el sistema de bombeo, hace poco más de un mes, tenía que sacar 220 baldes de 20 litros por día para darle a los animales. Me llevaba mucho tiempo y quedaba destruido, pero tenía que hacerlo sí o sí porque cuando al animal le falta el agua se te enflaquece y se te muere. Esta obra me ha cambiado mucho y vivo más tranquilo", afirma.
Diariamente el hombre recorre el campo pastoreando sus animales y al mediodía los arrea para la zona donde se ubican los bebederos para que se puedan hidratar.
El campesino recuerda que cuando sacaba agua con el balde del jagüel, el líquido salía turbio. "El agua se revolvía y se ensuciaba. Esperaba que se aclare para poder tomarla o para lavar la ropa o cocinar. Ahora sale limpita. Es una garantía este sistema que me pusieron". Juan admite que por el momento y debido a la gran erogación que debe realizar, no tiene pensado construir un baño instalado ni reformas en su vivienda, aunque sí proyecta comenzar a construir una pequeña huerta.
Desde lo más simple, el agua llegó como una bendición para esta parte de Río Negro, donde abrir la canilla y conseguirla era un tema lejano.
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