Por: Ricardo Kirschbaum.¿A quién creerle? ¿A la vocación negociadora de Pampuro? ¿O a la cerril negativa de Randazzo? Quizá no hay que confiar en ninguno porque, ya se sabe, el diálogo y la negociación han sido, para el Gobierno, una simulación para ganar tiempo, recuperar fuerzas y asestar otro mazazo cuando las condiciones estén dadas.
Difícilmente el Gobierno acepte reabrir el debate sobre el Presupuesto y, menos aún, sobre la emergencia. Teme perder las herramientas que hacen que la reasignación de partidas se haya convertido en una poderosa arma política. Y tampoco Cristina quiere entregar la cabeza de Marcó del Pont, quien ya ha advertido que si el Senado le niega el acuerdo dejará el Banco Central.
Ante la posibilidad de otra derrota parlamentaria, y con el horizonte oscuro en la Justicia, el Gobierno busca alternativas y oscila entre la negociación y el desacato abierto.
Eso explica los gestos contradictorios del oficialismo frente a una oposición que necesita distinguir la necesidad del engaño.
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