Marcos Antonio Maldonado, que llegó a Mar del Plata hace más de 25 años, proveniente de Santiago de Chile, conversó con “el Retrato…” acerca de la profesión que ya no se ve frecuentemente en las calles de la ciudad. Contó cómo está el mercado en la ciudad y algunos detalles clave de su trabajo.
Uno de los que todavía subsiste es Marco Antonio Maldonado, chileno él, que desde los 16 años vive en Mar del Plata. “Me enseñó un muchacho italiano que llegó de Buenos Aires. Lo conocí un día en la calle y le presté atención. Con el tiempo, a la profesión le tomé cariño y hoy en día puedo decir que vivo de ella”, susurró en medio de una distendida conversación con “el Retrato…”.
Hace unos 25 años que el nacido en Santiago de Chile subsiste gracias al oficio del afilador. En principio, porque “no tengo mucha competencia” y porque, a su vez, “ya tengo mi clientela. Justamente, me llaman de restoranes, café y alguna que otra casa de familia. Las carnicerías no, porque ellos mandan a las casas de afilaciones”.
Tras acotar que en Dellepiane 2932 tiene su “bunker” de trabajo, también se presentó como pintor de obras y colocación de membrana, pero en diálogo con este medio hizo foco en las afilaciones, de todo tipo, puntualmente de cuchillas y cuchillos. “Las cuchillas están a $25 y los cuchillos entre $7 y $8”, dijo.
Sin embargo, lamentó que “las personas prefieran los artículos extranjeros a los nacionales, cuando tenemos muy buenos chuchillos y chuchillas”. Acto seguido confió que los cuchillos Tramontina, con su clásico serrucho, también puede afilarse: “Muchos dicen que no, pero si lo hacés con cuidado, y sabiendo, te quedan de 10”.
Acorde a sus 25 años de experiencia, Marco sostuvo que “la clave está en la mano, no es la piedra o en la hoja del cuchillo. Por más que uno tenga las mejores herramientas para afilar, si no sabe cómo usarlas, no sirve de nada. Afilar y afilar es lo que lleva a uno hacer bien las cosas”.
A modo general, analizó que “somos tres o cuatro los que vivimos de esto en Mar del Plata. Quizás haya alguno más, pero no lo conozco. Tenemos que andar todo el día en la calle, pateando con nuestra bicicleta” y luego esbozó, risa mediante, que “si tuviera que arrancar otra vez desde cero, sobre todo en los tiempos que correr, elegiría sin dudas otra profesión”.
Un poco de historia:
El de afilador es uno de los oficios más característicos del mundo rural gallego, en particular del norte de la provincia de Orense, y más concretamente de los municipios de Castro Caldelas, Esgos,Chandreixa de Queixa, Nogueira de Ramuín, Pereiro de Aguiar, San Xoán de Río y Xunqueira de Espadañedo. Mezcla de saber técnico y oficio itinerante, la ocupación de los afiladores gallegos los llevó por el mundo adelante ejerciendo una peculiar forma de emigración estacional.
Existe constancia de la existencia de afiladores ambulantes gallegos desde hace tres siglos. Es, por lo tanto, un antiguo oficio que resistió las inclemencias de la historia gracias a la tenacidad de estos hombres curtidos en las más duras condiciones laborales, familiares y personales.
El medio de trabajo del afilador era la rueda o tarazana, primero transportada a espaldas del afilador, y más tarde rodando. Fue en la segunda mitad del siglo XX cuando la emblemática tarazana fue sustituida por herramientas más modernas, como la bicicleta o la motocicleta equipadas con la rueda de afilador.
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