Hiroo Onoda murió a los 91 años en Tokio. Había sido encontrado en 1974, en su puesto, en una isla de Filipinas.
Atrapado en una urdimbre del tiempo, Onoda fue uno de los últimos reductos de la guerra: un soldado que creía que el emperador era un deidad, y la guerra una misión sagrada; que sobrevivió gracias a las bananas y los cocos, y a veces asesinó a pobladores que suponía eran enemigos; que finalmente regresó a casa, a la tierra del loto, el papel y la madera, y que resultó ser un mundo futurista de rascacielos y destrucción atómica.
La historia y la literatura japonesas están repletas de héroes que permanecieron leales a una causa, y Onoda, un hombrecito delgado, de modales dignificados y porte militar, les pareció a muchos un samurai antiguo, que ofrece su espada como gesto de rendición al Presidente de Filipinas, Ferdinando Marcos, quien se la devolvió.
Y su regreso a casa, con multitudes que gritaban, agitaron a su país con un orgullo que muchos japoneses han considerado como algo faltante en los años de la posguerra, de prosperidad y materialismo creciente. Su suplicio de privaciones podría haber parecido una pérdida para gran parte del mundo, pero en Japón era un recordatorio conmovedor de las cualidades redentoras del deber y la perseverancia.
Sucedió con una simple orden. Como lo relató en sus memorias después de llegar a su país, la última orden de Onoda a comienzos de 1945, fue permanecer y luchar. Leal al código militar que enseñaba que la muerte era preferible a rendirse, Onoda, un teniente segundo, se quedó en la Isla Lubang, a 140 kilómetros al sudoeste de Manila, cuando las fuerzas japonesas se retiraron, a la luz de la invasión norteamericana.
Después de que Japón se rindió en agosto, miles de soldados japoneses quedaron desparramados por China, el Sudeste de Asia, y el Pacífico Occidental. Muchos rezagados fueron capturados o volvieron a casa, mientras que cientos de ellos se ocultaron. Muchos murieron de hambre o enfermos. Unos pocos sobrevivientes se negaron a creer los panfletos arrojados y los anuncios radiales que afirmaban que se había perdido la guerra.
Onoda, un oficial de inteligencia entrenado en tácticas de guerrilla, y tres hombres enrolados con él, encontraron panfletos que proclamaban el final de la guerra, pero creyeron que eran trucos de propaganda. Construyeron chozas de bambú; comieron bananas, cocos y arroz tomados de una aldea, y faenaron vacas para comer su carne. Atormentados por el calor tropical, las ratas y los mosquitos, emparcharon sus uniformes y mantuvieron sus armas, funcionando.
Onoda fue encontrado por Norio Suzuki, un estudiante que lo buscaba en 1974. El teniente rechazó sus pedidos de volver a casa, insistiendo en que todavía esperaba órdenes. Suzuki regresó con fotografías, y el gobierno japonés envió una delegación a liberarlo formalmente de su deber. Cuando se le preguntó que tuvo en mente todos esos años en la selva, dijo: “Nada más que cumplir con mi deber.” Onoda fue evaluado por los médicos, quienes lo encontraron en una condición sorprendentemente buena. Le otorgaron una pensión militar y firmó un contrato por $160.000 para escribir sus memorias: “No Rendirse: Mi Guerra de Treinta Años.” En los últimos años, vivió en Japón y Brasil, donde fue honrado como ciudadano honorario en 2010.
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