Especialistas en clima advirtieron que lo sucedido el sábado de la semana pasada en la ciudad, así como las inundaciones en Capital y La Plata, no son casualidad. Van a suceder cada vez más seguido, según reconocen el ingeniero Eduardo Sierra, la doctora Cintia Píccolo y el meteorólogo Daniel Dodero.
Y mientras nos detenemos en esa coyuntura, los extraños fenómenos meteorológicos avanzan, en cantidad e intensidad.
Los sufrimos los bahienses el sábado de la semana pasada, con una breve pero fuerte lluvia y granizada que provocó anegamientos, evacuados y destrozos, y lo padecieron con extremo dramatismo los porteños y platenses, luego de sendas inundaciones sin precedentes desde lo fatal.
"Esto va a pasar cada vez más a menudo".
Lo reconoce María Cintia Píccolo, doctora en Oceanografía, licenciada en Ciencias Meteorológicas, investigadora del Conicet, profesora de la UNS y coautora (junto a sus colegas Alicia Capelli y Alicia Campo) del laureado libro "Clima urbano en Bahía Blanca".
También lo asienten el ingeniero agrónomo, climatólogo y docente de la UBA, Eduardo Sierra, conocedor del sudoeste bonaerense, y el meteorólogo Daniel Dodero, titular de la empresa de servicios Satelmet.
"Esta situación de aumento de intensidad y frecuencia es a nivel mundial", afirma, a su vez, el doctor Eduardo Gómez, especialista en Oceanografía del IADO.
Gómez está convencido de que el cambio climático sucede "por cuestiones naturales" y que la mano humana "nada puede hacer" salvo adaptarse.
"Si fuera causante la emisión de gases del efecto invernadero a la atmósfera tampoco lo podríamos revertir porque, por más que no se quemaran más combustibles fósiles, que no haya más vehículos circulando, tardaríamos más de 100 años en bajar los niveles de dióxido de carbono", opina.
El especialista insiste en que todos las modificaciones del clima de los últimos 10 mil años fueron mucho más importantes que la actual y que en cada ciclo solar hay oscilaciones de entre 50 y 200 años, con cambios de temperatura más veloces.
"Tranquilamente ahora mismo podemos estar en uno de esos picos. A largo plazo, sí, vamos hacia un calentamiento, pero hay que esperarlo para dentro de unos 600 años", reflexiona.
Para Sierra, el calentamiento del globo "es real, pero está exagerado. Es medio grado más que lo que se considera normal".
"Hay que tener en cuenta que el Océano Atlántico está 30 o 40 años frío y otros 30 o 40 caliente y que en 2000 empezó su fase caliente, lo cual provocó la vuelta de huracanes en Nueva York, las tormentas costeras y la sequía en el interior. Lo mismo se advierte en Argentina. Ahora estamos en una racha de 5 o 6 años más tormentosos, que terminaría posiblemente en 2015", explica.
"Isla de calor". Más allá de estas cuestiones, puramente naturales, Sierra destaca la incidencia de lo que llama "isla de calor", consistente en la radiación que emite la ciudad por la actividad de vehículos, fábricas, calefacción y refrigeradores de aire.
"De noche, en las grandes ciudades, uno ve la `selva' de las luces de alumbrado, que tienen 1.500 watts y son miles", afirma.
Cuando un frente con poca actividad choca con la "isla de calor" se convierte, en minutos, en una tormenta localizada severa, que puede ser previsible, pero no pronosticable, agregó el especialista.
"Bahía Blanca es una ciudad que tiene mucha industria y eso genera gran energía y una isla de calor concentrado y no difuso como la de Buenos Aires. Por eso Bahía es candidata a tormentas como las del otro sábado", comenta.
Ser previsibles y no pronosticables quiere decir que se pueden advertir las condiciones adversas tres o cuatro días antes, aunque no confirmar con precisión hora y lugar del meteoro.
"No hay pronóstico para los tornados, por ejemplo, porque tienen una vida promedio de media hora", explica.
El meteorólogo Dodero, por su lado, sostiene que "la nuestra es una ciudad tornádica y baroclínica, que propicia la generación de frentes fríos y tormentas. Tiene que ver su latitud y su distribución geográfica diversa, con la pampa húmeda por un lado y el desierto, por otro".
Considera el titular de Satelmet que la frecuencia regional de tormentas "es muy importante", especialmente entre septiembre y fines del otoño, con más preponderancia en la franja estival.
Para los gobernantes. "La realidad es que no se pueden prevenir, aunque tenemos que tener conciencia que van a pasar cada vez más seguido. Los gobernantes tienen que saber que estos fenómenos van a ser frecuentes, deben preparar las ciudades, sus calles, tratar de observar pendientes y pozos, toda la infraestructura, para mejorarla y también preparar a sus habitantes", indica la doctora Píccolo.
La investigadora reconoce que, desde el punto de vista meteorológico, ingresamos en un largo periodo para la vida humana de mayor energía en la atmósfera, por las condiciones del sol y su radiación, que intensificarán los episodios naturales.
"Lamentablemente vamos a estar sujetos a estos fenómenos y la única solución para no sufrirlos tanto es mejorar nuestro hábitat", dice.
Dodero también se muestra en desacuerdo con la postura del IPCC, grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático (auspiciado por Naciones Unidas).
"El cambio climático es muy drástico, se produce cuando se sale de los valores medios, para no retornar jamás. Lo que tenemos ahora es un estadío de variabilidad climática por irrupciones permanentes de anticiclones migratorios antárticos. Se confunden conceptos", advierte.
Guardia permanente
El ingeniero agrónomo Eduardo Sierra consideró vital, a esta altura de los acontecimientos, la conformación de una guardia permanente para emergencias hídricas. "Hay muchas condiciones predisponentes, pero sólo 1 de 100 se transforma en una tormenta severa. De todas maneras, hay que estar en guardia permanente", opina.
El fenómeno de las ciudades impermeables
Las causas del fatídico fenómeno sucedido en las ciudades de Buenos Aires y La Plata hay que encontrarlas, al menos parcialmente, en lo que el climatólogo Eduardo Sierra denomina "ciudades impermeables".
"Es formidable el aumento de construcciones, muchas sin planificación, que van desnaturalizando a las grandes urbes. Eso pasa en Buenos Aires, en La Plata y también en Bahía Blanca. Tormentas así siempre hubo, lo que creció al doble es la impermeabilización de las ciudades. Se cambió mucho verde por cemento", señala.
"Por eso una tormenta que fue 10% o 15% más fuerte que otras produjo un impacto 10 veces mayor a lo normal, con casi 60 muertes", explica.
En la misma línea, Sierra detalla que las grandes torres también inciden, porque forman una barrera para el viento, conocida como rugosidad.
Para Dodero, existe "una falta de previsión hidráulica" porque "se está edificando en donde circula el agua".
"El problema grande es la retención. Si aparece, de golpe, un metro y medio de agua es porque en algún lado se está taponando", remarca.
No obstante cree que nuestra ciudad, aún lejos del ideal, está mejor en ese aspecto.
Muy distinta es la situación de Buenos Aires. Sierra explica que el sistema de desagotes actual fue programado por el primer intendente, Torcuato de Alvear, quien gobernó la ciudad entre 1883 y 1887. "La última gran construcción de desagotes se hizo en 1946", amplía.
Al momento de brindar recomendaciones que empiecen por casa, los especialistas detallaron la limpieza habitual de los desagotes y una mayor disciplina al momento de manejar los residuos.
En caso de tormentas eléctricas, se aconseja estar a resguardo en una vivienda, no utilizar artefactos eléctricos ni teléfonos y no retirar ropa tendida en alambres exteriores.
Comparación. "Una precipitación de 100 milímetros en una hectárea es un millón de litros de agua. Si la hectárea es de pastura, absorbe el 80%, mientras que si es urbana, absorbe sólo el 20%", según Eduardo Sierra.
Lo del sábado estaba previsto
Para Daniel Dodero, la tormenta del sábado 30 no fue inusual para nuestro medio sino que estuvo dentro de los parámetros.
"Había una masa cálida e inestable y un frente frío avanzando, se generó un mayor ascenso de aire, mayor convectividad (nubes de cumulus nimbus) y se desarrolló la tormenta", afirma.
En este caso, el ciclo de madurez del temporal se vivió en el casco urbano, aunque "la mayoría de las veces" lo encuentra en otra zona, como por ejemplo la ría.
"En esos casos no pasa nada o sólo se enteran los pescadores", ejemplifica.
Confirma Dodero que Satelmet, por la mañana, dio parte del avance de una tormenta a Defensa Civil, teniendo en cuenta que la empresa está contratada por la Municipalidad.
"Temprano se les comunicó el posible desarrollo de tormentas y por la tarde, a las 15.40, se avisó sobre la presencia convectiva más importante. Por ese motivo Defensa Civil estaba atenta y la respuesta fue rápida. El sistema está cubierto, lo que pasa es que esta información muchas veces no se difunde para no generar alarma", argumenta.
Lo concreto: Bahía es proclive a tornados y turbonadas. ¿De qué se trata?:
* Tornado: Es ciclónico y de succión y se desplaza a lo largo de un eje que toca la tierra y sube. Desparrama todo a su paso como si fuera un ventilador. Abarca una zona de pocos metros.
* Turbonada: Viento fuerte que circula en una misma dirección, que barre una franja mayor y produce las típicas voladuras de techo.
Los días que más llovió en Bahía
-- 17/03/1993: 167,6mm.
-- 23/02/1975: 154,9mm.
-- 09/04/1919: 151 mm.
-- 22/02/1942: 147 mm.
-- 17/06/1992: 137,3 mm.
-- 06/04/1914: 127 mm.
-- 18/04/2007: 122,8 mm.
-- 18/03/1938: 118 mm.
-- 05/02/1945: 118 mm.
-- 08/12/1957: 114,1mm.
-- 04/12/1980: 112,8mm.
Juan Pablo Gorbal
jgorbal@lanueva.com
En dos trazos
No perdamos tiempo
No pueden menos que preocupar los conceptos recientes del secretario de Obras y Servicios Públicos de la Municipalidad, Rubén Valerio, cuando sostuvo a un periodista de este diario que la infraestructura de Bahía Blanca no está en condiciones de dar una respuesta adecuada si recibiera una lluvia que en menos de dos horas supera los 100 milímetros.
Porque a la luz de los fenómenos que se están produciendo en el país --el de La Plata es un claro ejemplo-- en algún momento podría ser nuestra ciudad el lugar "elegido" por la naturaleza para desatar toda su furia, como lo hizo en la capital provincial y tantas veces lo ha hecho en Buenos Aires.
Y, claro, si, como dice el ingeniero Valerio, no podemos soportar 100 milímetros, ¿qué podríamos hacer los bahienses si el volumen de agua a caer fuera mucho mayor?
Con un agravante, y es el de tener uno de los cursos de agua naturales entubado, con menor sección de lo original y un canal derivador que puede cumplir su función en forma limitada, pues al llegar a la altura de la calle Don Bosco se reduce la sección por la existencia de un añejo puente ferroviario que tiene otra fisonomía y, curiosamente, justo en un punto donde se produce una semicurva.
Con otro agravante que es el de la pavimentación de muchos sectores altos de la ciudad, con lo cual la velocidad que toma el agua es mucho mayor que la de los tiempos de calles de tierra, cuando cualquier lugar servía de depósito, aunque parcial, de los caudales.
Y con un agravante mayor que es el de estar, nuestra ciudad, en el punto final de una cuenca, como la del Napostá Grande, que tiene una pendiente considerable desde su punto de partida en la zona serrana del sistema de la Ventana.
Hoy por hoy, nada ni nadie puede detener un gran torrente que pueda tener su origen en aquella región. Torrente que, en su paso, arrastra árboles, ramas y todo lo que se antepone que, a la vez, puede crear verdaderos diques que imposibilitarían el fácil desplazamiento del agua.
Claro que habría una forma de regular este cauce, al menos en una eventual creciente, como sería el tan comentado dique de Puente Canesa, aunque, como están las cosas, muy pocos son los que se acuerdan de la trascendencia que tendría esta obra para ese fin o para almacenar volúmenes que pueden hacer falta en tiempos de pocas lluvias.
Estos y otros muchos aspectos deberían constituir el punto de partida para un análisis a fondo de distintos sectores públicos y privados de Bahía Blanca con vistas a tomar las precauciones del caso ante una sorpresa que nos podría demandar la naturaleza.
Existen, aquí, numerosos profesionales que tienen acabado conocimiento en materia hídrica, razón que acentúa aún más las posibilidades de comenzar a trabajar de inmediato.
¿Quién puede suponer que Bahía Blanca no puede padecer un fenómeno igual, menor o mayor que el que ha padecido La Plata en los últimos días?
Nadie.
¿Quién puede sospechar que las consecuencias no puedan ser iguales o peores?
Nadie.
Pongámonos todos a actuar antes que --ojalá nunca suceda-- un día la ola nos pase por arriba...

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